Simplemente, El Libro

10.01.2026

Luis Rodeiro


Portada de una de las ediciones de: El infinito en un junco (Ilustración: Tyto Alba)
Portada de una de las ediciones de: El infinito en un junco (Ilustración: Tyto Alba)

i.

El libro es una maravilla. Te lleva por senderos insospechados hacia algo que te deslumbra o se convierte en un mar sereno y te propone navegar por lo desconocido, por parajes escondidos que no sospechabas que existieran, que cuando niño te ponía frente a frente a prodigios como la lámpara de Aladino, que te dejaba acariciar el lomo de Platero, entrar en el país de Alicia o te permitía sentarte al lado del Viejo Marinero que te introducía como compañero de aventuras de sus andanzas marítimas, con olas gigantes que daban miedo o en la serenidad de las aguas que te dejaban gozar del cielo con millones de estrellas que brillaban en la noche oscura.

A veces se nos aparecía el libro, vestido con un guardapolvo blanco, con barba tupida haciendo juego y calzando anteojos grandes y te enseñaba la larga historia del ser humano sobre la tierra, sus sueños, sus luchas, sus guerras, sus odios, sus amores, sus desprecios, sus dolores, sus penas, sus alegrías. Te mostraba como esos hombres, esas mujeres primitivas, eran capaces de inventar el fuego, construir una casa que te cobija, alimentarse con lo que la tierra te ofrecía, enfrentar al león y criar animales para mitigar el hambre y otros por la simple razón de acariciar su pelaje. Todo el hombre, todo lo humano, en un libro al que inventaba también inventaba, desde el vamos, para guardar nada menos que la memoria.

Es por eso que acudíamos a él y acudimos ayer cuando éramos jóvenes y ahora ya viejos, para tener la satisfacción de crecer, de soñar, de reír o de llorar. Adoptar o rechazar las ideas que contiene. Hacerlas nuestras, enriquecerlas o ajenas, despreciarlas, combatirlas., pero respetándolas si son auténticas. Los libros, infinitas cajas de sorpresas. Ahora que se comienza hablar de Inteligencia Artificial, con todas las expectativas y todas sus dudas, con su enorme capacidad de reunir datos, ella dice que "los grandes pensadores y escritores ven el libro como una gran puerta a otras realidades, una fuente de conocimiento y un compañero". Y citan a figuras inmensas como Jorge Luis Borges que lo define como objeto destinado a encontrar a su lector en un corto o largo camino, mientras que Franz Kafka lo considera un hacha para romper el mar helado del pensamiento o George Martin, que lo compara con una piedra de afilar, pero para la mente. Para otros, también sabios, el libro es una forma de vivir múltiples vidas a través de la lectura. No dice tontería el texto confiado a la Inteligencia Artificial. Me gusta la figura del compañero, aunque no hay duda, como en la vida hay buenos y malos compañeros. Y tampoco olvidar que hay quienes odian los libros, que son muchos, pero los pocos, generalmente tienen armas, calzan botas y usan el fuego para quemarlos y perseguir a los que cometen el delito de escribirlo o de leerlos, y además guardarlos.

Pero no hay nada más alucinante para conocer, gozar y aprender que sentarse en un viejo sillón y seguir página a página el libro de los libros, que Irene Vallejo tituló El infinito en un junco(1). Mi propósito es contarles algunos pasajes imperdibles, pero para impulsar a leerlos del principio al fin. Ella se propuso relatar "la invención de los libros en el mundo antiguo", que abre un camino sin fin. Y que, como apunta Alberto Manguel, en la contratapa, "Vallejo ha decidido sabiamente liberarse del estilo académico y ha optado por la voz del cuentista".

Irene para comenzar su aventura acude a pensadores, para que la ayuden a empujar su búsqueda y tomar conciencia de su desafío: "parecen dibujos, pero dentro de las letras están las voces. Cada página es una caja infinita de voces", le dice Mia Couto, la de Trilogía en Mozambique y ella anota. "Leer es siempre un traslado, un viaje, un irse para encontrarse", le dice Antonio Basanta el de Leer contra la nada y ella anota.

Pero Irene Vallejo no pierde un segundo para deslumbrarte. "Misteriosos grupos de hombre a caballo recorren los caminos de Grecia. Los campesinos los observan con desconfianza desde sus tierras o de las puertas de sus cabañas. La experiencia les ha enseñado que solo viaja la gente peligrosa: soldados, mercenarios y traficantes de esclavos. No le gustan forasteros armados… Los jinetes cabalgan sin fijarse en los aldeanos. Durante meses han escalado montañas, han franqueado desfiladeros… Para cumplir su tarea deben aventurarse por los violentos territorios de un mundo en guerra constante. Son cazadores en busca de presas de un tipo muy especial. Presas silenciosas, astutas, que no dejan ni huella…".

