Sabiduría popular
Luis Eliseo Altamira

Albert Einstein no pronunció palabra hasta los cuatro años, la noche en que, cenando con sus padres, les dijo: "La sopa está caliente". Estos, asombrados, le preguntaron por qué no había hablado hasta entonces. "Porque hasta ahora todo estaba bien", respondió Albert.
Einstein se convirtió en una superestrella científica en 1919, cuando comprobó la teoría (suya) que afirma que la luz se curva al viajar por el espacio (fue durante un eclipse total de sol, que aprovechó para colocar cámaras y telescopios en diversos lugares de la tierra, de manera de registrar la luz de las estrellas). A partir de entonces, empezó a recibir invitaciones de diversas universidades europeas, a las que acudía invariablemente en un automóvil conducido por un chofer.
Parece ser que, cierto día, Einstein se quejó ante éste de lo monótono que le resultaba decir lo mismo una y otra vez. "¿Quiere que lo reemplace esta noche? - le propuso el chofer -. Lo he escuchado tantas veces, que podría repetir lo que usted dice palabra por palabra". Einstein aceptó la proposición y antes de llegar a la universidad de turno, intercambió la ropa y se sentó al volante del automóvil. Los académicos que lo aguardaban desconocían su rostro, por lo que nadie se percató del engaño. El hombre dio la conferencia y, al finalizar, un destacado profesor le hizo una pregunta. El chofer no tenía ni idea de cómo responderla, pero tuvo un rapto de inspiración y entonces dijo: "Me extraña, profesor, la pregunta que usted me hace. Es tan sencilla que dejaré que mi chofer, que se encuentra sentado al fondo de la sala, se la responda".

El escritor guatemalteco Augusto Monterroso asevera que entre los concurrentes se encontraba una jirafa que, salida de la selva, había llegado hasta allí, perdida. Después de escuchar al científico, el animal habría continuado caminando hasta un desfiladero en el que un enorme cañón disparó una bala que pasó unos veinte centímetros arriba de su cabeza, lo que llevó a la jirafa a la siguiente reflexión: "Qué bueno que no soy tan alta, pues si mi cuello midiera treinta centímetros más esa bala me hubiera volado la cabeza; o bien, qué bueno que esta parte del desfiladero en que está el cañón no es tan baja, pues si midiera treinta centímetros menos la bala también me hubiera volado la cabeza. Ahora comprendo que todo es relativo".
Y ya que hemos nombrado a Monterroso - en realidad, hondureño nacionalizado guatemalteco y mexicano por adopción -, nos parece oportuno recordar (¿otra vez?) que es el autor del cuento más breve de la literatura, El dinosaurio ("Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí"), y de Obras completas y otros cuentos, su primer libro. De impecables lenguaje y mordacidad con los valores morales, afirma en su Monólogo del mal que un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y estuvo a punto de tragárselo para acabar de una buena vez con aquella disputa ridícula; pero al verlo tan chico el Mal pensó: "Esto no puede ser más que una emboscada; pues si yo ahora me trago al Bien, que se ve tan débil, la gente va a pensar que hice mal, y yo me encogeré tanto de vergüenza que el Bien no desperdiciará la oportunidad y me tragará a mí, con la diferencia de que entonces la gente pensará que él si hizo bien, pues es difícil sacarla de sus moldes mentales consistentes en que lo que hace el Mal está mal y lo que hace el Bien está bien". "Y así el Bien se salvó una vez más", concluye.
Tito, como lo llamaban sus amigos, dejó definitivamente la escuela a los once años (lo que no le impidió ser cónsul de Guatemala en México y Bolivia, profesor de literatura en la facultad de filosofía y letras de la Universidad Autónoma de México, director de su Dirección Nacional de Publicaciones, premio Príncipe de Asturias de las Letras versión 2000 y amigo personal de Juan Rulfo).
Deja tu comentario


