Los libros quemados, los libros salvados y los libros expandidos

10.05.2026

Silvia Barei


Vienen de lejos, llegan con las líneas de una página impresa y un desembarco extranjero en tierra desconocida. Erri de Luca

Pixabay
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Releyendo un precioso libro que se llama " Los muchos libros", Gabriel Said, el escritor mexicano, se pregunta y nos pregunta:

"¿Para qué leer? ¿Y para qué escribir? Después de leer cien, mil, diez mil libros en la vida, ¿qué se ha leído? Nada. Decir: sólo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto. ¿Pero no es eso quizás, socráticamente, lo que muchos libros deberían enseñarnos? Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes" (2010:21)

Esta reflexión me dejó pensando en los muchos libros que hemos leído y seguiremos leyendo, pero también en los seres que no siendo humanos, también leen libros, o sea, seres de ficción y de papel, hechos con palabras, personajes de los muchos libros (que hemos leído o no) y que leen libros.

Primero que todos, Alonso Quijano, y Emma Bovary, obvio.

Jo march de Mujercitas, Renee Michel de La elegancia del erizo de Muriel Barbery, Bastien en La historia interminable, Liesel Menninger, la niña personaje de La ladrona de libros, donde sucede una terrible paradoja: el nazi que ordena quemar libros tiene en su casa una maravillosa biblioteca.

Michael Berg lee libros a Hanna Schmitz en El lector. Y está el monje bibliotecario, Malaquias de Hildesheim, en El nombre de la rosa, además de otros personajes, como el mismo Guillermo de Baskerville.

En la literatura argentina, personajes de Borges, de Cortázar, de Martín Kohan o de Ricardo Piglia quien en El último lector nos devuelve por ejemplo, una imagen maravillosa: en medio del monte boliviano y a días de ser apresado, el Che Guevara lee colgado en la horqueta de un árbol. Lee a Jack London y diseña una escena que marca el contraste y a la vez el vínculo, entre el acto de leer y la acción política. Y para no olvidar a las mujeres escritoras cito la "Autobiografía de Irene" de Silvina Ocampo, La última actriz de Tamara Tenenbaum, una novela de 2024 que cruza dos épocas y tiene como personaje a una investigadora de la tradición hebrea; Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enríquez donde hay personajes (a menudo mujeres) que leen policiales y literatura de terror, como una forma de conectarse con lo "oscuro" de la sociedad argentina. Esa sociedad que en algún momento quemó libros o tuvo que ocultarlos para salvar la propia vida. Y que siempre y dolorosamente, recordamos, todos los meses de marzo desde la recuperación de la democracia.

Pero también hay en la literatura personajes que queman libros, como los bomberos de Fahrenheit 451, otra terrible paradoja. En el cine, el niño Jo-jo, aprendiz ingenuo de nazi, y quien se propone escribir un libro sobre los judíos, tiene entre sus lecciones de entrenamiento, la práctica de quema de libros, lo que le causa mucha diversión.

En Fahrenheit es Montang, un bombero, el que empieza a rescatar libros aliándose con la resistencia. Ray Bradbury dijo que escribió la novela ante la amenaza del macartismo de quemar libros. Algo muy probable en los años 50 en EEUU y que tenía como recuerdo cercano la quema de libros de la Biblioteca de Berlín el 10 de Mayo de 1933 en la Bebelplatz de Berlín.

Estos hechos que la literatura registra como efectos y recuerdos de una escritura que se sostiene aún ante la inminencia de una catástrofe, nos remiten a una serie de escenas de lectura no sólo imaginadas en los textos, sino presentes en la Historia propiamente dicha.

Los que vieron por última vez a Ossip Mandelstam, el poeta ruso que muere en un campo de concentración stanlinista, lo recuerdan frente a un fueguito para calentarse, en Siberia, en medio de la desolación, rodeado de un grupo de prisioneros a los que les habla de Virgilio. Persiste ahí la idea de que hay algo que debe ser preservado, algo que la lectura ha acumulado como experiencia social. No se trata de la exhibición de un saber, sino, a la inversa, de la lectura como última palabra, como ruina, como ejemplo extremo de la desposesión. Y acaso, para algunos, de la posibilidad de salvación.

Más de un siglo antes, en 1820, Henrich Heine había escrito en Almansor: "Allí donde queman libros, acaban quemando seres humanos", frase profética que remite al contexto en el cual Heine pone esta sentencia. En 1817, se habían quemado los libros en el Castillo de Wartburg, sobre todo el Código napoleónico y los libros de la Ilustración. Almansor es una obra de teatro en la cual se representa, en la Edad Media y expulsados los árabes de España, en la plaza de Almánzar, la quema de El Corán.

Este año, en los 50 años del inicio de la dictadura y el terrible atropello a los Derechos Humanos, recordamos la quema de libros del Centro Editor de América Latina el 26 de junio de 1980 en Sarandí, donde ardieron un millón y medio de libros .

