Sarlanga, el ser imaginario
La diagramación y los textos
Luis Rodeiro

En muchos casos los textos, ya sean literarios, periodísticos, valen por sí, cuando están bien escritos. Pero todo texto, aún los bien escritos, que encuentran su diagramador artístico, se agrandan, se embellecen, se tornan un placer que estalla en el lector y provoca una sonrisa de satisfacción.
A veces el trajinar diario, te depara sorpresas y concatena situaciones. El 25 de noviembre del 2025 me encaminaba hacia la Biblioteca Córdoba, donde se presentaba la reimpresión del libro del querido Sergio Schmucler, Detrás del Vidrio, su novela sobre el exilio, como un nuevo homenaje póstumo. Como suele ser mi costumbre, cada vez que puedo, hago una estación previa en la librería de mi amigo el Corcho Godlberg, que me recibe como siempre regañándome por mis espaciadas visitas, no porque me falten ganas, sino por los 82 años que calzo (este año se agregó uno). Conversamos un largo rato y anuncié la partida. Entonces se agachó hasta el último estante de su biblioteca de exhibición, tomó una revista y me la regala. Me causa sorpresa porque se trata de una publicación editada el 27 de octubre de 2016, por la Unión Obrera Gráfica, que recuerda al Diario Córdoba, en el contexto del periodismo en los años de plomo. Las fotos de las tapas muestran el local del diario y rescata su lema, aquella frase de Almafuerte que dice: "Aquí estoy para decir lo que nadie podrá nunca olvidar ni desmentir". Puedo adivinar sin esfuerzo que detrás de esa idea y de ese homenaje, está la querida Hilda Bustos, líder del gremio, luchadora permanente por los derechos de los trabajadores, con la fuerza y la pasión de Raimundo Ongaro, el Negro Atilio, el gringo Tosco, aquel Elpidio, el René Salamanca y tantos otros. Han pasado sólo unos pocos minutos y mi vida se llena de memoria.
Esa noche, me llevé la vieja revista para leer en la cama y quedé prendido de la primera nota, cuyo título dice Sarlanga & Salzano. Y ya no puedo conciliar el sueño. Dice Salzano, "a Sarlanga lo sujetas por los tobillos, lo ponés cabeza abajo, le das un golpe en el trasero y, como mínimo, cae una docena de historias diferentes".
Confirmado. Lo conocí en nuestro paso común por el Diario Córdoba, en una nueva etapa de su larga historia. Nos sentábamos frente a frente, diagramando nuestros suplementos de Política y Cultura. Fue allí, que descubrí que Sarlanga era un ser imaginario. Fue allí donde aprendí el valor de la diagramación, su relación amorosa con el texto, el valor de los espacios, las formas osadas de presentación. Se me reveló que era él, quién estaba detrás de los textos de la inolvidable revista Crisis, que revolucionó la diagramación de una revista cultural, donde Sarlanga departía con Vogelius, con Galeano, con Zito Lima, con Gelman y tantos otros consagrados, diseñando sus textos. Con él, en mi caso, se trataba de un trabajo común, porque generalmente yo llevaba material para ilustrar, que él solía aceptar con alegría para convertirlos en la base de su creación y allí ponía su imaginación desbordante al servicio del texto.
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Me intrigaba el Sarlanga, que ostentaba como nombre, apellido y apodo. Me enteré después que se llamaba William Hermes Ruccio y que su apodo estaba directamente relacionado con Jaime "Piraña" Sarlanga, centro delantero de Boca Junior y de la Selección, famoso por su habilidad y elegancia, según sus biógrafos. Ese nombre le caía bien y perduró. Comenzó su tarea creativa en el Diario Clarín, a los 17 años. Una larga historia, donde sus biógrafos destacan precisamente lo que aprendí de él, su estilo innovador, iconoclasta, desbordante. Salzano lo pinta de cuerpo entero cuando escribe en la revista regalada: "con una sonrisa de ciruja que no acaba de fiarse de nada ni de nadie y con una camisa de artista que le asoma por la barriga del pantalón como la crema de un merengue; cada vez que lo encontrás por ahí callejeando, le das un gran abrazo, porque no sólo se trata de un mago del afecto sino porque, con un lápiz de carpintero detrás de la oreja, es capaz de trazar, allí mismo, el plano de una nueva publicación".
