Mané Garrincha, el torcido que torció el destino de la torcida
Arturo Jaimez Lucchetta

Libre, puro y veloz; como las garrinchas del Mato Grosso, Mané fue la alegría del pueblo brasileño.
Manuel Francisco Dos Santos fue un zambo pobre, nacido en los suburbios de una ciudad del estado de Río de Janeiro. A los diez años cayó en el tabaquismo y, tiempo después, mientras era sometido a la esclavitud en una fábrica textil, también en el consumo problemático de alcohol.
De piernas torcidas y asimétricas por las secuelas de la Poliomielitis, Garrincha triunfó en los potreros de su pueblo hasta que, con menos dieciocho años, debutó en la primera de Botafogo.
Lejos de achicarse por su discapacidad, le sacaba ventaja desorientando los rivales con regates imperfectos e indescifrables, como su pierna derecha siete centímetros más corta que su pierna izquierda.
Con el Fogao ganó tres títulos cariocas y brilló durante más de quince años.
Mientras los rescoldos amargos del duelo del maracanazo y un frustrante sexto puesto en Suiza 1954 aún calentaban las arenas de las praias, Mané fundaba el Scratch y cambiaba la historia. Brasil, que no fue protagonista de la vanguardia futbolística de América Latina y del mundo en la primera mitad del siglo XX, daba vuelta el viento como la taba.
Junto a Pelé, un joven de dieciocho años que venía del Santos, lograron dos mundiales y, jugando juntos con la verdeamarela, no perdieron nunca.
Si bien Pelé ganó tres títulos del mundo y goza las coronas en una rebeldía nula, Garrincha fue determinante en las copas de Suecia 1958 y Chile 1962, donde Pelé salió lesionado en el segundo partido y no volvió a jugar.
Mané fue el jugador del pueblo. Era más reconocido que el "Grito de Ipiranga" y más famoso que la Garota de Vinicius de Moraes. Como si eso fuera poco, pintaba en la cancha mejores cuadros que los campos de Cándido Portinari.
Mané fue elegido el mejor jugador del mundo en 1962, pero la moralina de los que no soportan el olor a pobre, lo borraron de las páginas centrales de los álbumes de las figuritas.
Quizá así está bien, Mané no quería honores; era indiferente tanto a la importancia de los logros, como también a las miserias de su adicción. Tal vez por eso, con la misma indiferencia que encaró aquella final en Santiago, vivió como los cínicos de Diógenes de Sinope, esperando que Dios provea. "¿Hoy es la final?", preguntó en Chile y, ante la respuesta afirmativa, dijo con frescura de niño: "Ah, por eso debe haber tanta gente".
Marginado, como un buen wing derecho, pobre, alcohólico y con los fuelles llenos de nicotina; murió antes de cumplir los cincuenta.
En esas tinieblas donde no hay Dios que provea, quizá seguía haciendo preguntas, pero no obtuvo respuestas.
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