La secta de los secuestradores de letras

10.04.2026

Javier Marín


Oulipo (ph: El País)
Oulipo (ph: El País)

Hubo una vez un escritor, Georges Perec, que escribió una novela policial omitiendo la letra E. Esto ya es una proeza, pero aún más es haberla escrito en francés, idioma en que esa vocal es la que más se repite. La novela se llamó La disparition, se publicó por primera vez en 1969 y resultó un fracaso de ventas. Las críticas fueron escasas y negativas, pero lo extraordinario es que un prestigioso crítico se leyó las casi trescientas páginas sin percatarse de que Perec había omitido la vocal. Había algo raro, fastidioso, en el estilo de esa novela, aunque nadie o muy pocos sabían por qué.

Perec, que vivió apenas cuarenta y cinco años pero no perdió el tiempo, es autor de por lo menos una obra maestra, la novela fractal La Vida, Instrucciones de Uso (1978), y en su corta e intensa carrera literaria experimentó con el lenguaje de las formas más absurdas imaginables.

La disparition se tradujo al castellano como El secuestro, y en este caso, la hazaña no fue menor, dado que para mantener el espíritu de la obra original se decidió eliminar la letra A. La cátedra de Traducción de la Universidad Autónoma de Barcelona emprendió el proyecto en 1986 a través de un trabajo colectivo en el que participaron cinco traductores y un grupo aún más grande de estudiantes y colaboradores. La traducción se terminó recién en 1997, once años más tarde, y quince después de la muerte de Perec.

Quienes piensen sin embargo que El secuestro fue una anomalía en la Historia de la literatura están equivocados. El experimento de Perec tiene numerosos antecedentes, ilustres y no tanto, y varios ejemplos contemporáneos. Por lo menos desde hace unos quinientos años hay registros de escritores occidentales que intentaron jugar este juego de restricción lingüística autoimpuesta, conocido como lipograma. Uno de los primeros escritores en obtener cierta notoriedad escribiendo lipogramas fue Gottlob Wilhelm Burmann (1737-1805), músico y poeta alemán. Se afirma que era un extraordinario improvisador de rimas (al estilo de un rapero) y un notable imitador de grandes compositores alemanes de su tiempo, como Bach, Haendel y Haydn. Además, compuso numerosas fábulas, epigramas y acertijos que lo hicieron popular. Todo indica que Burmann no se tomaba sus lipogramas a la ligera; en realidad los escribía porque le tenía aversión a la letra R. Según él, ese sonido le daba al idioma alemán una aspereza desagradable, así que la R está ausente en ciento treinta de sus poemas. Según se dice, Burmann llegó a eliminar la R de su habla diaria, negándose a pronunciar su apellido durante más de diecisiete años. Como buen bicho raro, terminó aislándose cada vez más, hasta que un aneurisma lo dejó incapacitado para seguir escribiendo. Murió pobre y olvidado.

En el siglo 19 aparece otro notable ejemplo de lipograma. El viajero, dibujante y dramaturgo francés Jacques Arago (1790-1854) recorrió el mundo entre 1817 y 1820 a bordo del Urania, en un viaje de exploración científica. Arago tiene un vívido relato de su visita a las Islas Malvinas, donde el barco sufrió graves averías, y la posterior excursión al Río de la Plata y Brasil. Publicó esas aventuras en el libro Viaje en vuelta al mundo hecho por orden del Rey sobre las corbetas de S. M. el Uranie. Allí detalla la polémica entre los tripulantes franceses sobre el nombre correcto de las islas. Arago sostiene que debían llamarse Malvinas y no Falklands, tal como las conocían los ingleses, que todavía no las habían invadido. Decía que nombrarlas como los ingleses era una prueba del complejo de inferioridad que Francia sentía frente a Inglaterra en los mares. En su paso por el Río de la Plata, Arago conoció a los gauchos, a los cuales admiró por su coraje y su carácter serio, lacónico y reservado. Es notable la entrevista que le realiza a un gaucho que acababa de matar a un tigre (puma) cebado. En 1839 una enfermedad lo dejó ciego, pero eso no le impidió seguir viajando. Y así, años después, terminó por dictar su último libro, Viaje en vuelta al mundo, sin la letra A (1853), un relato de sus peregrinaciones en el que prescinde del uso de la primera letra. Se desconocen las razones, aunque se sospecha que pudo haber sido un simple desafío para su mente, privada ahora de estímulos visuales. Al parecer, una vez que el libro fue editado, Arago descubrió que se le había escapado una A, en la palabra serait (estaría). Falleció en Río de Janeiro un año después.

¿Por qué se escriben lipogramas? Por la misma razón que se hacen crucigramas, trabalenguas, acertijos y palíndromos: es una forma de desafiar la mente y estimular la imaginación. Los lipogramas, claro, son juegos de alta complejidad. Pero sus cultores tienen su propia secta; en 1960 llegó a constituirse una sociedad de "lipogramistas" denominada Oulipo. El fundador de Oulipo fue el escritor francés Raymond Queneau, pero pronto se sumaron autores de diversas nacionalidades, y algunos de gran prestigio, como Italo Calvino. Por supuesto, Perec se unió al grupo. Oulipo es el acrónimo francés de Taller de Escritura Creativa y según cuenta en su podcast el escritor español Javier Peña, una vez que un miembro era admitido en él, ya no podía renunciar, salvo que se suicidara frente a sus compañeros (y un escribano) practicando seppuku. A la fecha, ninguno ha presentado su dimisión.

Los miembros de Oulipo pusieron en práctica otros variados juegos lingüístico-literarios, entre los que se contaban, por ejemplo, escribir un poema en un orden creciente de letras por palabra, es decir, algo así como "Y/Yo/Soy/Alma/Negra…" etc. También practicaron el método S+7, en el cual se reemplaza cada sustantivo o adjetivo de un texto con el séptimo sustantivo o adjetivo que aparece en el diccionario. Otro ejercicio frecuente fue el de reemplazar cada palabra de un poema muy conocido por su definición en el diccionario. Los resultados, como puede esperarse, han sido desparejos, muchas veces farragosos cuando no ilegibles. Pero hay que recordar entonces que el arte del lipograma (y el resto de los juegos que propone Oulipo) está más destinado a satisfacer al propio escritor que al lector. La gimnasia intelectual que demanda y los crecientes desafíos que se pueden emprender se asemejan más a los juegos on-line que a la Literatura con mayúsculas.

Oulipo sigue en plena actividad. Los oulipianos organizan talleres de escritura creativa, editan libros y manuales de estilo y hasta participan de las actividades de festivales culturales.

Uno de los miembros actuales de Oulipo es el escritor argentino Eduardo Berti, quien emprendió la tarea monumental de traducir otro lipograma descomunal de Perec. Se trata de la novela "Les Revenentes", escrita íntegramente usando solo la letra E. Por si los lectores no se han percatado aún, escribir y traducir novelas lipogramáticas equivale a coronar la cima del Everest en el mundo oulipiano.

Todos estos esfuerzos denodados, sin embargo, ahora aparecen amenazados por la aparición fulgurante y ominosa de la inteligencia artificial, que en apenas segundos puede efectuar la tarea que a un lipogramista demandaba días, meses o años. ¿Desaparecerá por esto el arte del lipograma? Es dudoso. Cuando surgió el cine se decretó el fin del teatro; cuando apareció la TV se extendió el certificado de defunción del cine; cuando la computadora derrotó a Garry Kasparov se anunció el fin del ajedrez. Todos siguen vivos, encontrando su nuevo lugar en el mundo. Esperemos que los lipogramas también.





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