Travellings
Lisboa, 40 variedades de sardinas
Nelson Specchia

I. Aeropuertos
Estoy en Ezeiza, saco la vieja libretita veneciana por primera vez en este viaje. Tres chicos con kipá negra, adolescentes, hacen cola en la puerta del vuelo que sale hacia Addis Ababa (¿no era Abeba? ¿cuándo la cambiaron?). Una mujer de mediana edad habla por videoconferencia con un chico joven (¿su hijo? ¿su pareja? ¿su amante?) en la sala de espera, el tono, muy porteño, el de ella (la que parte) es de añoranza; el de él (el que se queda) es de promesa: le promete escribirle. Lo hace con paciencia. La conversación en larga; una y otra vez vuelven al tópico de escribirse (¿se escribirán cartas en papel? ¿mails? ¿whatsapps?). Frente mío, otra pareja que ya hizo la cola de Addis Ababa, jóvenes, muy occidentales, de estatura baja, ella con un chal, él con ropa deportiva (sus zapatillas deben ser número treinta y dos, no más; las manos también muy pequeñas), de lentes ambos. Junto a ellos, dos hombres orientales, quizás de Java, un poco amarillos un poco marrones, ojos como volcanes. Hemos pasado el día en el vip lounge, comiendo, tomando vinos de la Bodega del Fin del Mundo y gin tónics, leyendo, haciendo las últimas reservas pendientes en el Algarve. Ahora, una mujer, con una niña habla por teléfono, se queja y amenaza, pero el tono no es violento: dice que cuando vuelva tomará medidas, otras medidas, parece que él (a quién se recrimina) es el padre de la niña; la mujer está hablando con su propia madre ("Mami" le dice a la abuela de la niña). El vuelo hacia Addis Ababa (ex Abeba) es de Ethiopian Airlines. En el vip lounge cargamos los botellines de agua y unos alfajorcitos en una servilleta. El tema es que él no tiene que saber que ella está con la nena en Madrid, le pide a su madre que no le diga a él, si llama, que ella está en Madrid con la nena, le pide que no se hagan problemas por él, que se tome un uber (quizás el tema es el transporte, pero no parecería ser razón suficiente para el secuestro de una menor, debe querer decir otra cosa con "uber"). Y hay, además, otra hija. Quizás él se quedó con la otra hija y ella está huyendo. Si yo sigo con esta vida... -dice, y deja los puntos suspensivos, tal vez sugiriendo un suicidio, o un homicidio-, llegado el momento, dice después de los puntos suspensivos, ya veré qué hacer. Ya hay colas larguísimas frente al mostrador de Iberia, la mujer tiene ticket en el grupo cinco, el último, pero agarra a la nena de la mano y parte hacia el mostrador, seguro pedirá pasar primero por viajar con una menor. La pareja bajita de Addis Ababa toma café y comparte un croissant. El de la videollamada promete escribir, y corta.
II. El password o la vida
Un día signado por la tecnología, la informática, los teléfonos llamados "móviles" (aquí). Llegamos a Barajas con anticipación, por viento de cola sobre el Atlántico. En Argentina ya me había encontrado con una Ezeiza electrónica, sin agentes de aduana ni policías de migraciones humanos, sino torrecitas electrónicas que te fotografían, te leen la información biométrica, te revisan el pasaporte, te hacen las preguntas claves, y, como el ábrete sésamo mitológico, despliegan las dos alitas de plástico transparente allanándote el camino hacia la aeronave. En los mostradores de las aerolíneas, claro, tampoco hay humanos, sino pequeños cajeros electrónicos que emiten, tras analizarte nuevamente, el boarding pass (que sería el equivalente a los certificados de limpieza de sangre que permitían trasladarte de un sitio a otro hace algunos siglos). Demás está decir que las maletas tienen su correspondiente código de barras, que debería hacer que vayan (ellas) al mismo lugar que vos (viajero) vas, y no, por ejemplo, a Kuala Lumpur (sin embargo, es habitual que ellas -las maletas- pasen por Kuala Lumpur o por otros sitios igualmente improbables antes de volver a tu lado). Madrid, apurada como siempre en adelantar terreno, y equilibrar de esa manera el hecho de haber llegado a Europa y a su post modernidad en el furgón de cola de los últimos (y pobres) mediterráneos, exagera la informatización de sus terminales, y de Barajas han prácticamente desaparecido los/las agentes aeroportuarios (logré divisar sólo uno, un señor gordito, de mediana edad, unas pocas matas de cabello ralo en las sienes, enfundado en el estrafalario verde limón chillonísimo del uniforme de AENA) en la parada del trencito que conecta las terminales (sin chofer, ¡que va!: informatizáo); el solitario y verde agente apoyaba su cabeza calva en un brazo, mientras sostenía el teléfono móvil en el otro, escroleando vaya a saberse qué sustantiva red social. Se me ocurrió hacerle alguna pregunta, para que no se sintiera tan solo y perdido en un mundo de máquinas; inquirí sobre su opinión acerca del mejor modo de llegar a la Puerta de Atocha desde allí. Pregunte en Informes, me dijo, casi sin levantar sus abotargados ojos de la pantallita, y sin que el dedo pulgar de su mano izquierda siguiera, compulsivamente, enviando imágenes hacia arriba. Claro que sé llegar a Atocha desde Barajas, lo he hecho varias veces y por diferentes medios, pero me intrigó: ¿habría aún oficina de Informes? Algo humano, entonces, quedaba para el trato con los transeúntes. Me llegué hasta el mostrador de Informes, y no. Hay unas pantallas táctiles con las que se puede interactuar, muy amenamente y sin nada humanamente.
