Punilla era una fiesta
Javier Marín
Mucho se ha escrito sobre el surgimiento, auge y posterior declive del Valle de Punilla como destino turístico favorito de la alta sociedad argentina, que en el momento de su apogeo logró incluso atraer la atención de las élites europeas. En estas líneas intentaremos rescatar algunas de las crónicas y testimonios que dejaron más de cien años atrás algunos de esos visitantes, y recordar los claroscuros que atravesó la región desde mediados del siglo pasado hasta la actualidad.

Cuando en febrero de 1880 Lucio V. Mansilla publicó en el diario La Nación su artículo ¡Córdoba se va! no podía saber qué tan acertado sería su pronóstico para las sierras cordobesas. Por ese entonces, casi toda la actividad económica serrana se concentraba en la ganadería, la agricultura de pequeña escala, la extracción de minerales y rocas y las producciones regionales. El turismo por entonces era casi inexistente. Sin embargo, Mansilla, que conocía muy bien la provincia, se atrevió a vaticinar hace casi ciento cincuenta años: "Ya verán el día que se pueda ir a las Sierras de Córdoba (por tren), y aunque sea con garantía pagada a los insaciables ingleses, que no se cansan de tratarnos como a perros, en lo que se convierte aquella Escocia argentina, con sus montañas, cubiertas de vegetación, con sus aguas cristalinas y termales, con sus cascadas y sus cambiantes de luz ideales, con sus auras purísimas, capaces de resucitar a un muerto. No habrá ricachón del litoral que no quiera tener allí su mansión señorial, sin calor en verano o sin frío en invierno, como que no será sino cuestión de altura o de elegir bien el valle. ¡Pronto!, cuanto antes a Córdoba, si quieren ver el espectáculo de una transformación que todavía marca el punto de intersección entre ayer y hoy. Mañana será tarde. Aquello, por más que parezca exagerado, marcha a pasos agigantados".
Y así fue, en particular en el Valle de Punilla, donde a comienzos de la última década del siglo 19 la inauguración del ferrocarril le permitió potenciar su atractivo turístico. Apenas una década después del consejo de Mansilla, los parajes y pequeños poblados comenzaron a recibir un flujo creciente de visitantes de Córdoba capital, Buenos Aires y algunos del exterior, casi todos ellos ricos y no pocos famosos o muy poderosos, como los presidentes Julio A. Roca y Agustín P. Justo, el músico Arturo Toscanini, los herederos del trono de Gran Bretaña e Italia, Albert Einstein y Nikola Tesla, entre los más destacados. Hubo quienes se enraizaron en el lugar y muchos otros terminaron construyendo sus mansiones de verano, buscando el aire seco y tónico que ya el mismo Sarmiento destacaba en su Facundo y que por entonces se promocionaba como cura o alivio para los trastornos pulmonares y la tuberculosis. Junto al ferrocarril, también llegaron las grandes inversiones hoteleras, como el lujoso Eden Hotel de La Falda, construido por empresarios alemanes radicados en el país e inaugurado con gran pompa en 1898 y que casi medio siglo después se convirtió en un centro de activismo nazi.
Uno de los más distinguidos visitantes que por aquella época tuvo la región fue el escritor y poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), quien entonces gozaba de una notoriedad similar a la que hoy podría tener una estrella de la música pop latinoamericana. Darío se paseó por la capital cordobesa y luego viajó en tren hasta Capilla del Monte, subió al cerro Uritorco, continuó viaje por Cruz del Eje y de ahí a Mina Clavero, antes de regresar a Buenos Aires. El 24 de febrero de 1897, el diario La Razón de Montevideo publicó su artículo "Tierra adentro. Sierras de Córdoba", una breve pero jugosa crónica de su visita. Sin dudas quedó impresionado por Punilla más que por cualquier otro destino. En particular, describe a Capilla del Monte con su inconfundible estilo modernista como "Villa chica, verde de palmas y fresca de aires puros… donde la brisa es tan suave y el agua tan diamantina y buena, y no hay uno solo mosquito que ponga en la carne de Florinda, o Lindamira o Silvia, la más leve mancha rosada". Sin ahorrar adjetivos, afirma que el lugar "… es paradisíaco, situado en tan deliciosas alturas. Si vais a los lugares de los baños encontráis los extraños juegos de las rocas, los cristalinos y armoniosos remansos de las aguas, la vegetación intrincada y lujuriante, los manojos verdes de las lianas variadas…". De su ascensión a caballo al Uritorco asegura que "… una sinfonía de verdes os acaricia los ojos en las lomas, en los sembrados, en las arboledas; el aire fino y fresco os distrae mientras el sol pinta de rojos los rostros". Con un entusiasmo exaltado, Darío asegura que desde las alturas del cerro pueden verse hasta cuatro provincias argentinas, para luego recordar con nostalgia el aroma del asado que "un viejo gaucho preparaba de manera magistral" cerca de la cima. Y concluye su relato de la excursión: "A la vuelta, cuando el sol se pone, entrar al tranquilo poblado, probar un cocktail en casa del inglés don Basilio, oír un poco de música… y entrada la noche a dormir al hotel en santa paz, sin preocupaciones ni cuidados...".
