Travellings

10.06.2026

Malta: la cabeza de Juan el Bautista

 entre el agua y las aceitunas


Nelson Specchia


(En agosto de 1916, la cordobesa -de Villa Dolores- Clara Díaz Lomberg, a bordo del buque Victoria, de la compañía naviera Lloyd Triestino llega a las costas de la isla de Malta. Entre los pasajeros de su crucero por las aguas del Mediterráneo ha coincidido con un coterráneo, el pintor argentino Ricardo Valente; con un matrimonio suizo, los Lehmann, y con una improbable baronesa francesa: Aubrey D´Vigny y sus tres perros)

La Valeta de noche, vista desde el crucero (Foto: N.S.)
La Valeta de noche, vista desde el crucero (Foto: N.S.)

A la mañana siguiente, con un hálito de esperanza (aunque francamente débil, hubo de reconocerlo) Clara esperó al pintor entre los grupos de pasajeros que descendían en La Valeta. En uno de los primeros botes había bajado Audrey D´Vigny con su pequeña corte canina; la invitó a sumarse, pero Clarita le dijo que prefería esperar, a ver si finalmente su amigo Ricardo Valente se decidía a desembarcar y acompañarlas.

Cuando el último bote estuvo listo para cruzar hasta el puerto, Clarita suspiró hondo y subió. La jornada, en la última posesión territorial de la Soberana y Militar Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén de Rodas y Malta, fue tan encantadora como Clara la había supuesto; la villa parecía suspendida en el tiempo, sin poder precisar con exactitud cuál era ese tiempo en el que flotaba, ubicua.

Todo el aire tenía un marcado espíritu medieval –la Ordo Fratrum Hospitalis Sancti Ioannis Hierosolymitani, como todavía se leía en las inscripciones de piedra– había sido fundada tan lejos en el tiempo como el siglo XI, por comerciantes y nobles amalfitanos, para brindar servicios de viaje y de salud a los peregrinos que iban hacia Tierra Santa; pero pronto, cuando comenzaron las locuras de las Cruzadas, los caballeros hospitalarios se calzaron las espadas y salieron a combatir contra los ejércitos musulmanes. Cuando Saladino finalmente recuperó Jerusalén, los caballeros que habían logrado salir vivos de aquella barbarie ocuparon Malta y otras islas menores de la ruta de vuelta a Europa. Aún estaban allí, medio milenio más tarde. Pero las callecitas que cruzaba Clara no tenían regusto a sangres inútilmente derramadas, sino simplemente a cosa vieja, caduca, fuera de la historia. ¿Cómo pueden oler a moho estas paredes, calcinadas por un sol que sería capaz de poner un hierro al rojo vivo?, se decía Clarita.

Entró a un patio, tras un palacio que parecía cerrado a cal y canto, donde se anunciaba almuerzo de típica cocina maltesa; en él encontró ya instalados en una mesa, bajo el inmenso parral que mixturaba la luz enceguecedora del mediodía, al doctor Christian Lehmann y a su esposa, Margarethe –Margo–, el matrimonio de suizos alemanes que, al reconocerla como una compañera del pasaje del crucero, la invitaron a compartir su mesa.

Clara no hablaba alemán, pero el italiano de los suizos era aceptable y pudieron entenderse sin problemas. El doctor Lehmann era un estudioso de cuestiones antropológicas y culturales ("Christian ha publicado un libro", anotició Margo), y se explayó largamente sobre lo que él llamó "la cuestión maltesa", que integraban capítulos tan diversos como la cocina (cuyos productos de berenjenas, pescado, aceite de olivas y granos de pistachos estaban disfrutando) hasta su larga historia; sus componentes raciales originales ("el idioma maltés, como el vasco, es de una originalidad remarcable, con vestigios cartagineses, fenicios, griegos y de las lenguas romances"); de la fuerte personalidad militar de la isla (Jean Parisot de la Valette, el gran maestre de la orden que estuvo en su fundación, la ideó como una gran fortaleza amurallada); hasta los posibles usos estratégicos que podría tener en los próximos años ("tanto el británico David Lloyd George como el kaiser Wilhelm II de Alemania saben bien que aquel que controle Malta controlará el paso por el Mediterráneo"), si finalmente los conflictos que se avizoraban en el horizonte terminaban por estallar, dijo el doctor.