En fin, saquemos los tickets. Otros cajeros automáticos de gran porte, con pantallas táctiles (de color rojo para los tickets en Metro; amarillos para los ferroviarios de Renfe; celestes para La Caixa, et coetera, filas y filas de cajeritos electrónicos expendedores de tickets). Vamos en bus, que debe tener chofer, me digo, a estas alturas comenzando a alarmarme.

Estamos en la fila, llega el colectivo; en efecto, tiene un chofer humano, aunque encerrado en una pecera plástica con su volante, aislado herméticamente, y con un pequeño citófono para los casos, presumo que excepcionales, que tenga que comunicarse con el exterior. Suben al bus tres españoles, señores mayores, vamos, vamos, que parte el AVE, piden, perentoriamente y en volumen alto; el chofer no se inmuta y aprovecha la parada para revisar el móvil, y con el dedo pulgar de la mano izquierda rasca la pantallita de abajo arriba. Suben siete dominicanos: uno es un anciano en silla de ruedas (entra por la apropiada puerta del medio y lo ubican en el apropiado sitial de las sillas de ruedas, como establece la normativa de seguridad comunitaria europea) y una niña de unos once años; la señora teclea seis tickets en la maquinita colgada fuera de la pecera del chofer, son siete, dice éste, sin levantar la vista del celular y conectando el citófono desde algún lado en el tablero de instrumentos; la niña es menor, dice la señora dominicana; no es un bebé, dice el chofer, y no lo falta lógica, la chica ya debe tener hasta novio. La señora teclea un séptimo ticket en la maquinita y paga con un código QR que ha generado en su teléfono. El chofer levanta la vista del suyo y chequea la pantalla. Sube un holandés, flaco hasta la transparencia, con una camisola de bambula con batik de anilinas (¿de dónde habrá sacado bambula ¡y teñida con nudos de anilina!, casi una prenda arqueológica?), y a tono con su atuendo, le paga a la maquinita electrónica con una tarjeta de crédito física, de plástico, otro casi anacronismo ya. Luego nosotros. Pago los dos tickets con la tarjeta virtual del banco europeo, que tiene la cuenta en euros. Acerque más el teléfono, dice el chofer, ahora doble click con el botón derecho, ahora la cara, para doble comprobación, ¡que nos movamos, que se nos va el AVE!, protestan los tres viejos españoles, que se han sentado en la primera fila, acerque la cara, el rostro, dice el chofer, pero sin separar el teléfono de la maquinita, y ésta está a la altura de la cintura, me arrodillo ante la diosa y acerco mi cara (el rostro, como me aclaró el chofer) a la cámara del celular. No reconoce. (¿Qué no reconoce? ¿mi cara? ¿mi rostro? ¿el ticket? ¿el gasto de cinco euros para llegar a la Puerta de Atocha?) Hay que hacer todo el trámite de compra de nuevo, dice el chofer. ¡Que nos movamos!, dicen los taurinos. ¿No tiene el NFS?, pregunta el chofer desde el citófono de su aislada pecera (¿el qué?). No… creo que no tengo, digo yo, desde el humilde suelo del bus. A ver, pruebe de nuevo con el rostro, dice él. Es que tiene puesta la boina…, dice el anciano dominicano desde su privilegiado sitial. Me quito la boina, quedo, despeinado, humillado y de rodillas ante la diosa del password (¡Cómo me vine sin un NFS! ¡¿A quién se le ocurre salir sin un NFS?!) y acerco mi cara, el rostro, a la pantallita, y suena el bendito ¡tling! de aceptación universal. ¡Era hora! ¡Que se nos va el AVE de Sevilla!, dice el tercer taurino. Todos pagan…, dice, resentida, la señora dominicana, que seguramente esperaba que la diosa del password me indultara y que el tirano de la pecera tuviese que dejarme viajar sin boleto. Una hora más tarde, tomando unas jarras de cerveza con un bocadillo de tortilla frente a Atocha, pasan cinco mujeres sudamericanas (quizás venezolanas, la cocinera del bar, la que me hizo el bocata de tortilla, es ecuatoriana del Sur), las mujeres van rumbo a los andenes, van abrazando entre todas a una de ellas, alcanzo a escuchar: no llores, volverás a Madrid…, le dicen. La ecuatoriana me trae la cuenta. Es un QR.
