La proximidad alérgica del otoño
Gabriel Abalos

Este es el difícil poema que rodea la montaña por camino pedregoso. Del lado de adentro abraza al cerro. De afuera lo abraza el abismo.
Anda preocupado, cejijunto hacia arriba, se ha puesto viejo y asistió a algunas revoluciones de esas que hacen mirar la vida hacia atrás y ver etapas de uno que parecen imposibles. Pero fueron vividas de forma igualmente inevitable que esta. Mientras se vive, salvo extremos, los principios parecen seguir a los hechos. No nos sentimos culpables de nuestras ferocidades.
Va como si huyera, pero la verdad es que no tiene dónde ir.
Hay masacres de aplastamiento final, y todavía quedan cantos de amor a la tierra. Por lo demás, las guerras son amenazas armadas: si no haces lo que digo, te extermino. Una parte elige el fin del mundo, antes de dar el brazo a torcer.
Dado ese cuadro, la noción de equilibrio debe corregirse y en esta fase la guerra se traslada al comercio, a pasearse por las ruinas causadas por los aranceles, por el bloqueo. O a una incursión nocturna a enajenar a un presidente como si todo no fuese otra cosa que soldaditos dispuestos en una maqueta de la escuela de guerra. Para luego exhibir su acto gorila ante el mundo.
Las bajas humanas son irreemplazables en el amor de sus familias, en su comunidad.
Este es el poema no de quejarse, porque realmente no hay ante quién.
Es el poema menos poema luego de que la poesía sufriera tanto como el mundo mutilaciones, masacres, persecuciones, tormentos, palabras dichas al viento. Ha padecido incluso intentos modestos de versos de entrecasa.
El poeta no tiene otro mérito propio que el de hallarse cerca de allí cuando pasó. Dejemos lo de poeta. Dejemos de fingir.
Sí, creo que la voz de nadie es posible, porque lo esencial a todos nos pasa. No habremos comido, tal vez, platos exquisitos y carísimos, ni hemos sido dueños de una isla como un agente enemigo. El resto, el hambre, el miedo, el dolor, la enfermedad, todos los jinetes del Apocalipsis asolan a la vez nuestros cuerpos de don nadies, y nadie y todos coinciden en la rueda de la danza de la muerte. Una totalidad de nadies es posible.
El discurso es ahogado por las múltiples fórmulas del discurso que hasta la inteligencia artificial ya copia razonablemente bien. El sobrediscurso, la versión satírica, o irónica, el contradiscurso, visto finalmente en paños menores, ejecutando sus actos a plena luz del día.
Está, además, la libertad y la gratuidad de decir todos y cada uno su juicio, su opinión por más miserable que sea.
Creíamos que las redes se usaban para cazar animales salvajes, mariposas, para pescar, o incluso para caer atrapados en ellas si no andábamos con cuidado.
Y así ocurrió.
A cambio de nunca estar nadie exento de algún menú de su interés, o incluso del interés de quienes no saben cuál es su interés, las redes nos han atrapado. Pagamos por sostener sus efectos sobre nosotros, sean ansiolíticos como estimulantes.
Hay en su torrente fragmentos de discursos, como una noticia, por ejemplo, cuando no es fake, y que remite a un hecho real. Los comentarios al pie de la noticia son una discusión demencial, auténtica o fingida, donde se sacan a afilar los odios, se descalifica para meter a todo el mundo por igual en el chiquero. Y donde se defiende por igual la existencia de lo real, como de creencias hace rato descartadas por erróneas, cuando no de las mentiras profesionales.
Es un torrente de discursos que llenan los canales de la atención, luego vuelven a desviar de la noticia y el torrente sigue y pronto otra cosa nos interesa, y luego otra, hipnotizados por la velocidad y por la variedad.
El vacío llama al vacío.
Y le dice, hermano, hola, cómo estás.
Y el otro le contesta, qué te importa.
Y cada cual sigue, vacío, pegado a su móvil.
Este es el discurso entre discursos, evitables en su gran mayoría y valiosos en una triste minoría.
Evitables de escribir y, mucho más, de leer.
La voz de nadie recita para nadie. Porque nadie está viejo y las cosas que están pasando son difíciles de creer. Muestran todos los desastres de la guerra, esa razón violenta inhumana, o eso creía. Más parece humana y se expresa en votos, en propaganda, en represión, también en mentiras industrializadas .
Los ojos iluminados por riquezas en las viejas historias de avaros, ya no son historias y los avaros han reinstaurado un mundo de realeza y barbarie. La riqueza revienta las cinchas de unas pocas arcas y no circula como para que haya lo básico para todo el mundo. Sería la única forma de darle un buen destino a lo atascado tras los estertores del poder. El producto bruto interno de la humanidad.
