Madre de Leonas
Arturo Jaimez Lucchetta

Vanguardista desde la cuna, Adriana Inés Acosta fue una wing de avanzada, con la velocidad de las jugadoras de ahora; una Leona treinta años antes de que Luciana Aymar y compañía se llenaran de medallas.
Jugaba por derecha y militaba por la izquierda.
Desde la primaria era la piba más solidaria del barrio. De la iglesia a la escuela y, en la casa, la mejor alumna. Daba de comer y de saber, con igual rigor, entusiasmo y alegría.
Fue capitana de su club, el Lomas Athletic y de la Selección de Buenos Aires. Jugó en la Selección argentina, participando de una gira por Europa en los comienzos de la década del 70.
"Por la derecha resplandece
Adriana, que por ser buena
y capaz, es capitana..."
Siguen cantando las chicas del Lomas, medio siglo después.
Por sus convicciones de igualdad y justicia social, empezó a militar en el Partido Comunista Marxista Leninista, mientras estudiaba en la Universidad de La Plata. Fue amiga de Jorge Omar Bonafini (hijo de Hebe) y su esposa María Elena Bugnone, con quien compartió la celda en el centro clandestino El Banco, Partido de La Matanza.
La Lechu, tal cual su apodo en el hockey, siempre jugó en equipo, sus compañeras destacaban su buen humor y su capacidad conciliadora.
Fue secuestrada, torturada y desaparecida por la dictadura genocida en mayo de 1978. Algunas versiones dicen que fue arrojada al Río de la Plata, en los "vuelos de la muerte".
Pudo haberse ido del país, pero prefirió quedarse a seguir la lucha. "No hago nada malo, no me voy a ir del país" le dijo a su madre, días antes de ser chupada por los grupos de tareas de los milicos.
Teresa Bernardi de Acosta vive, sigue esperando que su hija aparezca y forma parte de la organización Madres de Plaza de Mayo.
En octubre de 2009, la cancha de césped sintético del Cenard, donde entrenan las Leonas, fue denominada Adriana Inés Acosta, en homenaje a la Lechu, aquella mártir de 22 años, que jugaba, estudiaba y militaba por un mundo mejor.
En la inauguración estuvieron algunas Leonas, la abuela de Plaza de Mayo Estela de Carlotto, la madre de Plaza de Mayo Taty Almeyda y el entonces secretario de deportes de la nación Claudio Morresi, hermano de Norberto, también desaparecido.
Adriana Inés Acosta es la primera deportista desaparecida de la que se tengan datos fehacientes, según consta en la investigación del periodista Gustavo Veiga, plasmada en el libro Deportes, desaparecidos y dictadura. Ediciones Al arco 2006.
Si bien el seleccionado argentino de Hockey sobre césped adoptó el mote de Leonas en Sidney 2000, con aquella remontada histórica que terminó con una medalla de plata; no cabe duda de que su garra comenzó varias décadas atrás. Desde que este deporte llegó a la Argentina, en 1909, hasta nuestros días, el Hockey es una disciplina mixta con clarísima predominancia femenina. Tan es así que la Selección masculina adoptó en 2013 el mote de Leones.
No hay muchos antecedentes en el mundo del deporte -machista, patriarcal en casi todos los órdenes de la vida- de un juego en el que los hombres adopten una identidad creada por mujeres. Más allá del hecho de que el predominio continental del Hockey argentino se haya producido en ambos sexos, no cabe duda de que las Leonas tienen un reconocimiento infinitamente mayor que los Leones.
Aquella gesta de 2002 en Australia, con Sergio Cachito Vigil como director técnico, con Karina Masotta y Vanina Oneto, referentes de un equipo que contó con la muralla de Mariela Antoniska en el arco, la habilidad de la cordobesa Soledad García y todo el talento de una jovencita Luciana Aymar -iniciando un derrotero que la llevó a ser la mejor jugadora de la historia- fue la coronación de un ciclo centenario, donde el nombre de Adriana Acosta representó un antecedente notable.