NOTA: Para compensar con literatura la maquinización ("Estación digitalizada con fondos europeos") la ferroviaria estación de Puerta de Atocha ahora se llama (¡Dios sea loado!) Almudena Grandes.
III. 40 variedades de sardinas
Con rumbo Norte, haciendo el Camino de Santiago, hacia Compostela por su variante marítima atlántica, el "Camino Portugués", nos damos con la alternativa de esquivar Lisboa y seguir directo hasta Oporto, donde da inicio el jacobeo, o pasar el día en la capital portuguesa. Estamos a principios de julio, el calor aprieta, y Lisboa ofrece las mejores sardinas del mundo (aunque Sardegna, desde la misma impronta del nombre, reclama el mismo sitial… es un tema de nacionalismo culinario, como el pisco entre chilenos y peruanos). En todo caso, y más allá de los palmarés piscícolas, pasar cerca de Lisboa y no sentarse frente a un platazo de sardinas frescas a las brasas debe comportar la categoría de pecado, y, en definitiva, estamos haciendo el Camino de Santiago hasta la tumba del Apóstol, así que hay que evitar las ocasiones de pecar. Giramos, entonces, y entramos a Lisboa a pasar el día.
¿Y qué hacer en la bella Lisboa ("Menina e moça amada, cidade mulher da minha vida…") hasta que se haga la hora de las sardinas? Una buena idea sería acumular latas de sardinas para llevar, ya que no se pasa por Lisboa todos los días (hay casas de pescados, como la Comur, que en vistosas latitas de colores ofrece más de 40 variedades de sardinas, casi tantas como los diferentes quesos que el general De Gaulle se servía después de almorzar), pero para no reducir la bella Lisboa a su oloroso pescadito, también podemos salir a caminar por su centro histórico, tan romántico, constreñido entre eternas y empinadas subidas y bajadas, con su punto decadente de imperio perdido, y tan a escala humana: en unas tres o cuatro horas se habrá cruzado por la Baixa, la Alta, el Chiado, la Vía Augusta, la Plaza del Comercio, y llegado a las alturas moras de la Alfama, donde, en cualquier puestito de las veredas, con el asador ubicado en un rincón, entre vino verde y fados estarán ya prontas las sardinas al caer la tarde.
Dejamos el coche en un estacionamiento equidistante, y largamos desde la hipotética frontera entre la Baixa y la Alta: el Chiado. En la pequeña placita del barrio (por esas disidencias semánticas, los portugueses le llaman "largo" a las plazas cortas: ese redondelito minúsculo es, por lo tanto, el Largo do Chiado) está la estatua del poeta Antonio Ribeiro -Lisboa es una ciudad de poetas, y a todos les rinde honores-, un viejito del siglo XVI enamorado del aguardiente y de los dípticos, que repartía sus versos en papelitos entre los transeúntes, o directamente se los recitaba al pasar. Aunque en su recitado, con tal carga de aguardiente, su voz parecía un chillido, un "chiado", hasta que el sobrenombre le ganó al nombre, a la plaza, y al barrio entero (el más glamouroso de la ciudad, por cierto, donde los Hermés, los Cartier y otros incomprables tienen sus escaparates); a unos metros de la figura del Chiado, otro bronce, sentado a una silla, invita a conversar: Fernando Pessoa, o algunos de sus heterónimos. Y unos metros más allá, la bellísima librería Bertrand, con sus estanterías de madera torneada que parecen salidas de un set de una película de Harry Potter: abrió sus puertas en 1732, no las cerró nunca y hasta hoy las mantiene abiertas. ¡Decime si eso no es un símbolo de la resistencia de la cultura! Ni la Dictadura de Oliveira Salasar, de más de medio siglo, pudo cerrarla (al contrario: la Bertrand fue uno de los pocos sitios en toda Lisboa donde era posible juntarse más de cuatro personas sin que fuera causal de arresto).