Pero no. Eso es olvidar el índice de motivaciones mezquinas y otras taras inadmisibles que acompañan la producción, la fascinación y la estúpida acumulación de riqueza. Es la cumbre del capitalismo. Promueve golpes, invasiones, guerras, asesinatos, aberraciones, abusos. La Justicia está de su lado, salvo otras conveniencias.
Son señales que reúnen a casi toda la literatura de anticipación, el cine de ciencia ficción, los cuentos de hadas, los musicales, las revistas del corazón, los videos de más berretas a más sublimes, lo importante siempre es el más. Ah, y también los documentales sobre el nazismo, un Hitler eterno como Nosferatu.
Estamos atrapados en una trampa que solo es confortable si tienes el dinero suficiente.
Eso deja a mucha gente fuera.
No basta ya solo de fingir poesía.
Basta de fingir ellos.
Esto cada vez se parece a una danza a la que no podemos recusar, o bien nos encontramos solos gritando en la noche, aullando a la luna por este encierro. No recusarla es convivir con el asco, con el pavor, con una sensación de fin del mundo, o bien de estallido, que tal vez no esté cerca, ni sea tan heroico como doloroso. La última condición es inevitable. Vale para detener esta caída, para defender una conquista enorme de la humanidad, perfectible, pero nunca desechable, como es la democracia. Hoy, para muchos, menos que un calcetín puesto a secar. Conquistar un lenguaje sincero que no trate sobre colores, ni sobre orígenes, ni sobre idiomas ni sobre vestimentas, si no es para el respeto. Ni tampoco sobre depósitos bancarios, ni sobre valores, sino sobre todos. Sobre la humanidad.
Eso tan sencillo de decir, como tan alejada de sí misma es esta selfie de los habitantes del planeta Tierra. Son presas, como los compañeros de Ulises, de la maga que los redujo a cerdos conformándolos con la comida y con el celular.
Cualquiera de los enemigos de todo jirón de poesía u otro monólogo semejante, sentiría un instante de falsa ternura antes de prorrumpir en carcajadas, si leyera esta carta referida a algo tan imaginario e inimaginable como la humanidad en su diversidad, todo ser viviente en tanto entidad. Habla de un respeto que nunca ha sido una moda, y que tal vez se haya caído ante sí mismo luego del primer crimen, del primer abuso. Solo esa falta de respeto ante sí mismo, muchas veces vinculada a una autoestima hacia arriba o hacia abajo, producto de algún trauma o herencia familiar, es responsable en buena medida de toda la artillería del poder que trabaja día y noche. Basta el trauma de un rico para que los trabajadores tengan trabajos, lamentables, pero trabajos al fin, para llevar el pan a su familia.
No hay titánica tarea conjunta contemporánea ni odisea que desvíe el destino de los cerdos, es decir, de todos nosotros metidos en diversas piaras. Solo tal vez las fisuras del teatro del mundo que, al quedar expuestas, convenzan a todos -si aún se está a tiempo- de la necesidad de vivir una nueva revolución, un golpe de fe en el pecho, hasta amar al enemigo incluso a traición, y condenar al verdugo -como en un momento efímero y sublime de la revolución sandinista- a ir a la escuela, a estudiar, a realizar trabajos útiles para la sociedad.
Una fisura que destrabe el mecanismo como el organismo del glotón que de pronto ya no soporta más estiramiento ni estreñimiento. Un no-va-más de la lucidez que retoma su lugar y reafirma valores y derechos perdidos. Tal vez esto sea imposible. Tal vez estamos en el viraje de una nueva era tan injusta como la anterior, pero más explícita. Sería importante que esto se dirima y exclamemos con el poeta Dirty Ortiz, "Por qué no nos invaden de una buena vez!" O bien que uno que otro diario fiel a los hechos publique la noticia de que ganaron los malos, y esto sea un hecho irreversible, y ya.
Solo nos cabe esperar a que una punta de ola se levante en la conciencia con todo y nuestros huesos, para iniciar un movimiento ascendente, parabólico y, por supuesto, imparable, dispuesto a cubrir las torres más altas de marfil desde donde miran cada mañana los vencedores, y barrer junto a Terminator, televisor mediante, un momento moribundo de la historia que maltrataba a más de dos tercios de la humanidad.
En fin, un escrito a cargo de nadie, porque trata sobre hechos, pero solo son palabras.
Valga para ellas lo gratis y libre de escribirlas, como lo hace cualquiera en los posteos infestados de comentarios vandálicos dirigidos a ofender y a lastimar. Dispuestos a aniquilar y a arrasar con solo una o dos ideas en la cabeza, que ni siquiera son propias. Si escriben ellos, por qué no nadie.

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