Culturas y Géneros

10.02.2026

Los trabajos y la tierra


Soledad González

Las orillas reverberan, traen ecos y transmiten frecuencias superpuestas. Lo diverso está al lado, es real, de carne y hueso, vegetal, mineral, acuático, aéreo, fogoso y arcilloso. Es una latencia reconocer lo que es vida y diferenciarla de las falsas promesas de sobrevivencia. En lo grande y lo pequeño, en el pasado y en el presente, algo se escapa de lo conocido y se cuela por los bordes. Si hay un fin, ¿cuál sería?, ¿quién puede enunciarlo para uno y para todxs?

Ezequiel Martínez Estrada en su libro Radiografía de la pampa, editado en 1933, nombra los trabajos humillantes desde la colonia: sembrar, tejer, cocinar y limpiar. Trabajos de esclavos, indios súbditos, siervos y mujeres. Los mismos que para la sociedad de consumo. ¿Cuánto vale la tarea de quien hace las compras, limpia, cocina, baña, cuida, ayuda, protege y trata de repartir?, y ¿quiénes saben hacerlo?

La fe en la expansión y el progreso ilimitado del siglo XV y del XIX trajeron relatos épicos de hombres y "naciones crecientes", mientras que otras partes de la humanidad entraban en ese callejón sin salida de la evolución para perecer junto a sus pueblos y "naciones moribundas".

Gracias a la fantasía cumplida de tener en la mesa un alimento archi procesado y congelado que viajó miles de kilómetros para llegar a nuestro plato el mundo del siglo XX se volvió global. El baby boom fue el inicio de una explosión demográfica que ya lleva 80 años, que llegó con la televisión entrando a los hogares, entre 1950 y 1960, y con el glifosato en la agricultura, entre 1970 y 1974. Por esos años lo nuevo fue consumir cunas, chupetes, dejar de amamantar rápido… se logró jerarquizar el ideal de mujer profesional. Y los trabajos humillantes para la colonia: sembrar, tejer, cocinar y limpiar siguieron siendo humillantes. Con estos valores se entiende que en los 90 triunfe la idea de meritocracia dentro de una cultura global y colonial que menosprecia y sigue desconociendo lo cercano. Pausemos.

La implementación del glifosato a nivel global prometía terminar con el hambre mundial. En este siglo XXI las redes prometieron democratizar la información y los talentos. Ya sabemos que al cabo de 50 años el glifosato se viene prohibiendo por varios territorios: en Chubut desde 2020 y en Misiones desde 2025. Y en China el uso de internet en menores se rige por estrictas regulaciones: los mayores de 16 años pueden acceder hasta dos horas, hasta esa edad solo 40 minutos y los menores de 8 años nada. Estos cuidados también se están adoptando en Australia y están siendo mirados con buenos ojos en Francia. Tik Tok es el opio que China le devuelve a occidente.

¿De qué podemos persuadirnos?

Muchxs ambientalistas nos alertan desde 1980, a raíz de la deforestación del Amazonas y otros pulmones verdes, diversos y exuberantes que se destinaron al monocultivo, que en 2030 llegaremos a un estado catatónico irreversible si no frenamos. El derretimiento de los polos y la muerte de los corales están siendo los primeros indicios de lo que no tiene remedio. ¿En 55 años cuánto se pudo devastar? y ¿cuántas semillas se tocaron?

Si visitamos las crónicas de Fray Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552), los hechos allí narrados muestran que en 60 años los Arawaks y Caribes fueron exterminados porque no pudieron adaptarse al poder colonial. Vivían en estado de equilibrio con la naturaleza hasta que llegó la conquista. No sabían de propiedad privada ni de matrimonio. Desconocían las instituciones que venían desde Europa con 4000 años de civilización. El exterminio llevó 60 años. Ni persuasión, ni coacción. Parece que Fray Bartolomé sugirió a la Corona que los preservara y que trajera negros esclavos, aunque más tarde se retractó pronunciándose también contra la trata.

Hay historiadores que atribuyen a los pobladores originarios del Caribe formas de evolución singulares en relación a los territorios. Otros esgrimen que se trataba de antiguas sociedades matriarcales arcaicas que habían llegado a estas costas huyendo de las violencias de otros continentes. Algo que se repite, siglos más tarde, cuando llegaron los inmigrantes europeos huyendo del hambre y portando en su ADN esas violencias que los expulsaba. La huida hacia estas tierras de Abya Yala/América puede ser una huella.

Los tarahumaras, pueblo originario del norte de México, según crónicas de los inicios de nuestra época colonial, percibían al hombre blanco siempre preocupado por la idea de acumular, sin poder ayudar ni ser justo. Desoyendo los ciclos naturales donde lo lleno se vacía y lo vacío se llena y donde no hay ventajas en ir más rápido cuando se trata de ir a la par de la naturaleza. La explosión demográfica de los últimos 80 años acelera los efectos.

No pensemos en la ambición, sino en su otra cara, la sumisión a la idea de progreso que nos siguen imponiendo desde la colonia y que sostuvieron las repúblicas del siglo XIX y la aldea global del siglo XX. Las inteligencias del reino animal y vegetal que tan bien comprendían y comprenden nuestros hermanos originarios están ahí, ni hay que descubrirlas.

En este cotidiano solapado de violencias desde la pandemia muchas personas han sentido una disminución de su energía. Me asombra como docente que los mensajes de las instituciones donde trabajo llegan los siete días de la semana a cualquier hora. El malestar ya no es por la indiferenciación de la realidad y la ficción que todos padecemos desde que existen las redes y desde que se viene democratizando la inteligencia artificial. El malestar también es por el avasallamiento del tiempo y el espacio íntimo.

He conocido este fin de año las historias de dos colegas docentes que fueron atropelladas por un auto en la calle, una al salir de su casa, la otra en la bajada Pucará al salir de la escuela hospitalaria. Después de caer se levantaron, se sacudieron y se subieron a un colectivo para llegar al próximo lugar de trabajo. Horas más tarde, en sus espacios de seguridad e intimidad, al sentir el dolor y ver la piel amoratada tomaron conciencia de ese cuerpo, el suyo. También sucede hoy en las bases, las escuelas, que se discute el sobrevalorado sesgo democrático que se nos impone/o invita a pensar sobre la inteligencia artificial desde las políticas públicas. Existen quienes eligen cuidar del agua y también quienes eligen no hacer uso de la inteligencia artificial. Estas son latencias y dicotomías éticas. No son binarismos persistentes, son límites a los abusos y violencias que se intenta naturalizar sobre la madre tierra y sobre nuestros cuerpos. La rama se bifurca entre la fe en un progreso infinito técnico-científico puesto en el futuro y un presente conservacionista de los recursos que imagina otra distribución y otra forma de habitar el tiempo, nuestro tiempo.





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