Los gigantes empezaron de pequeños
Víctor Ramés
De la exageración a la fábula, del dato científico a la mercancía, los gigantes no han abandonado nunca el imaginario, como otros tantos íconos. Tienen un tipo de existencia particular, más que nada imaginaria, alimentada por las fantasías, y no sucumben como relato. Nos distraemos un rato en el tejido de unos textos que los citan, que los atestiguan, que los discuten, particularmente en el territorio argentino con algunas puntadas en la patria chica.

Uno de los documentos más antiguos que da noticia sobre gigantes de este lado del charco lo dejó escrito fray Reginaldo de Lizárraga, dominico español llegado a Sudamérica en 1560, autor de una Descripción breve de toda la tierra del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile. El fraile anotó en su obra referencias a la región de Tarija, donde (manteniendo el encanto del viejo español colonial): "Hállanse en este valle a la ribera y barrancas del río sepulturas de gigantes, muchos huesos, cabezas y muelas, que, si no se ve, no se puede creer cuán grandes eran; cómo se acabasen ignórase, porque como estos indios no tengan escripturas, la memoria de cosas raras y notables fácilmente se pierde", afirma fray Reginaldo. Efectivamente, se desconoce cuándo se extinguieron dejando solo sus huesos, si acaso les pertenecían. Y acudiendo al testimonio de otro fraile de su congregación, añade Reginaldo: "Certificóme este religioso nuestro haber visto una cabeza en el cóncavo de la cual cabía una espada mayor de la marca, desde la guarnición a la punta, que por lo menos era mayor que una adarga", dice, comparándola con el tamaño de un escudo de guerra. Y aduce Lizárraga motivos para tomar por cierto lo dicho por el fraile, deslizando la primera mención a prehistóricos gigantes cordobeses: "Y no es dificultoso de creer, porque siendo yo estudiante de Teología en nuestro convento de Los Reyes, el gobernador Castro envió al padre prior fray Antonio de Ervias, que (…) después fue obispo de Cartagena, en el reino de Tierra Firme, (…) una muela de un gigante que le habían enviado desde la ciudad de Córdoba del reino de Tucumán, de la cual diremos en su lugar, y un artejo de un dedo, el de en medio de los tres que en cada dedo tenemos, y acabada la lectión nos pusimos a ver qué tan grande sería la cabeza donde había de haber tantas muelas, tantos colmillos y dientes, y la quijada cuán grande, y la figuramos como una grande adarga, y a proporción con el artejo figuramos la mano, y parecía cosa increíble, con ser demostración; oí decir más a este nuestro religioso, que las muelas y dientes estaban de tal manera duros, que se sacaba dellas lumbre como de pedernal".
El dominico del siglo XVI vuelve, como lo prometió en su texto, a hacer mención de la Córdoba de su época. Por arcaico, el idioma requiere un poco de atención: "La cibdad de Córdoba es fértil de todas fructas nuestras, fundada a la ribera de un río de mejor agua que los pasados, y en tierra más fija que la de Tucumán, está más llegada a la cordillera; danse viñas, junto al pueblo, a la ribera del río, del cual sacan acequias para ellas y para sus molinos; la comarca es muy buena, y si los indios llamados comichingones se acabasen de quietar, se poblaría más. Tres leguas de la cibdad, el río abajo, en la barranca dél, se han hallado sepulturas de gigantes, como en Tarija".
Fray Antonio de Lizárraga da fe sólo de haber oído las cosas que cuenta, sin duda impresionado por los datos que permitían imaginar el porte de los antiguos habitantes de esta provincia. Si hubiese tenido ocasión de ver con sus propios ojos dichas cosas, habría sacado las mismas deducciones erróneas. El relato científico, menos afecto a la leyenda, ha probado invariablemente que los restos óseos tomados por humanos no fueron otra cosa que vestigios de ejemplares de la megafauna autóctona sudamericana, y las sepulturas lo eran de restos fósiles que se remontan al período Jurásico. Eran, sí, prehistóricos y gigantescos sus esqueletos y la conformación de piezas de los mismos, en señal de remoto parentesco con los humanos llegados millones de años más tarde a la cadena de la evolución. Allí está el origen de las leyendas. Con los grandes saurios compartimos ciertos rasgos, comunes en muchos aspectos a otras especies extinguidas. Ellos sí que fueron sin duda gigantes, mientras que los humanos tendieron a ser de estatura más pequeña y llegaron cuando, en el Cenozoico, ninguno de los monumentales reptiles pisaba ya la Tierra.

