Ojalá no lo hubiéramos hecho

10.02.2026

Marta García


Foto: Slava Novikov
Foto: Slava Novikov

El barrio se ofrecía a precio de costo. Teníamos demasiado espacio y pocos habitantes. Julia no dudó en tomar la oferta y se mudó con lo puesto: una rosa en la cabeza, una botella de grapa en la mano y un morral empachado de recolecciones. "Todo lo que tengo lo llevo encima", esas siete palabras fueron las únicas que salieron de su boquita pintada por el sol. Desde ese instante no volvió a hablarnos con las cuerdas vocales sino a través de una escoba. Entendimos que no le gustaba que nos metiéramos en su vida. Se lo respetamos porque las calles necesitaban más compatriotas, el bar de la esquina clientes y las veredas temas de conversación. De todos modos, la curiosidad nos había enseñado a barrer de reojo y nuestras escobas pudieron seguir los pasos de la suya. La sumamos a nuestra diminuta población sin que se diera cuenta. Ojalá no lo hubiéramos hecho.

Descubrimos que barría la vereda con la actitud de quien quiere borrar rastros y de golpe le agarran ganas de escribir para delatarse a sí misma. Al menos eso nos parecía cuando desenfundaba una libretita y un lápiz y hacía anotaciones mirándonos como si estuviéramos confesando un crimen. "Ninguna mujer se pone lírica con una escoba si no es para esconder algo", comentaba el mozo del bar con tiempo libre para las sospechas misóginas. Para el resto, solo lo hacía como coartada para no barrer. Deducciones más flojas que las baldosas de este barrio sin mantenimiento.

Hasta a la soledad le parecía que vivía demasiado sola. Julia era una muela picada incrustada en la cuadra. Para su cumpleaños mandaba una tarjeta con letra prolija y fúnebre: "Rogamos confirmar su ausencia". Como no decía nada sobre llevarle o no regalos, se los tirábamos por encima de la medianera y su patio se los fue tragando sin abrirlos.

Nos enterábamos cuando algún amorcito la abandonaba porque el corazón se le partía como una nuez reventada a martillazos. El ruido nos informaba sobre su desventura nueva. Pero hacíamos oídos sordos, los fracasos amorosos no quieren testigos.

Nunca supimos si se bañaba no porque nos importara la higiene juliana sino porque nadie se acercaba lo suficiente para comprobarlo. De haberlo hecho, el olor a grapa nos habría perforado el tabique nasal antes de llegar a la verdad. Hay borracheras en las que no es conveniente meter las narices.

La noche del desastre se escuchó un golpe. No fue fuerte, pero sonó definitivo. Parece que la dejó el último de sus amorcitos. Es la grapa. Se le cayó la escoba. El mozo del bar le pegó un tiro, la tiene entre ceja y ceja, comentábamos en una serie indefinida de estupideces. Unas pocas cosas nos contaron todo: la puerta abierta como una boca sorprendida, la botella de grapa llena, la escoba apoyada contra la pared, cada una ignorando que jamás lograrían trabajar solas. No había signos de pelea. Por las dudas llenamos nuestros puños de bruxismo y entramos. Estaba en el fondo del patio. Debajo de una maceta rota su cabeza en forma de rosa capturada entre páginas de un libro, destilaba muerte sorpresiva. No pidió ayuda porque no nos dirigía la palabra desde que nos habíamos metido con su vida. Se fue de la misma manera en que había llegado, con lo puesto. Lo que fulminó nuestra vida cotidiana fue advertir que la rosa en su cabeza había estallado cubriéndole hasta sus labios de aserrín.

Intentamos volver a nuestra vida sin pérdida de masa encefálica, pero no la encontramos tal como la habíamos dejado. Nos faltaban cosas simples: lo que barrimos de reojo, el ruido de los amorcitos, la medianera de los regalos. Todo desaparecido de un modo prolijo, casi cariñoso, siempre fúnebre. Y comenzaron a suceder cosas complejas: las puertas daban a habitaciones que no sabían quiénes éramos, los relojes marcaban horas que habían pasado de largo, los colectivos doblaban en calles sin salida, el bar de la esquina estaba a mitad de cuadra sin mozo y las escobas funcionaban solas. Algo se había desplazado.

Aunque la regalemos, ya nadie quiere mudarse a una ciudad perdida en su propio territorio. Nunca supimos a quién se le había ocurrido la brillante idea de regalarle una maceta a Julia cuando lo más pesado que le revoleamos por encima de la medianera fue un corpiño con armazón de alambre. Habrá sido una fugitiva de la justicia o del abandono pero tomaba grapa con inocencia, barría como escribiendo, entretenía nuestras veredas y aumentaba el número de habitantes.

Lo de Julia ocupó todos los espacios barriales. No teníamos alojamiento disponible. Y, sin embargo, ella seguía llegando y seguíamos recibiéndola provocando sus numerosas muertes. Ojalá no lo hubiéramos hecho. Ya no nos cabe una Julia más.

(En nuestro barrio se contaba esta historia de mil maneras. Nos quedó en la memoria la que nos relató el mozo del bar de la esquina porque es la más creíble: habla mal de él. Julia desapareció en 1977).





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