Las cárceles imposibles

10.07.2026

Javier Marín


Fotogramas de THX 1138 (1971)
Fotogramas de THX 1138 (1971)

Desde el surgimiento del Estado en la Edad Moderna, las cárceles se configuraron en su doble función: sanción ejemplar y aislamiento del delincuente. Tal como lo explicó Michel Foucault, el castigo físico como condena fue progresivamente reemplazado por la pena de prisión. Así se constituyeron los actuales establecimientos penales, cuya función de dominación y control social ha sido ampliamente discutido y analizado por intelectuales de distintas disciplinas. Más allá de que el Estado moderno defiende su función educadora y rehabilitadora, lo cierto es que por lo general las prisiones perpetúan e incluso amplían las perversiones, crueldades e injusticias de la sociedad. Que la cárcel es un infierno (o el infierno) es un lugar común que se impone en el imaginario colectivo, porque así la sobrellevan los reos y también así la representan artistas y escritores desde tiempos inmemoriales.

En la Historia de la Literatura la cárcel ha tenido un lugar relevante, tanto como objeto de denuncia social y política como alegoría existencial, o bien como pasaje agonístico en el camino del héroe. Muchas de las prisiones que pueblan los libros son reales, existen y son escenarios centrales o secundarios de las tramas literarias: los horrendos calabozos del norte de África donde cristianos desventurados eran encerrados cuando caían en manos de los mahometanos, la Bastilla, la Torre de Londres, el Castillo de If, la Cárcel de Reading, Alcatraz, Angola, solo para nombrar algunas de las más famosas.

Desde el Romanticismo, pasando por el Realismo y el Naturalismo, la cárcel fue un motor insoslayable de inspiración literaria. Quizás, quien más profundizó sobre esta institución en el siglo XIX fue el escritor naturalista francés Émile Zola, que con su particular enfoque positivista y su rigor casi documental planteó en sus novelas más conocidas (Naná, La Taberna, Germinal) serias y fundadas críticas a esta institución.

En América Latina, y desde una perspectiva cercana al realismo social, también encontramos ejemplos notables, como la novela "Prisión Verde" (1950) del hondureño Ramón Amador; allí la realidad metafórica se estrecha hasta constituir una denuncia directa de las condiciones carcelarias en que vivían los trabajadores explotados en las plantaciones bananeras de Centroamérica. Esta temática ya había sido abordada antes y será retomada por otros escritores latinoamericanos, como Mario Vargas Llosa, quien recrea en la novela histórica "El Sueño del Celta" (2010) las atrocidades que cometían las compañías caucheras del Perú y el Congo, que imponían un régimen carcelario esclavista y genocida. En paralelo, la literatura de los Estados Unidos de los siglos XIX y XX también traza sombrías semblanzas de las prisiones y los campos de algodón del sur, como en la obra de Erskine Caldwell y otros autores destacados.

Pero también hay otras cárceles, recreadas, imaginadas o soñadas por algunos de los grandes escritores modernos y contemporáneos. Borges solía decir que en toda antología siempre resaltan las ausencias; por tanto, serán inevitables en este breve repaso las ausencias de algunas de las más conocidas prisiones de ficción. De esa interminable lista es inevitable no citar las torres, mazmorras y otros lugares fantasmales y tenebrosos que poblaron las obras de los autores góticos y románticos de los siglos XVIII y XIX, como el Castillo de Otranto, de la novela de Horace Walpole, el calabozo de la Inquisición en El pozo y el Péndulo, de E. A. Poe o las prisiones imaginadas por E. T. A Hoffman. Esta poderosa imaginería también se propagó en las artes plásticas, como las Carceri d'invenzione, una colección de veinticuatro grabados del pintor italiano del siglo XVIII Giovanni Piranesi, auténticas pesadillas arquitectónicas que sin duda inspiraron los diseños de las aguafuertes y dibujos imposibles del holandés M. C. Escher.

Grabados de G. Piranesi (1720-1778) y M.C. Escher (1898-1972)
Grabados de G. Piranesi (1720-1778) y M.C. Escher (1898-1972)

Más acá en el tiempo, es inevitable referirse a las prisiones imaginadas por Franz Kafka. En el escalofriante relato En la Colonia penitenciaria, describe una cárcel fabulosa dominada por una máquina de ejecución atroz, difícil de olvidar. En realidad, gran parte de la obra de Kafka se construye de manera explícita o alegórica sobre los temas del castigo arbitrario, el encierro y el aislamiento. Solo basta recordar la novela El Castillo, donde éste funciona como una prisión burocrática y existencial que encierra tanto a los que están afuera como los que se encuentran dentro de él, y junto a este, a modo de prólogo, el relato breve Ante la Ley. En esa línea, también pueden encontrarse prisiones simbólicas en la obra de Borges, Beckett, Golding y otros numerosos autores contemporáneos.