A Clarita, la mayor parte de todo ese cúmulo de informaciones, datos y análisis la abrumaba un poco, pero se percató que, al mismo tiempo, se estaba divirtiendo. Y que en el par de horas en las que se extendió el almuerzo mediterráneo bajo el parral no había tenido ocasión de que su pasado se hiciera presente, y tampoco se había acordado mucho del desplante que su coterráneo argentino le había hecho al no descender con ella en la ciudad de La Valeta.

La decapitación de San Juan Bautista, Caravaggio
La decapitación de San Juan Bautista, Caravaggio

Cuando les trajeron el café, Clarita les preguntó cómo habían pensado seguir con su tour por La Valeta, y Margo Lehmann se apresuró a contestarle que estaban haciendo tiempo, porque a las cuatro de la tarde abrían la imponente Concatedral de San Juan, y ella estaba ansiosa por ver una de las más grandes obras del Caravaggio, "La decapitación de San Juan Bautista"; de inmediato la señora le sugirió que los acompañase, que su marido les explicaría algunos de los detalles más interesantes del gran óleo de Michelangelo Merisi, "dit il Caravaggio", agregaba Margo. Clarita dudó, preguntándose si ese motivo, tan espeluznante, sería propio para amenizar la tarde, pero no se imaginaba muchas alternativas, así que aceptó y se sumó al matrimonio suizo en su visita a la inmensa iglesia de la isla.

La intuición de Clara Díaz no había estado desacertada: la extrema violencia del inmenso óleo, con el profeta aprisionado contra las duras piedras del suelo de la celda, las manos atadas a la espalda, los demás presos atisbando tras las rejas, su carcelero captado en el momento de desenvainar el puñal con que ha de cercenarle la cabeza, la mujer del ángulo disponiendo la bandeja donde han de depositarla, y todo el juego de abruptas sombras y flamígeros rayos de luz sobre los protagonistas, terminaron por descomponer el talante de la chica. A lo que se sumó que las explicaciones –eruditas y a un nivel de detalle mínimo– del doctor Lehmann llevaban a detenerse y auscultar, una y otra vez, cualquier inferencia o simbología que en una primera mirada se hubiese pasado por alto. Al final, Clara les pidió disculpas, les dijo que no se sentía del todo bien, que quizás el almuerzo tan cargado de aceite de oliva y de pistachos le había resultado pesado, y que prefería volver al crucero. Sus compañeros de viaje la despidieron amablemente y ella aprovechó para dar una larga caminata por los bordes de las murallas construidas por aquel gran maestre; luego bajó al puerto y en uno de los botes de transporte volvió al Victoria.

Ese atardecer, después de haber descansado un par de horas, en lugar de optar por su tradicional atuendo para las galerías abiertas, se puso el largo vestido negro de las cenas. Aun así, cuando salió para dirigirse al salón comedor, decidió pasar antes por el extremo de popa. El buque había anclado con el frente hacia la ciudad, y su belvedere, a aquellas horas, se presentaba un tanto lóbrego, oscuro y solitario en comparación con el ajetreo y las luces del puerto de La Valeta. Y vacío. Clara había tenido la corazonada de que Ricardo no estaría esa tarde en el lugar de siempre, y no se equivocó. Lo que no llegó a intuir es que no volvería a verlo más en aquel balcón, que había sido tan acogedor y hospitalario para ambos.

