Travellings
New York: poder y gloria
Nelson Specchia

All that is solid melts into air.
Marx – Engels, "Manifiesto comunista"
Cuando los primeros aventureros holandeses recalaron en esta punta meridional de Manhattan se imaginaron un puesto de paso para reabastecer los toneles de agua dulce, remendar las velas y juntar algo de carnes y de frutas para combatir al escorbuto. El objetivo no era el punto en la tierra, sino el dominio de la inmensidad del mar. Pero había un detalle: los indios.
Débiles y pocos para guerrear contra ellos, se imaginaron que podrían aislar su pequeño puerto de aprovisionamiento de los salvajes nativos con un muro. Y, bajo el mando del gobernador Peter Stuyvesant levantaron la empalizada, la pared de troncos, tablas y ramas: The Wall, el Muro.
La vana pretensión de separar a los hombres con barreras y muros tiene larga data y lamentable actualidad. La calle del muro sobrevive hasta hoy, ahora en el medio de otra selva. Es breve (un par de centenas de metros) pero divide, misteriosamente, al mundo: de un lado algunos pocos que aspiran a dominar las vastas superficies; del otro, anónimas multitudes que aspiran a estar, alguna vez, en la vereda del frente.
Pero si se ha llegado hasta aquí, si se ha venido hasta Nueva York también con una mirada antropológica, para percibir ese tenue olor que exuda el poder hay que llegar hasta el hueso: meterse en las venas y en los nervios de Wall Street. (Aunque, claro está, estos son los Estados Unidos: la dimensión del espectáculo -mezcla del celuloide californiano de Hollywood y los escenarios teatrales de Times Square- reemplazará en parte a la realidad).
Aun así, asumiendo la cuota de espectacularidad y de teatro de los escenarios montados para ser vistos, la posibilidad de espiar los entresijos del poder duro -el del dinero- es posible en este corazón del capitalismo universal: las cajas fuertes de los bancos, y del banco de todos los bancos: la "Fed".
El Banco de la Reserva Federal, la "Fed", además de ser uno de los sitios más custodiados del mundo, hace alarde de ser el tesoro de una república democrática; por lo tanto, sus cerradísimas puertas también están abiertas al público. Habiendo arreglado una cita previa, con el escaneo de todas las partes del cuerpo, con el cruce de varios retenes, y con el calvinista pago de una entrada, se puede acceder a la bóveda de oro de la Reserva Federal, en el número 33 de Liberty St. El blindado sótano reemplaza, de alguna manera, al sancta sanctorum de los antiguos templos.
Y para que la visión de este lugar sagrado del poder económico global esté completa, es recomendable recorrer la Bolsa de Valores NASDAQ, que, como toda la zona, está cerrada a la circulación vehicular desde el 11 de septiembre de 2001 y es una especie de gran parque de cemento. Por esta gran explanada los corredores de bolsa, haciendo honor a su nombre, corren pegados a sus teléfonos celulares, gritando números y gesticulando, siempre urgidos. Es difícil no desconfiar de que sean actores cumpliendo su parte en el "stage" hollywoodense de la City por antonomasia.
Si acaso, para poder ver el oro de más cerca, se puede entrar al Museo de las Finanzas de América (48 Wall St.): en una vitrina, casi al alcance de la mano, hay un rústico lingote de 27 kilogramos del más puro metal dorado, recogido en los ríos del Oeste pepita a pepita durante aquella era de la "fiebre del oro". Muy cerca del lingote, como prueba de que Marx y Engels tenían razón, de que todo lo sólido puede disolverse en el aire en cuestión de segundos, está la teletipo bursátil, la máquina por la que llegaban los cables con la cotización de las acciones, detenida en el momento clave: el 29 de octubre de 1929, el día del crack de la Bolsa, cuando todo el oro del mundo, guardado en la bóveda blindada de la "Fed", no fue suficiente para evitar la quiebra producida por una corrida alimentada por el miedo.
Al salir de esa plaza de cemento y de esas catedrales de la religión del dinero, conviene poner algunas fichas en el otro platillo de la balanza. A pocos metros, unas cinco calles hacia el Oeste, en el 120 Liberty St. están las dos inmensas piscinas cuadradas donde se erigían las Torres Gemelas. Ellas también fueron sólidas, símbolos del poder duro del oro, y la locura y el terror en unos pocos instantes las disolvieron en el aire.