Desde comienzos del siglo 20, no fueron pocos los escritores y artistas argentinos que optaron por las sierras de Punilla como lugar de descanso o sosiego. Todavía hoy se puede visitar El Paraíso, una extraordinaria residencia ubicada en Cruz Chica, a un par de kilómetros de La Cumbre, lugar elegido por Manuel Mujica Láinez para su retiro, y que sirvió de albergue temporal de otros escritores y escritoras, como la notable Sara Gallardo. Durante los primeros años de la década del 20, el "plebeyo" Roberto Arlt pasó una buena temporada en las sierras; primero, cumpliendo el servicio militar en La Calera, y luego, motivado por cuestiones de salud, terminó residiendo en Cosquín, donde fue padre de su única hija y albacea literaria, Mirta, antes de regresar a Buenos Aires en 1924.
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares también fueron asiduos visitantes, en especial este último, quien solía pasar algunas temporadas en hoteles, hosterías y residencias privadas, tal como lo atestiguan sus memorias y algunos de sus cuentos. Pero no fue él sino su padre, Adolfo Bioy Domecq (1882-1962), quien primero vacacionó en el valle de Punilla. En su libro Años de mocedad, Adolfo Bioy relata cómo descubrió y quedó encantado con las sierras cordobesas. Su primera visita fue a fines de 1903, a los veintiún años, cuando decidió junto a un grupo de amigos ir a pasar un mes en el Eden Hotel. Bioy relata que en el viaje en tren se encuentra con un conocido, Alejandro Funes Lastra, un cordobés que se dispone a pasar el verano en Cosquín, donde tiene una de sus múltiples residencias. Con un despliegue de insolente generosidad, Funes Lastra decide pagar todas las cuentas del joven Bioy y sus compañeros de viaje, ya que considera a toda Córdoba como "su casa". Así es como Bioy y compañía llegan "a la solitaria estación de La Falda, y en una amplia diligencia se cargaron en el techo los baúles y valijas y a nosotros en su interior. En seguida entramos en el camino, en suave pendiente, que nos llevó al Eden Hotel", al que describe con sorpresa y admiración. Hay que tener en cuenta que por aquel tiempo La Falda era nada más que el hotel; el pueblo nació alrededor de este y así lo atestigua Bioy, quien recuerda que en sus cabalgatas por el lugar "percibíamos pequeños rebaños de cabras, y uno que otro rancho mísero". El lugar estaba prácticamente deshabitado. En uno de sus paseos a caballo, Bioy se topa con una pequeña capilla, al parecer abandonada, y junto a ella un cementerio con algunas cruces y una tumba con una inscripción que dice "Aquí yace Doña Consesion (sic) que se murió el domingo pasado".
En otro episodio, Bioy padre relata una excursión de los pasajeros del hotel hasta Cuchi Corral. En el camino pasan por La Cumbre, que en ese entonces era solo una estación de ferrocarril y un negocio de ramos generales. Cuando llegan a Cuchi Corral los excursionistas son recibidos por un "anciano caballero" de apellido Funes, solitario dueño de la enorme estancia. La casa chorizo de barro y totoras, con paredes de un metro de ancho, había sido construida hace tres siglos y según el dueño "nunca había sido reparada ni modificada, y siempre había pertenecido a su familia, los Funes".
A continuación, Bioy narra con picardía y buen humor algunas anécdotas en el hotel, donde paran unos sesenta pasajeros, todos más o menos conocidos, algunos de ellos extranjeros. Se revela en él cierto espíritu chismoso, contando algunas indiscreciones, así como algunas de las disputas internas de la oligarquía porteña, tales como el conflicto por la construcción del puerto Madero o la abierta antipatía que despierta en ciertos turistas la presencia de la hermana del ex presidente Pellegrini, a quien el eminente ingeniero Luis Huergo (fundador de la Sociedad Científica Argentina) le atribuye "la misma soberbia del hermano".
