Piedras

10.10.2026

Marta García


Foto: Alexandros Dalkos
Foto: Alexandros Dalkos

Su llegada no fue bien recibida en ese barrio impenetrable. Hablaba raro y según las normas del centro vecinal lo indescifrable constituía una amenaza por lo que se procedió a retirarle el saludo, a prohibirle entonar canciones del terruño y a participar de las fiestas patronales y de los locros. Ni querido ni odiado, Giorgio era un paria afectivo. En las primeras semanas intentó horadar el rechazo con la sonrisa al aire, levantando la mano como un mozo sin bandeja y saludando con onomatopeyas en forma de holas y chaucitos. Los perros le movían la cola sin esperar un osobuco, los aromitos deponían las espinas y se inclinaban a su paso aunque no fuera el sol poniente y las yarará se convertían en culebras inofensivas ante un saludo tan ecuménico. Todo se conmovió ante su esfuerzo. Salvo las piedras. Al comprobar que tenían rasgos antropomórficos entendió el mensaje y fue aceptando que lo habían eliminado de la vida pétrea sin necesidad de expulsarlo.

Hasta que un día Giorgio tuvo hambre y salió a buscar algún lugar donde los saludos diarios se volvieran pan. Y en un almacén descubrió cómo lo cotidiano se volvía mágico. Pero antes que eso sucediera todo fue un real desastre.

Como no era más que un paria que nadie quería ni odiaba dejó de tomar las curvas de las alegrías y las rabias, las que inexorablemente "son una línea recta al abismo como única salida", cosas que decía en forma de pensamientos para no dejar rastros incriminatorios. Construyó con esa geometría alterada un mundo terraplanista. Desde la superficie plana de su existencia observaba las sinuosidades barriales. Los veía esperar el colectivo en días de paros sorpresivos, luchar por sus vidas de lunes a viernes laborables, deponer las armas en los bailongos de los sábados, morder el polvo los domingos, y en los feriados pelearse en la rotisería por el último pollo al spiedo. Se caen del mundo por una comida muerta, reflexiona Giorgio mientras cae al almacén para pedir el pan de cada día.

Acostumbrado a que no le presten atención entra sin saludar, señala con un dedo el pan que necesita y se va escuchando detrás ese silencio particular que produce una comunidad cuando cree que no está haciendo daño.

Hasta que aparece Indira. Es la novia del almacenero, un cordobés de pocas palabras y muchos chistes que ella no entiende pero que tienen una tonadita originaria que la hace reír. Viene de un país tan lejano que nadie supo ubicar con precisión y habla una lengua que tampoco nadie pudo ubicar. Nada de castellano. Habla etrusco o algo parecido a lo extinto. Para el barrio es una anomalía peor que la de Giorgio por tratarse de una lengua muerta. Pero ya están curados de espanto y lo dejan pasar. Aparte Indira es la única que festeja los chistes del almacenero, el que siempre cuenta los mismos pero como ella no entiende ese idioma telúrico sus risotadas contagian a la clientela que no entiende el idioma de Indira. Y todos felices por no entender nada.

Ese día era el primero de Indira atendiendo el almacén. Y un día más para Giorgio. Entró sin saludar, señaló el pan y esperó. Indira lo saludó en etrusco y se lo alcanzó. Giorgio levantó la vista y en un máximo esfuerzo de su mínima existencia cansada la mira sospechando. ¿Lo había saludado? ¿Era un saludo honesto? ¿De qué se ríe tanto esta mujer? La estudia tomográficamente para asegurarse de que no sea una artimaña del centro vecinal que solo quiere divertirse a su costa antes de terminar de expulsarlo. Pero la voz de Indira suena demasiado antigua para ser una mentira. Y Giorgio le devuelve el saludo. De alguna manera, una lengua muerta y una lengua viva, sin entenderse, se comprenden.

Ante semejante fenómeno, el chiste viejo del almacenero suena nuevo, la mujer que espera ser atendida detrás de Giorgio deja de respirar, el niño que pedía la yapa aprovecha la confusión y se lleva los caramelos con frasco y todo, la chica que estaba pagando no agarra el vuelto y una abuela se roba una medialuna sin que nadie se dé cuenta salvo la abejita prendida al almíbar como una nieta. Las cosas que siempre pasan se detienen por unos segundos y otras que nunca sucedían, suceden. Cuando el almacén vuelve en sí ya no hay abismos por delante sino un horizonte inalcanzable. El mundo de Giorgio deja de ser un plato playo donde todo se cae. Y los bordes desaparecen.

Mientras el barrio intenta comprender el nuevo trazado catastral, en la vereda del almacén Giorgio e Indira siguen entendiéndose sin compartir el mismo idioma pero sí el mismo pan. Y una patria desaparecida y otra muerta encuentran el modo de que estos dos parias descubran entre las migas una tierra natal en común.

Desde entonces nos debatimos entre dos opciones.

Saludar con un pan nuevo al hambre vieja, hable tanto una lengua muerta como una lengua viva. Después del saludo invitarla a escuchar los chistes del almacenero y a festejárselos junto a Indira como si se los entendiera y compartir con Giorgio hasta las miguitas en la vereda. Y junto a los perros, los aromitos y las yarará esperar que el hambre ya no tenga que señalar con el dedo el pan que necesita. Y que las piedras se conmuevan.

O en los locros de las fiestas patronales dejar todo en manos de una canción, en la parte esa que dice "lo cotidiano se vuelve mágico…oh…oh…" y con la boca llena cantar como si nos conmoviera… como si lo hubiéramos entendido.





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