Little Havana, la revolución vecina
Estamos a mediados de agosto y New York hierve en sus millones de toneladas de cemento y acero, espeja el sol en las barreras de cristales que parecen inclinarse, allá arriba, hasta rozar a los rascacielos de la acera del frente. Caminamos por la Little Habana, vecindario latino con anuncios de ron y música de volumen alto. Entramos en un local de tacos y tortillas, porque tiene el interior sombreado (una imagen de fresca penumbra frente al latigazo de sol de la calle) y porque los decibeles de la bachata son discretos. La camarera está atendiendo, en un dulce castellano, una mesa cercana; luego viene hacia nosotros. "¿Tica, nica, dominicana o cubana?", le pregunto, con la carta de cuban food en la mano. "Ny´orker", me dice con una sonrisa grande; "mis papis eran de Camagüey". Mientras comía mis tacos (los pedí light, pero llegaron con tanto aceite como los que sirven en cualquier latitud de América Central) recordé una impresión de mi madre, cuando pasó por esta ciudad en los primeros años 60: "Nadie ama ni apoya tanto a la revolución cubana como los neoyorquinos", solía ella decir. Pude comprobar ese aserto 25 años después, cuando me tocó ir a mí: la gesta de Fidel, el Che y los "barbudos" se aplaudió aquí –especialmente en las universidades- como en ninguna otra parte de América, aunque hoy suene a dislate o a contradicción ideológica. Nueva York apoyó los ideales de justicia social de la revolución de 1959, y al comenzar la deriva soviética el propio Fidel Castro vino a la Universidad de Princeton a calmar a sus aliados de Manhattan: "cuando la revolución cubana haya cumplidos sus objetivos, abandonaremos el comunismo", les prometió.
El escritor Waldo Frank creó aquí el Fair Play for Cuba Comitte; el sociólogo de la Universidad de Columbia, C. Wright Mills, escribió "Listen, Yankee" en defensa de la revolución, en 1961, y fue bestseller; Norman Mailer; Susan Sontag; el poeta Allen Gingsberg; los escritores y artistas de la Beat Generation…
Nueva York quiso amar a la revolución que se alzaba a pocos kilómetros de la costa sur del país, pero Washington fue más fuerte.
Hamilton, el sinvergüenza
Los "padres fundadores" reposan en tumbas pletóricas de mármol y bronce, y los tálamos mortuorios se complementan con figuras monumentales (literalmente), como la estatua de Abraham Lincoln sentado en su silla presidencial, de unos 30 metros de altura, que ocupa el centro del National Mall de la capital. O –aún más monumental- las esfinges del propio Lincoln junto a Washington, Jefferson y Tedy Roosevelt esculpidas en la ladera de una montaña de granito, en el Monte Rushmore, en Dakota del Sur.
La excepción a todos ellos es Alexander Hamilton: su sencilla tumba en la tierra ocupa una parcela igual a la de cualquier otro mortal, en el discreto cementerio parroquial de Trinity Chapel, que la expansión de la ciudad ha dejado ahora en el centro de Nueva York. Y su tumba hace justicia a la excepción que fue la vida de Hamilton, el único "padre fundador" que no ocupó la Presidencia de aquellos estados que se convertirían en la primera potencia del mundo.
Hamilton nació (quizás en 1757, aunque no se sabe bien) en la isla de Nevis, en pleno Caribe británico, en una familia muy irregular, comparada con las de los demás héroes patricios: era hijo ilegítimo de un comerciante pobre escocés, que los abandonó en esas islas de piratas, y de una madre campesina de origen francés, prostituta a la fuerza, que debió sacrificarse para darle de comer al pequeño Alejandro. La mujer terminó muriendo de agotamiento –y de pena, dicen- y los vecinos, viendo la inteligencia temprana del chico, hicieron un fondo para pagarle una educación: lo subieron a un barco y lo mandaron a Nueva York.
La ambición del joven Hamilton lo empujó hasta llegar a lo que hoy es la Universidad de Columbia (por entonces, el King's College), pero la revolución americana le pareció aún más interesante que las aulas académicas, y allá fue. No tenía aún 20 años, pero ya escribía los textos incendiarios de la guerra. Miró a su alrededor y eligió junto a quién quedarse: se decidió por George Washington, y fue una buena elección. Su pluma –y su amigo Washington, ya en el poder- lo llevaron a ser uno de los redactores de la Constitución, y a manejar el Tesoro y las finanzas de la nueva nación.