En la famosa novela 1984, George Orwell imagina un régimen totalitario-carcelario donde, además de las múltiples entidades y oficinas que controlan a los ciudadanos, hay una prisión sarcásticamente denominada El Ministerio del Amor, donde los disidentes son encerrados para ser "reeducados" mediante el aislamiento, el dolor físico y la tortura psicológica. Aparte de las distopías de características orwellianas, también asoman otras numerosas prisiones imaginarias en los libros de fantasía y ciencia ficción contemporáneos, las que están más o menos inspiradas en los mismos infiernos reales que poblaron el siglo XX: las prisiones coloniales británicas y francesas, los Gulag soviéticos, los campos de exterminio nazi y los centros de detención clandestina que proliferaron en América Latina y el mundo en general.

Pero más de una vez la ciencia ficción ha dado un paso más allá e imaginado prisiones mucho más inquietantes: cárceles que manipulan el tiempo, la memoria, la identidad o incluso la realidad. Una de estas cárceles es la que ideó Adolfo Bioy Casares en la extraordinaria novela de anticipación Plan de Evasión, publicada en 1945. En ella, los prisioneros de una cárcel en una isla remota de las Antillas son sometidos a extrañas neurocirugías con el fin de generarles efectos alucinatorios de modo tal que, aun estando encerrados, perciban que viven en un estado de falsa libertad. De esa prisión, claro está, ya no es posible huir.

Dentro de la ciencia ficción clásica, vale rescatar la novela El Hombre Demolido (1953), de Alfred Bester, en la cual el personaje central es enviado a una mezcla de hospital psiquiátrico y cárcel de máxima seguridad, donde se lo somete a la eliminación de sus recuerdos y de los rasgos más problemáticos de su personalidad. En una línea similar, es inevitable no citar La Naranja Mecánica, de Anthony Burguess; allí también el prisionero es convertido en objeto de un experimento psiquiátrico conductista, destinado a eliminar su agresividad.

Dentro de la ciencia ficción hay una enorme variedad de relatos que por diversas razones no alcanzaron ninguna notoriedad y que sin embargo produjeron algunas de las cárceles más extrañas y sugestivas de la literatura del siglo pasado. Entre ellas, la prisión del cuento surrealista "El donante" de Marcel Leclerc; en ella, los condenados eran privados de una de las tres dimensiones, lo que los dejaba atrapados en una prisión bidimensional de la que les era imposible huir. A los reincidentes se les privaba de dos dimensiones por lo que quedaban convertidos en un punto, una posición matemática sin extensión. En tanto, el autor ruso Yury Kazantzev imaginó en uno de sus cuentos una cárcel en que los condenados eran sometidos a un tratamiento químico que expandía el tiempo subjetivo, esto los limitaba a moverse apenas unos pocos centímetros diarios y así retozaban durante años, entre el delirio y el abandono, en un lujoso establecimiento hotelero junto al Mar Negro.

La mayor parte de estas prisiones comparten una característica muy propia de la ciencia ficción: desplazan la pena desde el encierro y el aislamiento hacia dimensiones más profundas, como la manipulación o destrucción de la dignidad, la identidad, la conciencia, la memoria, el tiempo o la propia naturaleza de la realidad.

El cine y la TV también crearon excepcionales cárceles imaginarias. Una de las prisiones más extrañas e ingeniosas es la de la película Goto, la Isla del Amor (1969), del director polaco Walerian Borowczyk. Aquí Borowczyk (también guionista) imaginó una isla presidio en algún lugar del Mediterráneo, que por razones poco claras sobrevive a la destrucción de la civilización. Con el paso de las generaciones, el origen carcelario de la isla parece olvidado y los descendientes de las autoridades y los guardiacárceles se han transformado en la realeza y la nobleza gobernante, mientras que los descendientes de los antiguos prisioneros se han convertido en la servidumbre y el proletariado. Otro ejemplo notable es la prisión abstracta en que termina el protagonista de la película THX 1138, una especie de vacío blanco, donde pierde toda referencia espacio-temporal. Se trata de la primera película dirigida por George Lucas, en 1971, y hoy es considerada por los cinéfilos como una obra de culto. En esta brevísima lista hay que incluir Escape de Nueva York (1981) y Escape de Los Ángeles (1996), en que ambas ciudades son transformadas en presidios. En cuanto a las series, se destaca la excepcional "El Prisionero", de 1967, creada, escrita y protagonizada por Patrick McGoohan, cuyo personaje debe resignarse a vivir en una cárcel-villa de recreo construida para espías disidentes de ambos lados de la Cortina de Hierro. La serie incorpora de forma brillante la sátira política y cinematográfica, con toques del humor absurdo de Lewis Carroll.

Detrás de todas estas cárceles imposibles late silenciosa y ominosamente la quimera del infierno. En este sentido, casi siempre funcionan como metáfora o metonimia de éste. ¿Y qué es el infierno? Desde un plano psicológico-espiritual, es el espacio real o imaginario donde el sufrimiento no tiene fin y donde los seres humanos se enfrentan a la pérdida de lo que consideran más valioso. Esto permite comprender por qué tantas cárceles, laberintos, manicomios, campos de concentración y mundos distópicos han sido descriptos por los escritores como versiones terrenales del infierno, un lugar espantoso donde nadie quiere residir y muy pocos desean visitar, salvo con la imaginación.





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