Mis salzánicos respetos

10.07.2026

Jorge Felippa


Daniel Salzano en el Cineclub Municipal (Foto: marchiaro.blogspot.com)
Daniel Salzano en el Cineclub Municipal (Foto: marchiaro.blogspot.com)

Esta historia comenzó una noche en el Cine Sombras. Tal vez haya sido a mediados de 1966. Era entonces un adolescente tímido, que se había ¿enamorado? de una hija de japoneses, tan singular como Yoko Ono. Esa primera vez daban dos de Francois Truffaut: "Jules et Jim" y "Los cuatrocientos golpes". Inolvidables Jeanne Moreau y Jean Pierre Leaud.

Desde esa noche, coleccioné todos los programas que nos entregaban antes de cada función y supe que muchos de ellos los había escrito el Daniel, uno de los fundadores del Sombras, que funcionaba en el salón de la Sociedad Española de Córdoba: Avenida General Paz casi Humberto Primo. Esa esquina era el paradero preferido de la "Gran Puta" que Salzano inmortalizó en uno de sus poemas. Cuando en 1968, publicó su primer libro "Oh Beibi", este narrador se endeudó para tenerlo en su biblioteca.

Ese 1968 fue el fin del secundario y también el del romance con la Yoko Ono cordobesa. No tenía tiempo para tantos intereses encontrados: jugar al fútbol en Instituto, escribir poesía a escondidas, y decidir qué estudiar en la Universidad. En las dos primeras cuestiones, me habían dicho que era muy bueno. Podía llegar a jugar en primera, si dedicaba más tiempo a los entrenamientos y menos a la japonesa. Y a los poemitas se los di a leer al profe de literatura del Corazón de María que me los devolvió con esta frase solitaria y final: "Si no seguís escribiendo sos un pelotudo". Y acá me tienen frente a un teclado, revolviendo fotogramas de la memoria.

Mientras mi padre me azuzaba para que me anotara en Ciencias Económicas, el cine Sombras había dejado una huella difícil de esquivar. Con una mezcla explosiva de desobediencia y audacia, me inscribí en la flamante carrera de Cine en la Escuela de Artes. Se pueden imaginar la cara que puso el viejo. Para aprender a ser "cineasta" había que rendir un examen oral. ¿Y saben quiénes eran los tótems intocables que estaban allá al fondo del aula?: Daniel Salzano y Enrique Lacolla. Dos de los próceres que tenía La Voz del Interior en su página de Cultura y Espectáculos: Los otros eran Francisco "Pancho" Colombo, Alicia Ares, Víctor Stasyszyn y Pablo Ponzano. ¡Qué lujo de periodistas, mamita mía!

Sólo dos veces me temblaron las piernas como barriletes sin cola: mientras caminaba para enfrentar a Salzano y a Lacolla y cuando subí por primera vez a un escenario a leer mis poemas en público. A pesar de mis balbuceantes razones, esos señores aprobaron mi ingreso a la Escuela de Cine. Corría el año 1969 y no es necesario explicar el clima instalado en el país por la dictadura de Onganía. Ahí adentro se vivía esa efervescencia y se hizo carne aquello de "obreros y estudiantes": si hasta había obreros de la Renault que estudiaban cine y con ellos, planificamos algo de lo que ardió el 29 de Mayo en nuestra ciudad.

Sin embargo, el sueño de convertirme en cineasta empezó a diluirse cuando la colimba me obligó a abandonar la escuela. Cuando regresé en 1971, todo era un caos, político y organizativo. Se luchaba por el poder y con otros compañeros, nos fuimos yendo despacito a guarecernos donde se podía: el que suscribe, oscilando entre el fútbol y los versos hasta que conocí a los escritores que además eran militantes políticos. Ellos me hicieron un lugar en la juntada que llamaban Taller. Ahí aprendí que la poesía no podía ser solo "raptos de inspiración", sino algo más cercano a un trabajo cotidiano con la palabra escrita.

Los años de regreso a la democracia pasaron vertiginosos. Del ´73 al '76 el miedo era una noche permanente que apagaba todas las luces. Con esos nubarrones encima, amontoné un puñado de poemas en un libro que, iluso, imaginaba la inauguración del coraje cuando todo pintaba para el exilio. En un acto de atrevimiento extremo, un día caí a "La Voz", en el viejo edificio de la Avenida Olmos, a ofrendarle al Daniel mis primeros versos en medio de una angustia con plazo de vencimiento. Él supo soportar con hidalguía que lo hubiera entreverado en esos "deberes saludables" para perderle mis "salzánicos respetos". Y encima, días después nos dedicó unas líneas en el diario, con foto incluida, saludando esa irrupción poética en una ciudad que se disolvía en el terror.

En aquel momento, lo sentíamos como un hermano mayor, el que nos cantaba la justa. Un día, en un bar al frente del diario nos avisó que preparaba las valijas. Frente a un café frío como una lápida, dijo: "¿Sabés por qué me voy hermanito? Porque no voy a soportar ver a Córdoba convertida en una ciudad africana. Llena de gente por la calle vendiendo cualquier cosa para sobrevivir". Palabra de poeta. Poesía es profecía o no será nada.