Y hacia el otro lado de los bronces de Pessoa y del Chiado, la plaza del poeta más grande de la Nación, aquel que (aunque la tradición no coincida necesariamente con la lógica ni con la historia) les dio su lengua: Luíz de Camóes, solemne en la cumbre de su columna, y en el doble papel de poeta y de soldado: hay plumas y papeles, pero al lado de su cuerpo también han esculpido el peto de su armadura de soldado, la coraza de un caballero y su espada. Alrededor de su estatua han colocado, en mármol, una corte de poetas, dramaturgos y narradores, en tamaño natural: la plana mayor (o menor, según quién la juzgue) de la poesía portuguesa, aquellos que hicieron uso pródigo de la "Lengua de Camóes".
Mientras vamos repitiendo de memoria algunos versos sueltos de Las Lusíadas (la epopeya de más de ocho mil versos con que Camóes celebró, hacia 1570, el viaje de Vasco da Gama, doblando el Cabo de Buena Esperanza, hacia la India y Oriente) cruzamos la plaza hasta la esquina de la pastelería: compramos media docena de Pastéis de Belém (unos barquillos de hojaldre rellenos de crema pastelera, con unas gotas de caramelo por encima y un sutil espolvoreo de canela, dulcísimos y adictivos) y dos grandes Pao de Deus (unos bollos de pan dulce, bien masudo, aromatizado con ralladura de limón y cubierto de coco rallado, claras de huevo y azúcar), y nos los fuimos a desayunar a los pies del gran Camóes y de su espectral corte de poetas: "Dai-me igual canto aos feitos da famosa/ Gente vossa, que a Marte tanto ajuda;/ Que se espalhe e se cante no universo,/ Se tão sublime preço cabe em verso…!"
Seguimos nuestro paseo por el centro de Lisboa, tras el opíparo desayuno (¡dulcísimo! La pastelería tradicional portuguesa es el infierno de los diabéticos) a los pies de Camóes y de su corte espectral de literatos, cruzamos la calle y ya estamos en la Alta; que el paso de un barrio a otro, con sus personalidades culturales bien diferenciadas, se pueda hacer con el simple cruce de una vereda a la del frente se explica por el terremoto de 1755, como casi todo en Lisboa: el terremoto es una presencia permanente en la fisonomía urbana.
Por esta pacífica calle se alzaban los muros que limitaban su contorno, la Muralla Fernandina (por Fernando, el rey español, y por entonces también portugués, que la mandó construir), y ese alto y consistente muro empujó a la creación de un barrio de un lado, con sus características e idiosincrasia, mientras que del otro lado de la gruesa mampostería iba creciendo otro, más extenso, libre y a su aire. Cuando aquel terrible temblor que desató los demonios del centro de la tierra, exactamente a las 9:30 horas del Día de Todos los Santos, 1 de noviembre, en el año 1755, casi todo lo que estaba en pie en la ciudad se vino abajo. Las iglesias, que por el día religioso festivo estaban a rebosar, se cayeron todas, una a una, aplastando a los fieles en su interior; hoy se calcula que el temblor debe haber alcanzado una intensidad de 9.0 puntos en la escala de Richter, y fue eterno: quince minutos. Apenas dejó de temblar, los millones de velas prendidas para conmemorar a Todos los Santos incendiaron las maderas, ardieron las ruinas recién caídas; y las gentes que no habían quedado aplastadas bajo los escombros ni habían perecido en las llamas del gran incendio, huyeron hacia las planicies de la costa. Y entonces llegó el tsunami, y se los llevó. Un cálculo discreto registra unas 100.000 víctimas ese aciago día.
Cuando el marqués de Pombal (el gran reconstructor de Lisboa, respetado y admirado hasta el día de hoy, como si fuera un contemporáneo) comenzó a limpiar los escombros y a trazar la cuadrícula de la nueva ciudad, limpió hasta la última piedra de las antiguas murallas fernandinas, y los barrios quedaron unidos por una calle: esta que ahora cruzamos. Unidos, pero no indiferenciados: la Baixa es territorio popular, de bares, restaurantes y casas de fado; mientras el Chiado permanece como territorio de alta cultura y rica bohemia, con teatros, la Ópera, las galerías de arte, las librerías.