Más allá de esas anécdotas puntuales, la gran mayoría de las crónicas de la época celebran un ambiente risueño y apacible, donde los huéspedes tienen tiempo para charlar, caminar y disfrutar sin prisas de las actividades. Incluso las fiestas y los banquetes se celebran en un clima de despreocupación y camaradería general. En ese marco de goce tan particular, que algunos denominan spleen, es muy escasa la atención que los cronistas le prestan a los pocos criollos que habitan el lugar, a quienes apenas les dedican algunas palabras pintorescas y condescendientes.
Si bien los centros turísticos del Valle de Punilla no dejaron de crecer en cantidad de habitantes y visitantes durante las siguientes décadas, algunos hechos bastante conocidos, y otros no tanto, comenzaron a tender una sombría leyenda sobre la región. En 1912 el Eden Hotel pasó a manos de la familia Eichorn, también de origen alemán, que pocos años más tarde cultivó aceitados vínculos ideológicos y económicos con el nazismo, tal como indican innumerables testimonios de ese período y lo confirman documentos desclasificados por el FBI en 1995, en los que incluso se sugiere la posibilidad de que el propio Hitler habría evaluado refugiarse ahí. En el mismo lugar que en la década del 30 se habían alojado Albert Einstein, Berta Singerman o el mismo Che Guevara, a mediados de los 40 comenzaron a desfilar y ocultarse nazis confesos y hasta criminales de guerra que habían huido por las vías de escape abiertas por la diplomacia argentina al final de la segunda guerra, como Adolf Eichmann. El Eden Hotel quedó en el centro de la polémica, fue estatizado, devuelto a los dueños, para posteriormente ser vuelto a estatizar y reprivatizar en un proceso de deterioro irreversible que siguió hasta nuestros días, ya convertido en museo.
El valle de Punilla, al igual que Calamuchita, sirvió de refugio para varios fugitivos nazis; el más notable fue el caso del austriaco Josef Schwammberger, que dirigió varios campos de exterminio en Cracovia (Polonia) y luego de huir al país, se ocultó en varios lugares de Buenos Aires hasta radicarse en Huerta Grande, donde fue capturado por Interpol en 1987. También hay innumerables indicios de la presencia de otros nazis no solo alemanes, sino colaboracionistas de distintos países invadidos o títeres del Tercer Reich, como Austria, Croacia, Hungría y Eslovaquia. Uno de esos personajes fue el propietario del Castillo Mandl, una de las mansiones más emblemáticas de La Cumbre. La propiedad comenzó a construirse a principios de 1930 y se inauguró cuatro años después. Su dueño original fue el destacado cirujano rosarino Bartolomé Vasallo, quien la vendió en 1943 a Fritz Mandl, traficante de armas, proveedor de municiones del Reich y multimillonario austríaco, que había huido a la Argentina durante la guerra y se habría convertido en un generoso contribuyente de la primera campaña electoral de Juan Domingo Perón en 1946, según afirma el investigador Uki Goñi (*). Mandl llegó a La Cumbre y de inmediato remodeló el castillo dándole cierto aire de fortaleza que aún hoy luce imponente. Tras el golpe militar de 1955, Mandl decidió regresar a Suiza. En los 90, el castillo fue la residencia veraniega del entonces jefe de la SIDE, Hugo Anzorreguy y desde comienzos de siglo, el castillo ha funcionado como hotel tres estrellas.
Hace muchos años que las sierras dejaron de ser una gran atracción para las élites porteñas, cautivadas por los destinos en el exterior, y con sus residencias de vacaciones en exclusivas localidades de la costa argentina, en la Patagonia y por supuesto, en Miami y Punta del Este. Por otro lado, las sierras se transformaron desde fines de los años 50 en uno de los destinos preferidos por las clases medias de Buenos Aires y ciudades del litoral. Hoy el valle de Punilla parece estar reavivando poco a poco el interés de inversores y turistas, en buena medida debido a las obras viales que mejoraron la circulación y conectividad del valle. Sin embargo, el contexto inmediato no es muy halagador, con un turismo interno muy golpeado por la caída del consumo y la recesión, Punilla todavía deberá esperar bastante para que regrese, si alguna vez vuelve, su antiguo esplendor.
(*) Uki Goñi, La auténtica Odessa: fuga nazi a la Argentina (edición de 2015) pág. 292.
Deja tu comentario


