Las aventuras de Lady Dixie en la Patagonia

10.10.2026

Javier Marín


Ilustración de Lady Dixie por Théobald Chartran, publicada en Vanity Fair, 5 Enero 1884
Ilustración de Lady Dixie por Théobald Chartran, publicada en Vanity Fair, 5 Enero 1884

Desde que Fernando de Magallanes desembarcó por primera vez en la Bahía de San Julián en 1520, la Patagonia fue recorrida y explorada por innumerables viajeros, aventureros, naturalistas, militares, náufragos y cazafortunas de diversas nacionalidades, muchos de los cuales publicaron atrapantes crónicas y testimonios; sin embargo, cuando los historiadores se refieren a esos viajeros, casi siempre se concentran en el siglo 19, cuando las excursiones se hicieron más frecuentes y surgieron los textos más completos y valiosos de toda esa larga serie.

Quienes quieran leer de primera mano cómo era la Patagonia entre fines de 1700 y comienzos de 1900 cuentan con una riquísima bibliografía. Pero entre tantos libros notables, no es muy frecuente la mención a las inefables crónicas escritas por Lady Florence Dixie (1855-1905), descendiente de una acaudalada familia de la nobleza británica, en cuya corta pero intensa vida rompió el estrecho molde victoriano de su época y con solo veintitrés años se embarcó en un extraordinario viaje por el sur de Chile y Argentina.

La pequeña Florence sintió una temprana inclinación por trepar árboles, jugar con sus hermanos, salir de caza y montar a caballo. Lejos del prototipo dócil y obediente, mostró siempre un carácter firme e independiente. Así fue que a los diecinueve años se casó con Alexander Beaumont Churchill Dixie, un noble inglés con el que compartía la pasión por los viajes y las aventuras.

Luego de leer las crónicas de Beerbohm y Musters en tierras patagónicas, Florence y su marido se sintieron irresistiblemente atraídos por ese territorio remoto, desolado y enigmático. Así fue que a fines de 1878 un contingente de siete británicos que incluía a Alexander y Florence, sus hermanos James y John, el propio Julius Beerbohm y dos asistentes, zarparon desde Liverpool en el barco Britannia con destino al confín del mundo. Menos de dos meses después, la nave atracaba en Punta Arenas (Chile), en pleno verano patagónico.

La excursión de Florence y su grupo no tenía ningún interés científico ni exploratorio; fue concebida por el simple goce de la aventura, de la caza mayor y menor y de los desafíos que pudieran ponerles la naturaleza, el clima y los habitantes locales. Un tour de force de dos meses de los que dejó un vívido relato, y una experiencia que sacudió sus valores y prejuicios.

En su libro Across Patagonia (A través de la Patagonia), la inquieta y prepotente Lady Dixie inicia su crónica con creciente aprensión y desprecio por los lugares que conoce en sus escalas: Bahía, Río y Montevideo. Además de quejarse del clima, la pobreza general y los animales salvajes, se desborda en comentarios racistas y clasistas ("Estábamos rodeados por una multitud de negros que parloteaban, sonreían y gesticulaban como monos…") y no se priva de exhibir el típico sarcasmo altanero de los británicos ("Los edificios públicos de Río se distinguen por su peculiar fealdad. La mayoría están pintados de amarillo, un color que parece predominar por todas partes, posiblemente para armonizar con la tez de los habitantes" y más adelante "… caminamos hasta el Hotel Whyte, ubicado en Tijuca... El edificio, con sus habitaciones limpias y frescas, sombreadas por verandas, resultaba particularmente acogedor después de los alojamientos en los que habíamos estado en Río, y fue agradable ser al fin atendidos por ingleses, ya que el propietario y su personal eran de esa nacionalidad"). De Río navegan a Montevideo (que en su breve paso detesta aún más que Río) y de ahí se dirigen directo a Punta Arenas, desde donde partió la expedición, bien reforzada de caballos, mulas, perros, provisiones, pertrechos y guías locales.

El recorrido que hicieron los exploradores parece un tanto caprichoso; se internaron en el sur de la Patagonia argentina, bordearon el Estrecho de Magallanes, cruzaron un par de veces el río Gallegos y luego giraron hacia el noroeste hasta dar con las Torres del Paine, en Chile, a las que denominaba "Agujas de Cleopatra" para regresar finalmente a Punta Arenas.

