Travellings

10.09.2026

La Roma de Pasolini


Nelson Specchia


Pasolini en el Pigneto (Foto: Nelson Specchia)
Pasolini en el Pigneto (Foto: Nelson Specchia)

El tan prolífico (y conflictivo) escritor Josep Pla, quizás el prosista más importante y caudaloso de la literatura catalana del siglo XX, fue también el gran escritor de literatura de viajes en sus dos idiomas, catalán y castellano, antes aún de que los libros de viajes volvieran a estar en el centro de la atención de las editoriales. Uno de esos libros -bellísimo, además- escrito tras cuatro años de vagar por la península itálica, desde los Alpes hasta Sicilia, fue el volumen Cartes d´Itàlia, que Josep Pla publicó en catalán cuando la censura franquista le levantó el veto a la lengua nacional. En ese animado texto, lleno de olores, sabores y texturas de todas las regiones, los valles, las alturas y las costas italianas, no está Roma. Y el maestro se excusa en el prólogo: Roma es un mundo, dice, "Roma es cosa aparte"; si acaso, ha de ser protagonista de un libro propio, porque no hay par, ni posibilidad de incluirla como un elemento más en un conjunto, ni siquiera en una postal narrativa del país que la tiene como capital.

Salvando las distancias con aquel gran catalán, yo también me he sentido aprisionado en esa grandiosidad (histórica, monumental, religiosa, civilizatoria, urbana, lingüística, demográfica) cada vez que he intentado hacer una crónica de la Ciudad Eterna. Es demasiado para un texto, ¿cómo abarcar en algunos párrafos esa enormidad vital adonde condujeron todos los caminos de Occidente desde nuestro mismo amanecer?

En esta misma revista, cuando arrancábamos con estas columnas del "Travelling", dejé sentado mi amor incondicional por Roma; aunque, al mismo tiempo, manifesté esta dificultad de objetivarla, esta resistencia suya a encasillarse en un retrato. Decía entonces (Roma, amor a segunda vista, Tierra Media, marzo 2025) que no creo poder definir con precisión cuándo comenzó mi fascinación por la ciudad. Hay unos recuerdos de infancia, muy difusos, junto a mis padres y mis hermanas: mi madre con una mantilla de encajes, arrodillada en alguna iglesia, quizás en la gran basílica de San Pietro; papá alzándonos para que pusiéramos, temerosos y alelados, la mano con la palma abierta dentro de la Bocca della Verità, haciéndonos, al mismo tiempo, confesar alguna travesura, so pena de perder los dedos -o las uñas, cuanto menos- con el mordisco pétreo de ese antiguo y barbado dios del mar, puesto a juez de certidumbres; entrar a los templos del Foro Boario, que por entonces permanecían abiertos y accesibles, sin vallas vidriadas ni rejas perimetrales como ahora; o correr a los gatitos que pululaban por todos los callejones.

Eso -la presencia de los gatos- quizás sea una de las pruebas más palpables de aquellos viajes de infancia, porque las demás son imágenes fragmentarias, en blanco y negro, como fotogramas de esas películas en Super 8, con la camarita al hombro, que también acompañaban algunas vacaciones familiares en los años 70.

No, mi profunda fascinación por Roma no puede venir de aquel primer paso por la Ciudad Eterna; mis sentidos aún no se habían terminado de despertar al encantamiento posible del mundo: debo haber pasado entonces por sus calles, basílicas, palacios y museos como pasaba por el jardín de la casa de mis abuelos o por el casco de la estancia familiar: por un lugar simpático, poco habitual, pero nada del otro mundo. Sin embargo, Roma sí ha sido lo extraordinario, lo maravilloso, la excepción a toda regla y a todo sitio conocido. Mi "lugar" por antonomasia: un lugar decidido, personal, elegido voluntaria y conscientemente.