Sin embargo, de ser posible, mejor no dejar que ninguna realidad científica arruine una buena leyenda. La realidad es tragada por el tiempo, la imaginación permanece. E incluso permanecen experiencias no vividas tal vez por nadie, y circulan por ciertas durante siglos. Léase, por ejemplo, lo siguiente oído por Martín del Barco Centenera a fines del siglo dieciséis. Este autor habría salido en la foto de la fundación de Buenos Aires, en 1580, caso de haberse inventado antes esa técnica. Escribió un poema titulado La Argentina y conquista del Río de la Plata, narrando el viaje desde su España natal y desde que tocó tierra americana, las expediciones, conflictos y paisajes vinculados al territorio rioplatense. Fue publicado en 1602. En la primera línea alude a Pedro Sarmiento de Gamboa, quien:
"Trató con los gigantes de Pancaldo,
que están por cima el Puerto de Leones.
Acuérdome yo ahora que Gibaldo,
soldado genovés, entre razones
que conmigo trataba, y con Grimaldo
de su nación, discretos dos varones,
me dijo muchas veces que los viera
desde el navío llegar a la ribera."
Así acudía el poeta a sus propios recuerdos, citando datos sobre los tales gigantes que le fueron transmitido por el marino genovés mencionado, afirmando el tal Gibaldo haberlos visto con sus propios ojos. Luego se vuelve Centenera a la figura de Pancaldo, quien habría "descubierto" a esos mismos gigantes, y contaba que vio a uno de ellos ejecutando una prueba casi circense:
"Pancaldo fue el primero que los vido,
un genovés, astuto marinero.
Uno de ellos, decía, que metido
había por de dentro del garguero
una muy larga flecha, y no rompido,
según que la sacaba; hechicero
el Pancaldo le juzga, y Pier Antonio
decía ser por arte del demonio."

Los gigantes rodaban vueltos canciones, poesías y, en noches de fogón, podían aparecer en boca de gente que se contaba noticias que, a su vez, les habían transmitido otros a quienes alguien más se las había contado. Y así. Giraba y gira la rueda, aunque en nuestros días hay cámaras de seguridad en las calles que matan relato, no estamos asimismo a salvo de que un gigante salude una noche hacia alguna de ellas. O un fantasma.
En cuanto a las crónicas, en las que fueron expertos los historiadores jesuitas, allí también pasaban flotando o caminando, los gigantes.
Qué tal el siguiente relato del padre Nicolás del Techo, quien se refirió al Tucumán, en su Historia de la Provincia del Paraguay de la Compañía de Jesús, libro que había comenzado a escribir en latín en 1654. En el primer tomo afirmaba que Tucumán "hacia el Occidente termina en los montes del Perú. Sus dilatadas llanuras se extienden por el Mediodía con dirección al estrecho de Magallanes; al Norte linda con ferocísimas naciones. (…) Sus habitantes se dividen en cuatro clases: los de la extremidad meridional viven en los llanos y montañas sin residencia fija; aliméntanse de la caza; sus casas se componen de esteras y son portátiles; los de la región boreal se sustentan con el pescado de las lagunas; igual que los primeros, tienen carácter feroz; aquéllos se distinguen por su elevada estatura; éstos por su estupidez. Se han hallado huesos de gigantes cuya talla era cuatro veces mayor que la de los hombres actuales; ahora no se encuentran individuos cuya altura exceda de ocho pies; nacidos en cavernas tenebrosas, parece que huyen de la luz; pasan casi toda su vida en antros obscurísimos."
La lengua rueda, no importa el idioma, sea latín o guaraní (al que también se tradujo la obra del jesuita francés) y se confirma que la sombra de los gigantes acabó siendo aún más larga que los propios gigantes, especialmente al caer el sol, hora en que comenzaban a emerger de sus antros. Peor estaban los nativos meridionales, si era justo afirmar que se trataba de gente "estúpida", como generalizaba el padre Techo.