Estuvo en todos los detalles del nacimiento del Estado, pero no se sentó en el sillón presidencial, se mantuvo en las sombras, y siguió siendo el sinvergüenza caribeño que había sido. Y hasta su muerte: cayó en un duelo a pistolas en un descampado de Jersey, cuando tendría unos 45 años apenas.
Hamilton también ha sido una excepción en el rescate histórico, que comenzó recién en estos tiempos nuestros. En 2008 el talentoso rapero Lin-Manuel Miranda leyó la biografía del padre fundador escrita por Ron Chernow, durante ocho años compuso una gran escena musical, que presentó en "La noche de la poesía", en la Casa Blanca, frente a Barack y a Michelle Obama; la entonces pareja presidencial aplaudió de pie, y el rap del sinvergüenza caribeño saltó a Broadway. Y ha logrado redefinir el significado de un clásico histórico. "Hamilton" lleva en cartel desde entonces y las entradas se agotan, día a día, a las pocas horas de abrirse las ventanillas.
Globo, kilómetro cero
Quizás el símbolo más portentoso del cambio de las coordenadas del poder mundial desde la segunda mitad del siglo XX fue la construcción del edificio de la Organización de las Naciones Unidas, en pleno centro de Manhattan: en la esquina de la First Avenue con la 46th Street, a la vera del East River.
Las dos Guerras Mundiales de ese siglo "corto" (al decir de Eric Hobsbawm) terminaron cuando los Estados Unidos de América decidieron dejar de lado su tradicional aislacionismo e intervenir en los conflictos; hacia el fin de la primera de ellas, en 1918, se intentó armar un nuevo orden mundial a través de la instalación de la Sociedad de las Naciones, y –como era natural por entonces- se eligió como sede el corazón neutral de Europa: Ginebra, Suiza. Pero los principios de cooperación, arbitraje y seguridad colectiva que se proclamaban como pilares del supuesto nuevo orden, en realidad terminaron incubando el huevo de la serpiente del nazismo.
Cuando el presidente estadounidense Harry S. Truman ordenó el lanzamiento de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, en los primeros días de agosto de 1945, ya estaba decidido que el nuevo orden que se armaría tras la Segunda Guerra no tendría su sede en ningún país europeo, por mucha neutralidad que acreditara en su historia, sino en donde el poder real se manifestaba: en el corazón de los propios Estados Unidos, en Nueva York. Y, con idas y con vueltas, con reveses y pocas satisfacciones, la creación de las Naciones Unidas ha conseguido hasta hoy su principal objetivo: no ha llegado a estallar una Tercera Guerra, aunque en un par de oportunidades de ese siglo XX "corto" se haya estado tan absurda y terriblemente cerca de ello. También ha sido la instancia de consagración de la nueva estatalización del mundo, tras la descolonización. En aquella vieja Sociedad de Naciones europea sólo había unos 40 sillones, ese era el mundo por entonces. En la Asamblea General de la ONU hay hoy 196 escaños (los 193 Estados soberanos en que se divide el mundo, más el Vaticano, la Orden de Malta, y Palestina). O sea, aquí estamos todos. Y encima de todos, el poder real: el Consejo de Seguridad, con sus miembros permanentes, los que manejan las palancas.
Vale la pena darse una vuelta por este edificio, y aspirar un poco el perfume que emite ese poder real internacional (hay que ir con las narices preparadas, no es precisamente un olor agradable, tiene demasiada sangre en la mezcla). Construido sobre terrenos donados, el rascacielos del Secretariado, con sus 39 pisos, no puede visitarse, pero sí el "futurista" (para los años 50) edificio plano de la Asamblea General, con su techo hundido, el domo central, los paneles de madera clara en las paredes, el estrado de mármol verde de los discursos de los jefes de Estado, y los sillones (más grandes y amplios adelante, se van achicando hacia el final de la sala, a medida que se iban agregando países, uno tras otro, en el proceso de descolonización de los años 60).