Años antes, en Córdoba, el 29 de abril de 1976, en el Tercer Cuerpo de Ejército, el genocida Menéndez había ordenado la quema de libros, especialmente aquellos dedicados a los niños. El argumento era que fomentaban "un exceso de imaginación".

Porque hay indudablemente, un placer perverso y vengativo en propiciar estas hogueras.

Se destruyeron obras de teoría marxista, claro, pero también de Freud, Cortázar, Saint-Exupéry, Galeano, Paulo Freire, Conti, Perlongher, Tejada Gómez, Machado, Blas de Otero. Este último había escrito, perseguido por el franquismo en España: "Si abrí los ojos para ver el rostro/ puro y terrible de mi patria. /Si abrí los labios hasta desgarrármelos, / me queda la palabra".

También Juan Gelman ha dicho: "la lengua permanece, sortea sus agujeros y hasta el horror que no puede nombrar".

Obviamente, para la dictadura la destrucción de libros era parte de un plan mayor de "depuración" cultural, (así se llamaba entonces, ahora se llama tergiversando una categoría gramsciana, "batalla cultural"), depuración que incluía la prohibición de la palabra: libros, revistas, canciones. Y la persecución, exilio o muerte de docentes, estudiantes, artistas, escritores, editores y bibliotecarios. Entre los editores no quiero dejar de nombrar a Alberto Burnichón, secuestrado en su casa de Argüello el 26 de marzo de 1976 y encontrado asesinado un día después, tirado en un aljibe de Mendiolaza. En su editorial, sencilla y amorosa, había publicado a Tejada Gómez, Martínez Estrada, Manuel Castilla, Daniel Moyano, con ilustraciones de Carlos Alonso, Crist, Sabbat, Fontanarrosa.

Cabe subrayar que en Córdoba, desde 2007, muchos de esos libros han sido salvados por el Archivo Provincial de la Memoria donde se almacenan justamente, los libros quemados o prohibidos en la dictadura.

Junto con los libros ocultos, destruidos, desaparecidos, no hay que olvidar aquellos escritos durante siglos por mujeres, a los que yo los llamo libros ignorados, pertenecientes a épocas en las que las mujeres no tenían voz ni escritura (casi la mayoría no sabía leer ni escribir). El algún trabajo, y como recuento histórico yo las he llamado "Las mudas milenarias"

Ahora, y viendo la situación terrible de un mundo asolado por guerras, invasiones, hambrunas y genocidios, ( como el de los niños de Gaza o las niñas de la escuela de Minab) a lo cual hay que agregarle los brutales ecocidios, tal vez podríamos decir, invirtiendo la frase de Heine, "donde persiguen, desaparecen, bombardean, asesinan personas y saquean los jardines del mundo, habrán de quemar libros"

Discutiendo la idea de que ya no se lee, Alessandro Baricco en su libro Los bárbaros. Ensayo de una mutación (2008) reflexiona sobre la "aldea de los libros" en términos que no son apocalípticos. Señala que los libros son ahora "animales mutantes", hablan con códigos actuales y otra "lengua del mundo". Son "sistemas de paso", completan secuencias "que empezaron en otro lugar y que, a lo mejor, terminarán en otra parte".

Entonces: no han desaparecido los libros a pesar de las prohibiciones y la destrucción actual de las escuelas y bibliotecas en los países en guerra. Ni lo harán.

Hay gente que los salva, gente que los atesora o esconde, gente que los recita o que los hace circular por otros lugares, en otros lenguajes y otros formatos mediante los cuales se proponen "experiencias más amplias". Son parte de películas, videojuegos, podcasts, cómics, versiones digitales, híper vínculos, audiolibros, plataformas de acceso digital, etc. Un fenómeno cultural que ha dado en llamarse libros expandidos.

Queda por pensar si, independientemente de las tecnologías de guerra actuales, las circunstancias económicas y la destrucción del planeta, los escritores y lectores en acción seguirán interviniendo para que deje de producirse la escena de desencuentros terribles entre una persona dispuesta a leer un libro (sea en el formato que sea), sea en el lugar que sea (una biblioteca, una escuela, una habitación, un jardín, una Feria) y un mercenario dispuesto a matar niños y niñas que están aprendiendo a leer con su maestra en una escuelita, un día cualquiera, en unos países del mundo que unos pocos han decidido convertir en lugares de rapiña y cacería.

En un artículo muy reciente publicado en El país (14/3/26), Antonio Muñoz Molina escribe: "En el mundo privilegiado, ir a la escuela puede ser un hábito aburrido y banal, y la educación un bien nada brillante, mucho menos valioso que el dinero y el éxito. Fuera de aquí, la educación es a veces un don por el que vale la pena arriesgar la vida, y caminar hacia la escuela y pasar el día en ella, leer un libro, puede ser un sueño que no se cumpla nunca, o una trampa mortal"


Conferencia Inaugural Feria del Libro de La Cumbre. Marzo 2026





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