No parece haber habido pueblo, sobre esta enorme roca giratoria, ni aun en alguna de sus vueltas más tempranas, que no haya cultivado un imaginario donde habitaban gigantes. Tipos altos, inclusive altísimos, han existido siempre, así como auténticos fenómenos de altos, pero no. Con eso no bastaba. Era necesario permanecer atentos al gigante latido de los gigantes, en sus cavernas tenebrosas hasta la siguiente caída del sol. Atentos a sus signos. Esperando a que se muestren para poder contarlo. Como aquel al que evocara, en otro río, un testigo a quien ya le tomamos declaración más arriba, Martín del Barco Centenera:
"Aquí han visto muchos un gigante
de gran disposición y muy crecida.
No está, según yo supe el aquí estante,
que allá la tierra adentro es su guarida,
mas viene aquí a pescar muy a menudo
de sus redes cargado, mas desnudo."
Contamos ya casi con una instantánea de un gigante que, con tal de comer su pesca diaria, no se preocupaba por dejarse ver en cueros, como seguramente vivía.
Claro que preferimos cinchar, en lo posible, por los gigantes cordobeses, sin la menor alusión a cualquier equipo de fútbol local, y miren lo que se encuentra en páginas de un Diccionario geográfico-histórico de las Indias occidentales o América, publicado en 1781, donde el coronel Antonio de Alcedo se hacía eco de lo siguiente:
"Hay tradición en esta Provincia, de haberla habitado gigantes, y se han hallado algunos huesos de ellos que con el transcurso del tiempo han descubierto las aguas en algunos barrancos, y poco tiempo hace se encontraron en el Curato de la Punilla de la jurisdicción de Córdoba los cascos de una cabeza del grueso de cuatro dedos, y unidos parecían una tinaja: los habitantes, como hemos dicho, llegan a 1000 y la Capital."
Sabemos que se trata de una historia independizada un poco de la voz oral, para ser transmitida por tradición bibliográfica, pues ya la conocíamos. Pero bueno, al menos hemos salido del siglo XVII y nos hallamos de pronto con los documentos y, naturalmente, con la imaginación, viendo pasar de una a otra generación el mismo cuento.
El sostenimiento de esa especie de fascinación por los gigantes duró mucho más de un siglo en los documentos (seguramente muchos más aún en la tradición oral). Entretanto, el caso de las tierras sudamericanas había cruzado el mar Atlántico en los años que siguieron al desembarco europeo, cuando empezaron a imprimirse mapas donde se difundía el porte imaginario de los Patagones. Sobre ese proceso tenemos una referencia en el Discurso Preliminar a la traducción castellana de la descripción de Patagonia por el padre Thomas Falkner, escrita en la segunda mitad del siglo XVIII. La introducción fue redactada al siglo siguiente, ya en tiempos de Rosas, por Pedro de Angelis, compilador de la Colección de Obras y Documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del Río de la Plata, publicada entre 1835 y 1837. Agotado el prolegómeno, vamos a la cita:
"Desde el año de 1618, en que los (hermanos) Nodales, por orden de Felipe III, vinieron á los mares del sud á cerciorarse del descubrimiento hecho por los Holandeses del Estrecho de Lemaire y del Cabo de Hornos, hasta 1745 en que volvieron á esplorarse estos parages por los PP. Quiroga y Cardiel, ningún paso se había dado para satisfacer, cuando menos, la curiosidad pública sobre la existencia de una nación de gigantes, que se decía habitar las costas de Patagonia."
Los efectos del racionalismo borbónico, que sintetiza De Angelis, marcaban la hora de empezar a ahuyentar a los gigantes, echarlos de sus cuevas oscurísimas, sortear sus artimañas y su fuerza, correrlos con la razón de la explotación inherente al capitalismo, en esa fase llamada modernidad. Pues el mismo erudito napolitano, en otro Discurso Preliminar, (esta vez para el Diario de Viedma, redactado por el explorador español de ese apellido, entre diciembre de 1778 y septiembre de 1780). Esto exponía, en 1839, De Angelis:
"Con el escepticismo tan propio de nuestra época, se ha dejado de medir á los gigantes, para sondear los puertos, calcular la fuerza de los vientos, la elevación de las mareas, las variaciones del barómetro, del termómetro, y de la aguja magnética. Pero, si estas investigaciones han esparcido alguna luz sobre las costas, poco ó nada han agregado al conocimiento de la topografía interior, y los geógrafos modernos siguen hablando de los Cesares, que uno de los más acreditados coloca entre las puntas del rio Camarones, y las del rio Gallegos!"