El gran domo fue terminado en 1952, su arquitecto fue Wallace K. Harrison, pero consultó también con los grandes maestros de su tiempo, como el brasileño Oscar Niemeyer, el creador de Brasilia, o el francés Le Corbusier. Los jardines sobre el Río Este, con su cerco de banderas, son un buen lugar para una pausa en las caminatas por la ciudad. Y están llenos de esculturas y regalos de los países a la organización, que conforman también un discurso simbólico muy interesante para leerlo entre líneas, como el revólver con el caño anudado, el péndulo de Foucault del lobby, el monolito de bronce de Barbara Hepworth, o esa alegre (y casi naïv) escultura rusa del momento más optimista del realismo socialista: "Convirtamos las espadas en rejas de arado". Imprescindible llevar una buena reserva de ironía.
Pandillas y policías
La mitología urbana –apoyada fuertemente por la pantalla cinematográfica y la novela noir fueron delineando una imagen intimidante de Manhattan, especialmente de la noche, las callejuelas solitarias y las barriadas suburbanas de la Gran Manzana. Un relato que viene desde lejos y se renueva cada tanto. Una de las historias más impactantes en esa línea fue la novela de Herbert Asbury, "The Gangs of New York", publicada en 1928, donde narra los violentos días fundacionales de la ciudad, hacia mediados del siglo XIX. Asbury retrata la avalancha de inmigrantes irlandeses y el reclutamiento a mansalva que los yankees realizaban para alimentar al ejército (peleaban en esos días entre ellos, contra los estados del Sur confederado), y que a punto estuvo de incendiar la ciudad en los incidentes conocidos como "Draft Riots", en 1863.
La novela de Asbury y la imagen violenta de los días iniciales de Manhattan tuvieron una actualización con la película que sobre ella filmó Martin Scorsese, en 2002, con Daniel Day-Lewis en uno de sus papeles memorables como Bill "The Butcher" Cutting, liderando la "gang" de los "Nativos", enfrentados a la pandilla de los irlandeses recién llegados -los "Conejos Muertos"- comandados por Leonardo Di Caprio en el rol de "Amsterdam" Vallon.
Y así, una larga lista de relatos que han ido alimentando la pintura noir, con capítulos sobresalientes en los tiempos de las mafias o de la Ley Seca. Pero, en realidad -y en contra de la metáfora mítica de la violencia y la inseguridad de la capital del mundo- Nueva York ha ido ganando, a pasos acelerados, políticas públicas altamente eficientes en materia de seguridad urbana, al punto de que, en 2016, se llegó al pico más bajo de delitos en Manhattan desde que hay registros de ellos. Han sido muchas las causas concurrentes a este cambio en el escenario de la seguridad urbana, y la gestión de su entonces alcalde, Bill de Blasio, se encuentra en el centro de casi todas ellas. El "éxito" de De Blasio fue doble, porque puede mostrar estos resultados y presentar a Nueva York como una "ciudad segura", al tiempo que lo hizo tras descartar las polémicas políticas de "mano dura" (o de "gatillo fácil") de sus antecesores de las décadas finales del siglo XX, Rudolf Giuliani primero, y Michael Bloomberg después.
Hacia 2017, De Blasio presentó un panorama donde la megalópolis había registrado sólo 284 muertes violentas, y los presos de las cárceles se ubicaron por debajo de la frontera de las 9.000 personas, algo inédito en los últimos 30 años y la tasa de encarcelamiento más baja de todas las grandes ciudades de Estados Unidos: es casi un 60% inferior a la cifra carcelaria de 1991, cuando se registró un máximo de 21.000 presos.
Consciente de que, en Nueva York, más que las cifras lo que prima es la imagen y los símbolos, el alcalde anunció luego que la mejora de la seguridad se haría evidente con una meta: el cierre de la cárcel de la isla Rikers, el principal complejo penitenciario de la ciudad y algo completamente impensado hace apenas unos años.
En verdad, las cifras que ofrece el Ayuntamiento marcan un enorme contraste con la Nueva York de los 90, hundida en la cantidad de muertes violentas (se registraba un promedio de 6 asesinatos diarios), robos a mano armada a plena luz del día y en cualquier barrio, y la "epidemia de crack", que inundó las calles de droga dura, especialmente al Harlem y al Bronx. Y el Centro Brennan sobre Justicia, de la Universidad de Nueva York, aseguró que, en esta línea, la tasa de delitos seguirá cayendo; algo que también viene sucediendo en otras grandes ciudades de "violencia mítica", como Detroit y Chicago.