Su soberbia inicial corría pareja con sus prejuicios sobre los habitantes de la región; así, apenas comenzada la excursión por las costas fueguinas narró lo siguiente: "Mientras avanzábamos, pasamos junto a un par de canoas con fueguinos, pero estaban demasiado lejos para poder juzgar su aspecto, aunque me hubiera gustado observarlos bien. Se dice que son caníbales, y sin duda con razón. Incluso me han contado que en invierno, cuando escasea el alimento, matan a sus ancianos, aunque, por supuesto, prefieren a un hombre blanco si pueden conseguirlo". Desde luego, nada de eso es verdad; más allá de algunos relatos puntuales, lo cierto es que las tribus de Tierra del Fuego eran cazadores-recolectores y su dieta regular jamás incluyó seres humanos. Por cierto, aquí Lady Dixie se hizo eco de las generalizaciones interesadas y deshumanizadoras de muchos viajeros europeos.

Recién cuando se vio enfrentada a la inmensa majestad de la Patagonia, cierta humildad comenzó a filtrarse en Lady Dixie; las deshabitadas y melancólicas llanuras, los portentosos nevados, los espléndidos bosques de lenga y el interminable silencio patagónico la llamaron a recato: "Tras coronar la colina que delimitaba nuestro camino, nos detuvimos en la cima para dar a los caballos un breve descanso y contemplar en silencio y deleitarnos con el hermoso paisaje que se extendía a nuestros pies", dejó escrito tras un momento de sosiego. Este tipo de maravillas naturales se presentarán ante sus ojos una y otra vez, para solaz de todos los viajeros.

Durante la excursión, Dixie y sus compañeros enfrentaron innumerables peligros y tuvieron que extremar sus recursos para no sucumbir ante los serios desafíos que le propuso la naturaleza: tormentas de lluvia y granizo, temperaturas extremas, incendios forestales, vientos huracanados, falta de agua y alimentos, ataques de caballos salvajes y hasta un improbable terremoto.

En esas semanas, la principal actividad consistió en recorrer las estepas y cañadones a la caza de guanacos y ñandúes, cuyas carnes consumían en diferentes tipos de cocción, y según Dixie, eran de excelente sabor. Pero también daban caza a toda clase de animales que se les cruzaran en el camino, como aves acuáticas, ciervos, pumas, zorros, gatos del monte y ratones de campo. Los británicos acompañaban las comilonas con té, café y whisky en generosas raciones, pero también se hicieron muy aficionados al mate que a toda hora tomaban los guías (un francés, un gaucho argentino y un personaje imperturbable que se llamaba o llamaban "I'Aria", que Florence comenzó detestando y luego pasó a respetar y, por momentos, admirar).

Deambulando en busca de presas, los cazadores se toparon en algunas ocasiones con partidas y campamentos de tehuelches. Con una desinhibición impropia de su clase y época, Lady Dixie reconoció el atractivo inmediato que le generaban algunos de los nativos, a quienes no solo admiraba por su porte físico y rasgos faciales, sino también por su particular elegancia y aseo personal; también valoraba de manera muy positiva el humor y el sentido de la ironía de los tehuelches, así como su afabilidad y gentileza, en abierto contraste con su experiencia previa con los mapuches de Punta Arenas, a los que consideraba más bien parcos y desagradables.

Lady Dixie también se enteró que por las costas patagónicas argentinas deambulaba un inglés, William Greenwood, a quienes los guías describían como un ermitaño. "Había renunciado al mundo y a sus vanidades, hasta el punto de desdeñar las comodidades sencillas de los demás habitantes de la pampa. Vestido con la ropa más primitiva, vagaba por las laderas de la Cordillera y pasaba todo el año alimentándose únicamente de carne de avestruz y guanaco".

A pesar de su curiosidad, no llegó a tener contacto con el excéntrico personaje. Con los años, Greenwood no solo abandonó su vida solitaria, sino que rehízo su fortuna a partir de la cría de ovejas, prosperó y regresó a Inglaterra, donde se casó y vivió holgadamente hasta su muerte a los 74 años en 1923; dejó tras de sí otra crónica patagónica de gran interés: "Patagonia libre y salvaje".