En las cenas, Madame D´Vigny seguía ocupando su lugar en la mesa del capitán, aunque, por el sistema de rotación, hacía tiempo que debiese haberlo cedido; quizás se saltaba el sorteo merced a alguno de esos beneficios que le reportaba su título nobiliario. Aun así, cuando pasaron a la gran terraza de los brindis donde se serviría el café –la vista de La Valeta iluminada, con sus murallas y sus fuertes, era incomparable–, Madame se acercó a Clara Díaz. Ya estaba enterada de que la joven había compartido la jornada con el matrimonio Lehmann, y lo comentaba con un punto de recriminación, como si le pareciese censurable que no hubiese elegido la compañía de ella, de Madame, y la hubiese reemplazado por los suizos. Clara iba a esbozar una sonrisa, pero prefirió hacerse la desentendida; en definitiva, eran tantas las cosas que se le escapaban del protocolo europeo, que no quería ofender a nadie. Por eso, también se apresuró a aceptar la invitación de Madame a acompañarla compartiendo su carpa, al día siguiente, que estaría destinado a las playas maltesas.

Si Ricardo Valente se había resistido a un simple paseo urbano, Clarita se dijo que no tendría sentido sugerirle que se uniese a una excursión al aire y al sol de un balneario mediterráneo, así que al día siguiente bajó con Audrey D´Vigny –y los perros Théo y Ethan y Clément, y la secretaria Mimí, y la asistente Madeimoselle Anne, toda una corte del Ancien Régime– en el primer bote del Victoria. Una vez en tierra se subieron al transporte que las acercaría hasta Ghajn Tuffieha, una playa de arena amarilla y gruesa donde, apenas un par de años atrás, habían descubierto las ruinas de unos baños romanos de inicios del primer milenio.

El mar, con una pendiente muy suave, dejaba metros y metros de una laguna turquesa de oleaje apacible. El Lloyd Triestino había dispuesto para sus pasajeros de primera clase una línea de carpas cuadrangulares, amplias y altas, con cambiadores y poltronas para asolearse; la baronesa, su invitada y su séquito ocuparon la primera de la fila. Madeimoselle Anne desempacó alguno de los muchos y abultados bolsos que había venido acarreando y Audrey pasó a cambiarse. La idea de un día de playa de la francesa sería por demás particular, porque salió de la carpa aún más cubierta, de pies a cabeza, de lo que había ingresado: en vez de desvestirse, se enfundó en una túnica de seda color marfil, de mangas amplias como un hábito y tan larga que la arrastraba tras ella por la arena; aquel turbante de tonos vivísimos que Clarita ya le había visto una tarde; la enorme capelina de plato por encima del turbante; y los infaltables anteojos Dior ahumados. Le quedaban apenas unos centímetros de piel –en los pómulos y en el dorso de las manos– que podrían haber recibido eventualmente un rayo de sol; pero tampoco porque, primero, Audrey se embadurnó esos breves islotes de su epidermis con una sucesión de potes de cremas que Madeimoselle Anne le iba alcanzando, uno tras otro; y porque, finalmente, hizo instalar su poltrona dentro de la propia carpa y se sentó a mirar el arrullo de las olas turquesas desde la umbría comodidad de las lonas.

Malta: La Valeta, fortaleza (Foto: N.S.)
Malta: La Valeta, fortaleza (Foto: N.S.)

Clarita se puso su malla y se zambulló en la playa baja; no le causó demasiada impresión: había veraneado demasiadas veces en Mar del Plata como para que las plantas de sus pies conservaran la memoria de aquella arena, fina y dorada; esta, en comparación, le parecía gruesa e incómoda, casi de piedritas pequeñas (además de que tropezaba con piedras, ellas sí grandes y contundentes, a cada paso); la temperatura del agua era fría; la profundidad insuficiente para bucear. Estuvo haciendo unos largos paralelos a la línea de costa, y cuando Madeimoselle Anne vino a avisarle que pronto servirían el almuerzo, salió, se secó un poco al calor del sol y fue también ella a echarse en una poltrona junto a Audrey.