El tiempo de las pandillas y de las mafias parece haber pasado. La otra violencia, la que se organiza silenciosa y educadamente en las mesas de los rascacielos de Wall Street, no se computa en estadísticas.

Nunca fue una tierra de viejos
Nueva York ha alimentado siempre su aura de eterna juventud. Esta idea-fuerza ha sido alimentada desde varias vertientes: la del arte -porque la última tendencia es la que se muestra en las galerías de Manhattan-; la de la moda, por lo mismo; la de los medios de comunicación y las tecnologías; la de las más audaces fórmulas financieras; etcétera. Pero todas estas vertientes se han apoyado en un dato demográfico objetivo: la ciudad ha sido desde siempre una meca para la gente joven.
Desde todo ese país-continente que son los Estados Unidos, los colectivos de migrantes jóvenes hacia la ciudad fueron la principal batería energética del dinamismo neoyorquino, con su carga de creatividad y ganas de hacer (a la par, en tantos de ellos, de una desaforada ambición y hambre de enriquecerse rápidamente). Este flujo migratorio fue una constante, con picos de aceleración en determinados momentos, como la segunda posguerra, en la mitad del siglo XX, o los períodos inmediatamente posteriores a la gran recesión. En esos momentos la llegada y el asentamiento de jóvenes se aceleraron, pero en las "cuentas largas" la tendencia receptiva nunca se frenó. Hasta ahora: la segunda década del siglo XXI ve, con cierto grado de azoramiento, cómo aquella fuerza mengua año a año. Manhattan sigue siendo la meca de la juventud norteamericana (y de buena parte del resto del mundo), pero los que llegan tienen cada vez más difícil encontrar dónde residir; y esa dificultad está empujando tanto, que la misma tendencia de llegada se está frenando.
Los altos –altísimos- precios en el alquiler de vivienda (ya que la adquisición directamente es prohibitiva por los valores inmobiliarios que se manejan) está reorientando la tendencia demográfica y, en un plazo relativamente breve para una ciudad que vive aceleradamente, impactará en dos campos: la reducción en el número de habitantes permanentes, y en su gentrificación. La "gentrificación" designa al proceso, común hoy en las grandes ciudades, de transformación de un espacio a partir de la rehabilitación de edificios deteriorados, agregándoles alturas. O sea, menos calidad de vida a un coste habitacional mayor: la carcoma de la vejez estructural que invade a las metrópolis.
Desde el cambio de siglo, Nueva York se achica en jóvenes entre sus residentes permanentes. Y la tendencia ideológica dominante en este tiempo no ayuda: además de que los precios de los alquileres hacen que cada vez más gente se desplaza a lugares –inclusive distantes a horas del centro- donde la mensualidad sea pagable, la política anti-inmigratoria del gobierno de Donald Trump ha frenado en seco los aportes de las barriadas latinas, que tanto aportaron siempre al crecimiento y a la renovación demográfica de Manhattan. Porque los inmigrantes que llegan desde los países hispanos suelen ser muy jóvenes, además de prolíficos: aportan unos cinco hijos por pareja, un índice de nacimientos muy por arriba de la media norteamericana y que incide en la inyección de dinamismo urbano.
Nueva York, la mayor urbe de los Estados Unidos y símbolo del "sueño americano", ahora expulsa a la fuerza motriz con que ese sueño se viabiliza. Los datos oficiales censan a 8.400.000 habitantes permanentes en la ciudad, y en baja. Las barriadas que han sufrido la mayor pérdida de vecinos son Queens, Brooklyn, y el Bronx. Que Nueva York esté dejando de ser una ciudad joven y para jóvenes no es sólo un dato cultural, sino que tendrá consecuencias económicas. Quizás cuando estos efectos comiencen a sentirse en las grandes cuentas comiencen a bajar los alquileres...