Por culpa de ese libro inaugural, recibí dos galardones: uno literario "pour la galerie" local y otro de la Universidad: las autoridades militares de la Casa de Trejo me enviaron una nota que me calificaba como "elemento potencialmente subversivo" y quedaba literalmente "expulsado" de las aulas. Entonces, me ganaba el sustento en una enorme casa de venta de materiales de construcción. No había resto en los bolsillos familiares para rajarse hacia "las Uropas" ni países limítrofes. Sólo nos pudimos ir acá nomás, a trescientos kilómetros al este de la provincia, adonde unos parientes bonachones y sin preguntar demasiado, nos ayudaron a conseguir un techo y un laburo parecido: vender griferías, azulejos e inodoros.

Esa aventura comercial y salvavidas duró un poco más de tres años y nos tuvimos que volver con el rabo entre las piernas, ahora a vender repuestos para autos. Cuando me cansé de vivir al día, a mediados del año 1991 renuncié a más de veinte años de empleado de comercio. Cambié la indemnización por una de las primeras Macintosh y una impresora HP laser que ocupaba medio escritorio. Había decidido convertirme en editor.

A principios de los '90, todavía éramos pocas las editoriales cordobesas y pudimos abrirnos un lugarcito en las librerías locales, con algunos títulos y autores que dejaron de peregrinar a Buenos Aires para ver publicadas sus obras. La Muni ayudaba con el Fondo editorial y la Feria del Libro en la plaza San Martín todos los septiembres, empezó a darnos un espacio para mostrar los libros Made in Córdoba. Así pude publicar media docena de títulos que me dieron aire: dos novelas de Filloy, una biografía de Adolfo Pérez Esquivel, un par de libros de humor y la aventura de Alberto Granados y Ernesto Guevara por América. Un librito que después se convirtió en la película "Diarios en motocicleta".

Con esas "chapas" en mi currículum de editor, fui verlo al Daniel para proponerle publicar un libro suyo. Era a finales del '95 y luego de varias charlas sobre el contenido, formato y cantidad de ejemplares, llegamos a un acuerdo. Él me invitó a celebrarlo con un champagne en el desaparecido Bar Hamilton, en la 9 de Julio entre Rivera Indarte y San Martín. Era la primera vez que entraba a ese lugar frecuentado por muchísima gente que no era como uno. Y la última fue cuando tuvimos entre manos, los primeros ejemplares del libro que contiene más de un centenar de sus columnas de "Quiénes y Cuándo". Es un álbum de figuritas que iluminan las trayectorias de personajes como Leguisamo, Illia, Willington, el Oso Boris, Atilio López, el León de Francia, Niní Marshall, Gardel, Filloy y siguen las firmas. Todos dibujados por la maestría del Juan Delfini. Lo presentamos en el teatro Real en la edición del año '96 de la Feria del Libro de Córdoba. Un ejemplar de colección que no debería faltar en ninguna biblioteca que se diga cordobesa. Fue la frutilla del postre de la editorial que, en pleno ocaso menemista, comenzó a tambalear hasta derrumbarse como las Torres Gemelas en Setiembre de 2001.

Antes, el Daniel empezó a ser más reconocido todavía por sus canciones cantadas por Jairo. Y en el 97, su "Milagro en el bar Unión", se convirtió en un himno a la nostalgia de muchos lugares que fueron emblemas de varias generaciones. Después vinieron decenas de canciones que hoy nos impregnan el corazón de espíritu salzaniano, si se me permite el adjetivo.

Desconozco el motivo por el que dejamos de vernos. Quizás porque mientras yo rumiaba en soledad la caída de mis proyectos, Daniel emprendía otros tan vitales y rejuvenecedores como el Centro Cultural España Córdoba y esa epopeya que lleva el nombre de Hugo del Carril y ahora cumple veinticinco años.

Él nos falta físicamente desde el 2014, pero nos dejó palabras como estas:

Suquía: En la esquina de 9 de Julio y Figueroa Alcorta alquilás un bote de madera, te tumbás en cubierta panza arriba y, con los brazos flexionados en los codos y las palmas de las manos debajo de la nuca, te dejás llevar por las infrecuentemente caudalosas aguas del Suquía. El bote se desliza sin violencia, amablemente, y desde tu envidiable posición de rey de la Cañada mirás el mundo al revés como una fantasía de Picasso.
Vista desde abajo, la ciudad es una lonja de universo estrechamente relacionada con el propio curso de la vida. Por detrás de las ramas oscuras de las tipas, se deslizan demasiados y desparejos edificios repletos de personas que sufren, aman, gozan, gritan.
Al atravesar el puente de Colón, estás completamente convencido de que en algún lugar de Córdoba hay un tubo que conecta en línea recta con el Paraíso.

Daniel: ¿Qué tal si ahí nos encontramos a tomar el próximo café?





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