Y tras pasar por la hermosa estación de trenes que en su día comunicaba con Francia, y por el teatro de Doña María, bajamos hasta el Rossio, uno de mis sitios preferidos de toda Lisboa, porque me simpatiza mucho la figura de Don Pedro, cuya personalidad tan fulgurante y cuya historia tan novelesca retrata, como pocas, la vinculación estrechísima de estas tierras con las americanas.

"Rossio" en portugués es sinónimo de plaza, entonces los lisboetas no la llaman la "Plaza del Rossio" (que sería algo así como la Plaza de la Plaza), sino simplemente "Rossio": un enorme rectángulo que copia en su pavimento el motivo de las olas marinas, en blanco y negro, tal como el adoquinado de las playas cariocas de Copacabana, Ipanema o Leblón, y todo el perímetro del rectángulo está sombreado por jacarandás traídos también desde Rio de Janeiro. En el centro de toda esa brasileñada, la alta columna romana donde se para, flemático y viril, Pedro de Alcántara de Braganza y Borbón (llamado aquí Pedro IV de Portugal, pero más familiar para nosotros como Pedro I, emperador de Brasil), retratado supuestamente en su madurez, aunque la tuberculosis se lo llevó cuando tenía apenas 35 años.
Unos pocos años apenas, pero, eso sí, intensamente vividos. Y el escultor parece sugerir esa intensidad vital y reproductiva en el más que notorio bulto del pene imperial, bien marcado bajo los finos calzones, que ofrece a las miradas de los viandantes desde el pie de la columna que lo ensalza. Un homenaje, quizás, a la proliferación de hijos que diseminó don Pedro con esa intensidad vital suya: tanto los habidos con su primera esposa oficial, aquella chica alemana que se llevó a Rio, Leopoldina de Habsburgo, la hija de Francisco de Austria, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (¡todos quieren adjudicarse la herencia de Roma!), el gran absolutista, que con su poderoso ministro, Metternich, había creado la Santa Alianza europea, un sindicato de reyes para mantener el Antiguo Orden (su yerno, este don Pedro, será luego su principal enemigo "liberal"); también los hijos habidos con su amante, la mulata Domitila de Castro, que revolucionó Brasil y todo el sistema de clases que quisieron trasladar desde Europa; además los hijos habidos con su segunda esposa oficial, Amelia, nieta de Napoleón; además los hijos habidos con docenas de negras y mulatas del servicio; además los que tuvo con actrices francesas de las compañías que pasaban por Rio (tenía debilidad por las francesas en esa arrolladora actividad sexual: aparte de las actrices hubo una tendera parisina, que cambió sus favores eróticos por prebendas comerciales a su marido, y fue tan exitosa en la cama imperial y tan fulgurante la prosperidad comercial del marido, que la competencia, los demás comerciantes cariocas, empujaron a que la Corte metiera al matrimonio francés en un buque y los devolviera a París; nueve meses después, cuando -inexorablemente, porque donde ponía su pene ponía la bala- nació el vástago imperial, la francesa lo bautizó como Pedro de Alcántara Brasileño, para que nadie tuviera la menor de las dudas; su agradecido marido consintió en aportar el apellido). Y hasta los hijos habidos con una monja de las Azores… Eso sí: don Pedro los reconoció a todos, como buen "liberal".
Pero en Lisboa no se habla tanto de su diseminada progenie (al menos, no más allá del notorio bulto en la entrepierna del bronce que lo inmortaliza), sino del relevante papel que le cupo a don Pedro en las guerras civiles: cuando su hermano Miguel intentó restaurar la monarquía absoluta, don Pedro (que ya había abdicado de la corona imperial brasileña en su hijo, el que sería Pedro II, y vivía exiliado en Francia) se puso al frente de los "liberales", enfrentó a los miguelistas absolutistas, los venció en la batalla de Porto, restituyo la corona portuguesa a María da Gracia (que, por cierto, también era americana, como los jacarandás) que da nombre al teatro que está en el lateral del Rossio, y antes de retirarse a morir de su tuberculosis, escribió a los brasileños instándolos a abolir la esclavitud, y hasta alcanzó a darle a Portugal la constitución más liberal del mundo de esos días. Con el filósofo José Bonifácio repetimos: "Dom Pedro não morreu. Apenas homens ordinários morrem, heróis não…", y nos vamos a las sombras de los jacarandás, que el calor aprieta.
Y tras una pausa de rehidratación ("hydration breaks", como en los partidos del Mundial de Fútbol, que ahora así se estila) rumbeamos hacia nuestras prometidas sardinas. Lisboa es de una decadente belleza, humeante y olorosa.

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