Los Cuatrocientos de Manhattan
Los "padres fundadores" de la nueva patria americana intentaron, desde los primeros momentos, instalar el mito de la igualdad: esta nación que surgía en la tierra nueva tendría los códigos sociales de clase opuestos a aquellos de la Europa que los había expulsado por ser fieles a su fe y a sus creencias, y cuya pirámide dura de estratos diferenciados por la cuna era un fósil destinado a la desaparición evolutiva. Este mito de origen norteamericano, tan presente inclusive hoy en los discursos populares y en toda la cosmogonía republicana (con más fuerza, inclusive, en el Medio Oeste rural que en las ciudades de las dos costas), también formó parte de los cimientos originarios de Nueva York. Aunque la sombra de las grandes familias fundadoras, el peso patrimonial de las élites holandeses que permanecieron en la isla luego del traspaso a manos inglesas (los Van der Bilt, los Van Horn, los Stuvesant…), junto a cierta reivindicación aristocrática de una ciudad que se veía a sí misma marcada por el estigma de la grandeza, fueron licuando aquel énfasis igualitario de los "padres fundadores" y reproduciendo, a escala, el sistema de castas vigente en la madre Europa.
Significativamente, aquel sistema de estratos sociales volaría por los aires a uno y a otro lado del Atlántico al mismo tiempo: con el estallido de la Guerra Mundial. Hasta entonces, todos los años en Nueva York se publicaba el Registro Social, cuya primera edición databa de 1886. En aquel primer cuadernillo se habían anotado los nombres de los invitados a las fiestas en los salones de la archimillonaria señora Caroline Schermerhorn Astor, "Lina", en su palacio de la Fifth Avenue. Y, por esas casualidades de la aritmética, resulta que la lista de participantes en los salones del palacio Astor, que daría el nombre de La Calle de los Millonarios a ese tramo del Midtown, fueron cuatrocientos, exactos. Desde entonces, 400 fue la cifra mágica del quién-es-quién neoyorquino, y formar parte del dichoso listado se convirtió en la meta aspiracional de toda la alta sociedad.
En principio, y al menos nominalmente, se podía acceder al Registro Social si se presentaban las pruebas de haber pertenecido a alguna de las familias fundacionales y tal presentación era, a su vez, avalada por otros seis caballeros cuyos nombres ya estuviesen asentados en el Registro. En la práctica, la inclusión en la nómina que implicaba el acceso a la aristocracia social -porque era la llave de acceso a todos los eventos de los palacios de la Quinta Avenida- implicaba la erogación de enormes sumas en sobornos. También era posible -también teóricamente- acceder al Registro por casamiento, o sea, uniéndose en matrimonio con un caballero o una dama cuyo nombre ya estuviese registrado en él. Pero esta modalidad tenía su cuota de aleatoria, ya que muchas veces, dependiendo de la cara del/de la candidata/a, en vez de incluir al cónyuge nuevo quitaban del listado al cónyuge que había estado en él, que de repente veía perdido su status de 400.
Y como, finalmente, el propio Registro terminó incorporando algunos nombres de nuevos ricos y algunas pieles tordillas, comenzó a darse cierta estratificación social al interior de la misma nómina: así, algunos aristócratas republicanos de la ciudad cabecera del país de la libertad democrática comenzaron a incluir la mágica sigla "myf" luego de su nombre y apellidos.
"Myf", acrónimo de "Mayflower", indicaba que uno de sus ancestros había llegado en el buque de ese nombre, con los peregrinos huidos de Gran Bretaña en defensa de su fe cristiana reformada, y que fueron los "padres fundadores" de la nueva patria protestaste en América: la espuma de la espuma de la espuma de los 400.
Hacia los años del cambio de siglo, sin embargo, ya eran tantos en el Registro Social que agregaban el "myf" junto a sus apellidos, que de ser cierto el Mayflower más que un simple velerito debía haber sido una flota entera. Por ello, Francis Crowninshield propuso un cambio en las reglas de ingreso al Registro Social: las candidaturas deberían ser analizadas según una tabla de puntos; y se atrevía inclusive a sugerir algunos criterios de puntaje: 6 puntos si se poseía palco en la Ópera; 5 si se era poseedor de un yate; 2 puntos por cada millón de dólares en la Bolsa de Wall Street, y así. Podría haber funcionado, pero la Guerra llegó primero, y para cuando terminó, nadie se acordaba ya del Registro Social y los 400 de Manhattan eran apenas otra de las leyendas que cruzan la isla.
Mártires negros en la ciudad blanca
El encanto irredento de NYC, su indiscutible capitalidad global de nuestra época no puede ocultar las fisuras y las deudas que acumula el entramado político y social de la potencia norteamericana. Al contrario: esa misma centralidad, esa característica de vidriera ante el mundo, los potencia y los muestra en su descarnada realidad. En el listado -largo- de acreencias, el racismo y la "ciudadanía de segunda" que soporta la población negra permanece en los primeros lugares. También los agujeros de la justicia.