Ese atardecer no esperó que el sol estuviese tocando la línea de horizonte para ir al belvedere de popa; llegó temprano y se quedó hasta muy tarde, pero Ricardo Valente no vino.

Clara no entendía qué podría haber pasado con el pintor; rememoraba una y otra vez sus conversaciones, a ver si encontraba en alguna frase, en alguna expresión, algo que hubiera roto ese corto pero tan agradable conjunto de tardes compartidas, y no hallaba nada.

Sin dudas, la última noche había sido diferente: la más extraña y la más difícil de recordar. En lugar de una conversación distendida, como tantas veces, había sido una sucesión de frases cortadas, sin sentido, incómodas; cosas que parecían querer decirse y se frenaban; intenciones soslayadas y finalmente ocultas. Aquel juego con los anillos había sido –juzgaba Clara– un juego inocuo, un intercambio de souvenires entre amigos que han disfrutado unos días en común. Ricardo lo había rechazado muy fuertemente y de plano, en un primer momento, y luego lo había terminado aceptando a regañadientes y rodeado de unas reflexiones raras –deshilvanadas, según su estilo, pero además incoherentes, sin sentido ni dirección– que Clara ahora no podría repetir ni aunque se lo propusiera, porque no había ninguna referencia donde aquellas frases, interrogaciones, dudas y afirmaciones a medias pudieran asirse…

Por un momento pensó si su actitud, y su búsqueda de la compañía de Ricardo desde la primera noche, no podrían haber sido mal interpretadas, como si ella tuviese otras intenciones que fueran más allá de la conversación y la amistad, y que, al entregarle un regalo tan tonto, tan simple, como la abejita de cobre labrada por Amanda en la estancia de Villa Dolores, hubiese significado un despecho para el pintor, como quien cierra, por la vía de un simple compañerismo ocasional de viajes, la construcción de una relación que se pretende más profunda, espiritual y amorosamente.

Pero no, era imposible, Ricardo era un ser íntegro, un adulto (complejo y enredado, como todo artista, pero sensato). No iba a internarse, tras algunas tardes hablando de pinturas, de historia y de arte, en ningún delirio amoroso. Además, conocía como pocos la historia reciente de Clara, porque ella misma se la había expuesto: le había abierto su corazón y sus dolores, y eso hacía imposible ningún plan sentimental. No, no podía ser eso, entonces, ¿qué era lo que había roto el hechizo de las tardes del belvedere…?

El grave estruendo de la sirena del Victoria le dio tal susto que casi se cae por la borda. Con el corazón latiéndole acelerado salió de su ensimismamiento y miró hacia la terraza del capitán: se repetía la ceremonia que ya habían vivido en Nápoles, en Capri, en Palermo: el buque se despedía del puerto de La Valeta. Un ruido de engranajes desde los intestinos, como si viniese desde debajo de las aguas, puso en evidencia que las grandes anclas estaban subiendo; suelto de sus amarres, el largo trasatlántico comenzó a virar hacia babor, al tiempo que las débiles columnitas de vapores grises que se habían mantenido activas en los dos tubos de las chimeneas se convertían en gruesas humaredas negras cuando los motores comenzaban a acelerar.

Clara se sentía un poco deprimida; habría mejor que decir: desilusionada. Había visto ya una docena de ceremonias y brindis de despedida de los puertos que iban dejando, y no tenía con ella el foulard con el que se protegía de las vaharadas de humos que se arremolinaban desde las chimeneas. Demasiados elementos que la llevaban a retirarse a su camarote. Allá fue, mientras el Victoria dejaba las costas de Malta, y fue con una intuición sombría: iba a ser difícil conciliar el descanso de esa noche sin volver a apelar al auxilio de las vaharadas de opio de sus tubos de vidrio.





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