Y si no comenzó entonces, si no alcanzó a maravillarme en aquellos primeros viajes infantiles, con toda la familia, cuando yo tendría cinco, seis o siete años, entonces seguramente ese amor incondicional comenzó una década más tarde, a los 16 o 17, cuando, con una mochila verde de rezagos militares al hombro, una cantimplora y un bastón de peregrino me di a recorrer el mundo, por primera vez solo, a la ventura y a la maravilla.

De aquel primer viaje por Europa a la aventura sí ya tengo registros: había comenzado la larga tradición de los cuadernos (libretas Moleskine cuando alcanzaba a comprarlas; amarillos Rivadavia escolares cuando no; o agendas de años pasados con hojas vacías cuando no hallaba otra cosa) que se haría carne: a cada paso, una página. De esas páginas dispersas y acumuladas en los viajes y a través de los años, y ante la dificultad de abarcar a la ciudad "in toto" -como lo advertía ya don Josep Pla- voy escribiendo estas aguafuertes salteadas, de rincones, pasadizos, recovecos recurrentes o miradas originales. Porque quizás sea esa la manera, elegante y parcial, de enfrentarse a ella: olvidarse de las guías turísticas, de los mapas, de los recorridos sugeridos por las agencias, de los frenéticos tours que quieren verlo todo en unas horas, y simplemente caminar, entre las sombras penumbrosas de las paredes de mármol, las cornisas en ruinas, las columnatas o las callecitas empedradas con los "sanpietrini". Está, desde hace mucho, la advertencia de don Francisco de Quevedo, en aquel soneto tan citado: "Buscas en Roma a Roma ¡oh peregrino! / Y en Roma misma a Roma no la hallas". No hay que buscarla, sólo caminar, sin ojos ansiosos, tranquilos y sin urgencias, y entonces ella se revela: "en tu grandeza, en tu hermosura / huyó lo que era firme, y solamente / lo fugitivo permanece y dura."

Unos de los ojos privilegiados que supieron mirarla de esa manera fueron, en nuestros tiempos, los de Pier Paolo Pasolini.

La mirada de Pasolini es especial, y no solamente por lo obvio, de la sensibilidad propia de un cineasta, de un artista que busca el ángulo preciso para retratar el alma de las cosas, sino porque él también fue un romano por elección: fue romano porque quiso serlo. Porque se enamoró de la ciudad. Porque la hizo suya sin haber nacido en ella.

En realidad, Pasolini era del Friuli (y el friulano fue una de sus lenguas literarias), había nacido en Bolonia, en 1922, hijo de un teniente del Ejército, violento y alcohólico, de cuyo lado decidió huir; luego Pio XII lo excomulgó de la Iglesia por comunista, y luego el Partido Comunista lo expulsó por homosexual. Pero Roma le abrió los brazos, y él se acogió en ellos; su retribución fue retratarla con una autenticidad, una hondura y un amor que han quedado como una de las marcas de la metrópoli.

A través de su mirada, grabada en los rollos de sus películas, como Accattone (1961) o Mamma Roma (1962), y en las páginas de sus novelas, como Ragazzi di vita (1955) o el estupendo volumen Storie della città di Dio. Racconti e cronache romane (1950-1966), también nosotros podemos recorrerla, seguros de no encontrar en ellos los epicentros romanos del turismo globalizado, ese cuadrado densísimo que delimita la Via del Corso, desde la Piazza del Popolo hasta la Piazza Venezia, de norte a sur; y del Coliseo a Pizza Navona, de este a oeste: una cuadrícula minúscula por donde transitan unos cuarenta millones de personas por año.

Pasolini, por el contrario, intenta mostrar que hay más Roma que la que encierra ese perímetro, bello aunque artificialmente densificado. Entre sus preferencias quedaron marcados, por ejemplo, el barrio de Testaccio, en cuyo pintoresco mercado los chilenos de Inti Illimani, exiliados allí por entonces, grabaron esa hermosa pieza para guitarras y charango que lleva ese nombre: El Mercado de Testaccio.