El cine (Netflix) ha actualizado el debate sobre esas dos grandes deudas, la racial y la judicial, con la serie "Así nos ven" (When They See Us), con el vergonzante juicio por una violación en el Central Park, que terminó con cinco afroamericanos inocentes en la cárcel por el hecho de ser eso: negros y latinos, y, por lo tanto, ciudadanos de segunda. El material artístico de When They See Us es una creación de la talentosa (y militante) Ava DuVernay, que ya se había hecho notar por la historia que filmó sobre uno de los mayores íconos de la negritud, Martin Luther King. Ahora convocó a un elenco de chicos negros muy rupturistas, y que están llamados a escribir una nueva página en el cine estadounidense: Asante Blackk, Caleel Harris, Ethan Herisse, Jharrel Jerome, Marquis Rodriguez, Aunjanue Ellis, John Leguizamo, Niecy Nash y Jovan Adepo. A ellos le agregó dos rubias con actitud: Vera Farmiga y la imprescindible Felicity Huffman. Con este grupo, Ava DuVernay se lanzó a descarnar los vericuetos de la psicología social del poder neoyorquino y llegó hasta el mismo Donald Trump.
Hace más de 30 años, la noche del 19 de abril de 1989, Trisha Meili, una ejecutiva bancaria blanca de 28 años fue atacada y violada en Central Park, en la ruta que utilizaba habitualmente para correr. Apenas un tiempo antes que los ataques sexuales y el desastre de los femicidios empujaran a la agenda de la violencia de género al centro de atención, la fuerza salvaje empleada contra Trisha la llevó a que perdiera más de la mitad de su sangre. Tras varios días en coma y muchos meses de internación hospitalaria, finalmente lograron salvarla, pero quedó con secuelas irremediables de visión, de movilidad y de un desbalance biológico sin cura (por caso, jamás recuperó el sentido del olfato).
El ataque a Trisha Meili alertó a Manhattan, a pesar de la espiral de delincuencia en que Nueva York estaba hundida a fines de los 80. Como respuesta a esa alerta, la policía se apuró arrestar a cinco chicos de Harlem, cuatro afroamericanos y un latino, de entre 14 y 16 años. Los sometió a interrogatorios interminables, hasta que confesaron y se acusaron entre ellos. Todo el sistema judicial miró para otro lado: no sirvió de nada que en el juicio los chicos se declarasen inocentes, ni que denunciasen la coacción policial. Tampoco el hecho de que no hubiese ni una sola prueba forense ni ningún otro indicio concluyente: el jurado los declaró culpables en la primera reunión. Si eran negros y latinos, la presunción de inocencia o la necesidad de pruebas quedaban de lado.
La prensa hizo también su aporte: ya titulaba llamándolos "La manada de lobos", y el que por entonces era sólo un millonario desarrollista inmobiliario de Manhattan, Donald Trump, alimentó el morbo de esa prensa (y sus cuentas corrientes) al pagar anuncios a página entera reclamando la reimplantación de la pena de muerte.
Los chicos pasaron, desde la sentencia del jurado, a la cárcel: estuvieron allí entre siete y 13 años. En 2002 un violador serial desquiciado confesó el crimen, y un análisis de ADN (como el que le habían negado a ellos) corroboró su confesión. Los chicos eran negros, eran latinos, y eran inocentes. El guión y la cámara de Ava DuVernay también sirve de retrato de esos agujeros que el sistema judicial estadounidense no ha tapado aún, y que termina siendo una vía institucionalizada de discriminación contra las minorías, especialmente contra las raciales: los negros constituyen apenas una décima parte de la población norteamericana, pero siguen siendo el grupo más numeroso de la población carcelaria (por encima del 80 por ciento).
En 2014 el Estado de Nueva York asumió parte de la culpa social de haberlos hostigado por prejuicios raciales, y compensó a los cincos chicos inocentes con una indemnización de 41 millones de dólares. Donald Trump, por entonces ya en plena campaña electoral, publicó una columna de opinión en los diarios en la que calificaba la indemnización como una vergüenza nacional y pedía mantener la sospecha sobre los negritos. Poco tiempo después ganaba las elecciones presidenciales, y se conocía su reiterada inclusión en las menciones de los archivos Epstein, de violaciones y pedofilia.