La referencia a la leyenda de los Césares, una fábula del siglo XVI que movió ejércitos, determinó la fundación de ciudades y dio lugar a traiciones tras traiciones, dictadas al oído por delirios de oro y de plata, vale tanto para la ideología del progreso como la de los gigantes.
A no preocuparse, la modernidad traería consigo sus propias fábulas, su imaginario, sus mitos.

Los siglos pasan, las tradiciones pasan mucho menos velozmente. Además, en cualquier siglo es lícito hablar del pasado. Llevando por un momento nuestra imaginación fuera de estas tierras para las que el siglo XVIII aún era colonial, resuena en nuestro imaginario aquel relato de Jonathan Swift, de 1726, titulado Los viajes de Gulliver (en inglés, Travels into Several Remote Nations of the World). El personaje era protagonista de una sátira de los libros de viajeros, y le tocaba toparse con un país de enanos donde él era de pronto el gigante, y luego con otro de gigantes donde ya puede imaginarse. Quien nos lo evoca involuntariamente en unos párrafos en 1839, y sin mencionarlo, es Woodbine Parrish, el primer cónsul británico ante las Provincias Unidas del Río de la Plata, donde residió entre 1824 y 1832. Hombre bien de su siglo, racionalista, Parrish no tomaba el camino crédulo, sino el crítico. En su libro de memorias titulado Buenos Aires y las provincias del Río de la Plata, este inglés hablaba de la gran laguna de Iberá en Corrientes, "un rasgo físico remarcable de esta provincia", y afirmaba lo siguiente:
"Con referencia a esta laguna, existe una tradición trasmitida por los primeros escritores españoles, sobre una nación de enanos, que se decía habían vivido en medio de las islas que en ella hay; fábula que parecen haber creído implícitamente los primeros descubridores, que generalmente eran tan ignorantes como bravos, del mismo modo que en la de que una raza de gigantes había en un tiempo habitado en otras partes del mismo continente. Fácilmente es averiguable el origen verdadero de ambas tradiciones. Los huesos de animales extintos de un tamaño monstruoso que tan frecuentemente se encontraban, dieron lugar, con más ó menos razón, a la historia de los gigantes."
Si existe alguna conclusión, algo improbable, es elegante citar a uno de los gigantes de la ciencia, Charles Darwin quien, en 1838, refiere lo siguiente en el capítulo XI de su Viaje de un naturalista alrededor del mundo. Esta referencia a uno de sus viajes por las costas patagónicas se presta a derribar leyendas de ambos lados, ya sean las imaginarias como las científicas, a salvo de cualquier exageración:
"Durante nuestra anterior visita (en enero) habíamos tenido una entrevista, en el cabo Gregory, con los famosos gigantes patagones, que nos recibieron con gran cordialidad. Sus grandes abrigos de piel de guanaco, sus largos cabellos flotantes, su aspecto general, los hacen parecer más altos de lo que realmente son. Por término medio vienen a tener seis pies (1,83 metros), aunque algunos son más altos; los más pequeños son pocos; las mujeres son también muy altas; en suma, esta es la raza más corpulenta que en mi vida he visto."
El mito de los gigantes tiene, para resumir, resonancias milenarias, casi atávicas y universales. Nos consta que tanto la literatura como el cine, y asimismo otros artificios narrativos de los tiempos modernos, se han encargado de eternizarlos en un plano icónico y folklórico. La realidad –el capitalismo– lejos de interrumpir el relato, se ocupa de darle rienda para entonces reproducirlo y venderlo tantas veces como se pueda, lo más cerca posible al infinito. Es el único tipo de vida que va quedando y, al parecer, en ella eterno y efímero equivalen exactamente a lo mismo.