Un aspecto divertido de las crónicas es que algunas de las palabras en castellano Dixie las escribe tal como le suenan, así aguardiente pasa a ser "aquadente", al árbol de calafate lo llama "árbol de califato", y otros términos que transcribe de oídas. También hay palabras escritas con diferente grafía o acento, como "Yerba maté" o "Monte Video".

Florence Dixie Across Patagonia Visit to an Indian Camp illustration (Wikipedia)
Florence Dixie Across Patagonia Visit to an Indian Camp illustration (Wikipedia)


Lady Dixie baja el copete

Quizás lo más interesante del libro es cómo el viaje fue transformando la sensibilidad de Lady Dixie; con el paso de las semanas no solo fue capaz de revalorar el talento, la sensibilidad y la inteligencia de los nativos y los gauchos, sobreponiéndose a sus prejuicios imperiales, sino que también comenzó a sentir compasión por los animales que hasta entonces eran blanco de su implacable carabina. Le entristecía seguir matando guanacos, se conmovió por un puma acorralado y destrozado por los perros, y le ganó el remordimiento por un ciervo de espléndida cornamenta al que terminaron matando de manera muy cruel. Así cuenta ella misma el cambio: "Durante nuestra estancia en la Cordillera, nos topábamos frecuentemente con estos venados; pero nuestra experiencia con su mansedumbre, la gran dificultad para cazarlos y la absoluta falta de emoción que ello implicaba, nos impidieron volver a intentar abatir uno más. Su carne era decididamente buena, y muy apreciada después de la monótona dieta de carne de avestruz y guanaco; pero incluso con este aliciente, los venados dorados de la Cordillera permanecieron intactos y sagrados a nuestros ojos durante el resto del tiempo que permanecimos en sus hasta entonces apacibles soledades. Si el arrepentimiento pudiera expiar aquella muerte, de la que fui la causa, entonces hace mucho que fue perdonado; pues, durante muchos días me atormentó un triste remordimiento por la pérdida de aquella vida inocente y confiada, que hasta entonces había permanecido ajena a las propensiones aniquiladoras del hombre, ese hombre que, en cuanto ve algo bello y singular, se llena del deseo de destruirlo".

Un incidente triste y extraño en ese período de revelación ocurrió cuando su marido le disparó a un punto negro en el cielo, a muy gran altura, casi como un juego. De a poco, el punto comenzó a crecer de tamaño a medida que caía y de repente se dieron cuenta de que había herido mortalmente a un cóndor gigantesco, que en pocos segundos se estrelló contra el suelo en un estruendo de plumas, carne y polvo. La descripción impresiona vivamente al lector y es seguro que también ella quedó conmovida por la muerte gratuita de un animal tan prodigioso, que según ella medía cuatro metros de envergadura.

De la expedición quedaron como testimonio no solo la crónica de Lady Dixie sino varios grabados realizados por uno de los exploradores, así como diversos objetos recogidos en el viaje, además de Pucho, un perro callejero que se ganó el corazón de los británicos y se lo llevaron consigo a Gran Bretaña.

El libro se publicó en 1880, pero Florence Dixie no había quedado saciada de aventuras. Fue la primera mujer corresponsal de guerra de la Historia y en esa condición cubrió las secuelas de la reciente Guerra anglo-zulú (1879) y la primera guerra contra los Boers ( 1880-1881).

De regreso a Gran Bretaña, se convirtió en una sufragista militante, defendió la igualdad de los derechos de la mujer y abogó por la prohibición de la caza deportiva, entre otras iniciativas.

En 1894 fue elegida presidente del primer club de fútbol femenino de Inglaterra, deporte que se encargó de difundir entre las mujeres, a pesar de los cuestionamientos y las burlas de la sociedad de su época. Murió de difteria a los cincuenta años, en su casa paterna de Dumfriesshire (Escocia).

Florence Dixie Across Patagonia chase guanacos hunting running illustration. Fuente: journals.openedition.org
Florence Dixie Across Patagonia chase guanacos hunting running illustration. Fuente: journals.openedition.org




Deja tu comentario 

Share