Mercato di Testaccio (Foto: NS)
Mercato di Testaccio (Foto: NS)

Pasolini también amaba los mercadillos, como el de Porta Portese, que se monta en el barrio todos los domingos, contra la puerta de la vieja muralla; en ese mercadillo transcurren algunas escenas de Mamma Roma, en las que el actor Ettore Garofolo, que interpreta al joven Ettore, hijo de Anna Magnani en la ficción, vende en su puestito los discos con los que su madre aprendió a bailar.

También en el Testaccio, detrás de la muralla y de la pirámide de Cayo Cestio, está el Cemeterio Accatolico, donde, en aquella Roma gobernada por los papas y por el Código de Derecho Canónico eran enterrados todos los a-católicos, identificados por igual en su rasgo común de no haber sido bautizados: judíos, ateos, anglicanos, protestantes alemanes o suizos, ortodoxos rusos, estadounidenses norteamericanos y tutti quanti. Yo voy habitualmente allí, llevando alguna flor a la tumba de Shelley, ubicada muy cerca de la de nuestro compatriota Juan Rodolfo Wilcock -todavía tan poco conocido e injustamente valorado en la literatura argentina-, y porque es un rincón de paz entre pinos y cipreses, rosas, camelias y silencio en el tumulto del verano romano. Pasolini también iba habitualmente, pero para visitar la tumba de Antonio Gramsci, cuando escribía su poemario Las cenizas de Gramsci (1957), dedicado al filósofo comunista (libro que publicó después que el propio Partido Comunista Italiano lo expulsara de sus filas, por la "desviación burguesa" de ser gay).

Tumba de Gramsci (Foto: NS)
Tumba de Gramsci (Foto: NS)

Otro barrio pasoliniano es el Pigneto: en Accattone, el protagonista que da nombre a la película es un vecino nativo de él. En los años en que lo filmó, el Pigneto era un margen bastante excéntrico y suburbial de Roma, medio un rancherío, o una villa; el cineasta decía que el barrio era "de una grumosa grandeza en su extrema pequeñez; una pobre, humilde, desconocida callecita, perdida bajo el sol: una Roma que no era Roma".

Hoy el Pigneto -y en parte gracias a Pasolini- ha dejado de ser tan periférico; por el contrario, ha sido tomado como alternativa por jóvenes y artistas, que encuentran en sus callecitas y casas bajas un underground muy latino. En la Via del Pigneto aún está abierto el bar "Necci dal 1924", fundado en el año de su nombre y uno de los escenarios de Accattone (hoy, además, meca de pasolinianos variopintos).

El Pigneto tiene otra característica que enfrenta a la Roma plena de museos monumentales, ubicados en palacios y con entradas caras: aquí el arte está en las calles. Prácticamente no hay arteria que no tenga un mural urbano, y muchos de ellos también lo tienen a Pier Paolo Pasolini como su motivo, como el Io so i nomi, pintado por el artista urbano Omni71 en la Via Fanfulla da Lodi; o el que firma el/la pintor/a Maupal, muy cerca del de Omni71. También está retratada, en una calle perpendicular a la Fanfulla, la "María" de la película pasoliniana El evangelio según San Mateo, éste obra del artista Mr. Klevra.

El poeta llevó sus ojos y sus cámaras asimismo a la Roma marítima, tan cercana de la urbe: el litoral de Ostia, de una belleza decadente, y que terminaría siendo tan trágico para él mismo: en sus playas, en una noche de noviembre de 1975 fue asesinado, unos días después de estrenar su película más urticante para todo el arco político y social italiano, Salò o los 120 días de Sodoma, en la que advierte sobre el riesgo del regreso del fascismo. En Ostia está otro de los hitos de la Roma pasoliniana: la trattoria "Al Biondo Tevere" (Via Ostiense, 178). Además de un escenario arquetípico, en ella cenó Pasolini esa noche, la de su asesinato, junto al chico Pino Pelosi, el único condenado por su muerte, aunque por las características del homicidio quedó comprobado que fue cometido por un grupo numeroso. Comieron pasta asciutta. La mesa sigue tendida.

Al Biondo Tevere (Foto: NS)
Al Biondo Tevere (Foto: NS)



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