Lechu integró la Selección juvenil y quizá hubiera integrado aquella escuadra que obtuvo el bronce en la Copa del Mundo de Madrid, unos meses después de su desaparición. Sin dictadura, no hubiera habido boicot y Argentina hubiese disputado los Juegos Olímpicos de Moscú. Adriana hubiera tenido 24 años, una edad ideal para brillar en la capital soviética o quizá en Los Ángeles 84 hubiese aportado madurez o en Seúl 88 pudo haberse transformado en una experimentada referente del plantel.
Es contrafáctico, pero tristemente real. Adriana Inés Acosta pudo ser tan grande como Lucha Aymar, si continuaba en el deporte o René Favaloro, si se graduaba de médica, o una mujer más, una laburante cualquiera si se bajaba de esos sueños. Lo que queda claro es que en cualquier caso hubiese seguido siendo una militante de la justicia social, defendiendo valores y derechos que asumió desde que era una niña.
El legado de esa joven de 22 años no se apagó, basta escuchar a su hermana Leticia llena de admiración y emoción: "Yo le copiaba todo, hasta la B larga. Ella hacía un trabajo enorme para ir a estudiar y a entrenar. Abarcaba todo. Jugaba en el club, en la Selección. Tomaba tresnes y colectivos, iba y venía con la mochila pegada al cuerpo. Se iba a la mañana y volvía a la noche. Yo solo la veía pasar".
"No hay que olvidar para no volver a caer en lo mismo. Yo sufrí que me dijeran 'algo habrá hecho', cuando lo que Adriana hacía era ayudar a la gente", proclama la hermana menor de Lechu, quien sigue militando por la democracia argentina en tiempos de negacionismo: "Los jóvenes que nacieron en democracia por suerte no conocen ese sentimiento de ser perseguidos, de tener miedo de hablar o de criticar a un gobierno. Necesitamos que la democracia no se quiebre, es la única forma de que nuestros hijos puedan vivir libres, con esa libertad de la que durante tantos años no pudimos disfrutar".
Adriana no tenía miedo de ayudar, de combatir contra las injusticias, de ejercer esa libertad de sentir en su propia mejilla el golpe dado a cualquier mejilla.
"Ella se traía los pibes del barrio a los que le iba mal en el colegio y les daba clase. Iba a misa y me dejaba los chicos haciendo las tareas. Les enseñaba, los retaba y ella era una chica" declara su madre.
De orgulloso Pañuelo blanco, Teresa recuerda el día en que Adriana le comentó que tenía que quemar unos libros. "Cómo lloraba mientras quemaba esos libros. Eran libros de psicología, nada raro. Yo no hago nada malo me decía cuando yo le dije que se vaya. Yo no me tengo que escapar de nadie. Se pudo haber ido, tenía pasaporte y visa de los Estados Unidos".
Adriana también era la mejor para sus compañeras de colegio, para sus compañeras del Lomas, para sus maestros y entrenadores. Siempre reconocida como la mejor deportista, la mejor alumna y la mejor compañera.
Hoy Alejandra Gulla, exleona en los dos miles, levanta su nombre y lo lleva como bandera en la ONG 'El puente posible', enseñando Hockey a pibes y pibas, que no pueden acceder a practicar un deporte de clase media y alta.
Quizá Alejandra conoció la historia de Lechu en el homenaje del Cenard, una historia que siempre vale la pena revisar.
"Ponerle el nombre de Adriana Acosta a la cancha del Cenard fue un símbolo de Memoria Verdad y Justicia. Un lugar de entrenamiento y competencias internacionales ayuda a que se sepa la verdad", dijo Claudio Morresi, exfutbolista profesional, exsecretario de deportes y hermano de un joven desaparecido por la dictadura.
Aquella tarde en el Centro de Alto rendimiento del Bajo Belgrano, Luciana Aymar, la mejor hocketa de todos los tiempos, destacó la importancia de recordar a Adriana: "Nadie debe ser perseguido por su militancia, Adriana es un símbolo de lucha y memoria, que vistió nuestra camiseta."
La historia de Adriana Inés Acosta es una de 30 mil. No una más. Es una de todas las que tenemos que seguir recordando, reescribiendo; para que la patria deje de reivindicar tiranos y la bandera azul y blanca flamee sobra su grandeza.
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