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Lo encontré una mañana al mediodía caminando por la peatonal. Nos abrazamos y me dijo: por fin te encuentro. Estoy trabajando en un desafío. Quiero hacer un libro con textos y dibujos sobre mi vida y necesito urgente un texto tuyo. Se lo prometí. Comenzaba así: "Por única vez me pasó que un pez, muy especial, me pidió que lo pescara. Un pez diagramador, artista exquisito, que respondía simplemente al nombre de Sarlanga, sin saber yo si era su nombre, su apellido, su alias. Ese Sarlanga, a secas, que había engalanado revistas, diarios, portadas. Que era amigo de grandes protagonistas del pensamiento, incluso de dirigentes políticos y sociales. Cuentan testigos que una vez que el diario La Voz del Interior (de otros tiempos), donde entonces trabajaba Sarlanga, había sufrido un atentado con explosivos de los "odiadores" de siempre, el matutino, entonces todavía muy digno, había invitado para el acto de desagravio al Presidente Alfonsín.
Una fila de periodistas y de trabajadores del periódico se había dispuestos en la entrada, dejando un estrecho pasillo para que pasara el invitado especial. Alfonsín y su comitiva habían comenzado el recorrido y de repente el Presidente se detiene. Se corre hacia un costado y dice en voz alta ¡Sarlanga! y lo estrecha en un fuerte abrazo. Así me lo contaron.
Sí, el querido Viejo Sarlanga, el gran pez diagramador, me pidió que lo pescara. Sarlanga diagramaba los suplementos especiales, el de Política y de Cultura, que yo dirigía. Compartíamos, durante un buen tiempo, ese acto de creación que tenía el diseño del Sarli. Andaba con el proyecto de ese libro con opiniones, pensamientos, textos, que contaran parte de su historia y a los que ilustraba con mucha pasión. Alcancé a ver parte pequeña de esa aventura hermosa, que era un refinado delirio y que quedó inconclusa e ignoro dónde quedó esa suerte de esbozo. Le escribí mi texto. Sé que le gustó y por un tiempo lo fue mostrando a otros convocados. Esa pesca, tan especial, tenía como título: Sarlanga, un ser imaginario.
Decía así: "Si Jorge Luis Borges hubiese tenido la oportunidad de compartir con Sarlanga una Redacción, no dudo que lo habría incluido en su catálogo de seres imaginarios. Pero intuyéndolo, Borges confesó que un libro de esa índole es necesariamente incompleto. Yo que lo conocí y compartí con él la edición de unas cuantas páginas, en distintas Redacciones, puedo asegurar que es un ser entrañablemente imaginario. Claro, cuando después de muchas vueltas y acomodos, se sienta con el texto en la mesa y entra en el trance de la creación; lo he visto, por ejemplo, asirse de la cola, de muchos metros de largo, del animal soñado por Kafka; lo he visto montado sobre Sleipnir, el caballo del dios Odín, que tiene ocho patas y que anda en la tierra, por el aire y por los infiernos. El ser imaginario Sarlanga luce larga cabellera, que los años la van pintando de blanco; su ropa se la prestan los ángeles de Swedenborg, que resplandecen según la inteligencia y el arte que diseña. En el momento cumbre de su creación, no sé por qué raro artificio asume la forma de una vieja lapicera de plumín, que dibuja, proyecta imágenes y escribe con trazos perfectos y de colores. Puede pasar que en esa calentura artística, con una mueca y una sonrisa inconfundible, te muestre el proyecto terminado, innegablemente bello y te pregunte ¿no soy el mejor? Y remate con la noticia que, en verdad, le sobra la mitad del texto. Y no hay nada que hacer, porque es el momento en que se convierte en Mantícora, gigantesco león rojo, de rostro humano, con tres filas de dientes que te dice con palabras de Flaubert: los tornasoles de mi pelaje escarlata se mezclan a la reverberación de las grandes arenas. Soplo por mis narices el espanto de las soledades. Escupo la peste. Derroto los ejércitos, cuando éstos se aventuran en el desierto. Y entonces, no tenés más remedio que otorgarle una página más, para que el texto pueda ser leído completo. Pero con un diseño inmensamente bello. Por eso sostengo que Sarlanga no existe a pesar de su forma humana. Es un ser imaginario, que merecería estar en el libro de Borges. La única duda que me queda, y que le da condición humana, son los tallarines que amasa y que te los sirve con una salsa poblada de albóndigas mágicas. Aguante, Sarlanga, que usted es el mejor". O cuando veía una piba hermosa le gritaba: "Vení, vení, que te hago un retrato". Me hubiere gustado ver esta ofrenda en aquella historia ilustrada que soñó. Falleció el 27 de septiembre de 2015. Y no pudo ser.
Fotos: página de Facebook "Maestros del Periodismo"
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