Irene se pregunta desde la distancia del tiempo, lo que los campesinos deseaban saber. ¿Qué buscan con tanto anhelo? Han sido, eso sí, bien pagados por esa misión. ¿Qué misión? Libros, buscan libros, casi grita Irene y nos trasmite la sorpresa. "Era el secreto mejor guardado de la corte egipcia. El Señor de la Dos Tierras, uno de los hombres más poderosos del momento, daría la vida (y bien aclara Irene: la de otros, claro, siempre es así con los reyes) por conseguir todos los libros del mundo para su gran Biblioteca de Alejandría. Perseguía el sueño de una biblioteca absoluta y perfecta, la colección donde reuniría todas las obras de todos los autores desde el principio de los siglos". Vaya sueño. Algunos que no somos reyes y no creemos en la realeza, los hemos tenido, pero eran sólo sueños de dormir. Al despertar, nuestra Alejandría era apenas solo dos o tres bibliotecas, a veces tablas sostenidas con ladrillos, pegadas a las paredes. Con libros apilados y desordenados, que uno tardaba en encontrar.

Así comienza Irene su libro. Ese prólogo, que anuncia su gran libro. Vargas Llosa no titubeó en calificarla como una obra maestra. Luis Alberto de Cuenca afirma que Irene riza el rizo de la comunicación, hasta convertir su diálogo con el lector, en una fiesta literaria. Y esa pasión despierta, la hace identificarse con esos enigmáticos cazadores, hombres de toda laya, por la paciencia puesta en la búsqueda, su estoicismo, sus tiempos perdidos y la adrenalina de búsqueda, como bien señala. "Los documentos atestiguan que Alejandría existió de verdad en la mente megalómana de los reyes de Egipto. Tal vez en el siglo III a. C, fue la única vez que se pudo hacer realidad el sueño de juntar los libros del mundo en una biblioteca universal. Hoy nos parece la trama de un fascinante cuento abstracto de Borges –o quizá, su gran fantasía erótica".

ii.

Mi muy pequeña Alejandría, de los años juveniles –vividos intensamente en la década de los '50- comenzaba a ser realidad. Entonces no conocía la historia de la gran Alejandría. Pero vivía la pasión y la urgencia de saber, de conocer especialmente, los desafíos del Tiempo, que me había tocado vivir. Mi padre tenía su respetable Alejandría, con libros de medicina, de filosofía y literatura, que no eran el alimento de mi generación. Yo quería comer glotonamente textos de historia argentina, ese largo proceso que desembocaba en el peronismo. Me llamaban los libros críticos hacia adentro, tanto del cristianismo como del socialismo, como del peronismo, que estaban en un debate interno, que nos apasionaba y sustentaban nuestras opciones políticas y militantes. La historia nacional, a través José María Rosa, una colección que nos obligaba a juntar moneda tras moneda, para hacerlos nuestros; Rodolfo Puiggrós, Arturo Jauretche y enloquecimos, políticamente, con el descubrimiento de la pluma de John William Cooke. La lista es bastante larga. No faltaba algo de Marx, de Lenin, de Giap, de Mao, del Che y literariamente sobresalía Julio Cortázar. Un día, con un pedido de captura por mis actividades políticas, debí abandonar mi casa. Mis libros en bolsa negra fueron enterrados –según me cuentan- en el patio de mi casa y otros, también embolsados, a través de mi hermano, que pidió el apoyo de sus colegas del estudio de Arquitectura y con el lógico temor, fueron enterrados en otro paraje. Libros capaces por sí de hacer revoluciones. Después de cárceles varias y de exilio, recuperé algunos, sólo algunos, y los acaricié largo rato.

Irene habla de la "fragilidad" de los libros. Y deja un pensamiento para recordar: "mientras lees estás líneas, una biblioteca arde en algún lugar del mundo". Puede ser una editorial que destruye ahora mismo sus fondos no vendidos para volver a fabricar pulpa de papel, nos explica. O bien, cerca de cada uno, una inundación sumerge en el agua alguna valiosa colección o varias personas se deshacen de una biblioteca heredada en un contenedor cercano. Y están los ejércitos de insectos, relata Irene, que están abriendo túneles en los libros para depositar sus larvas. Pero lo que me ocupa ahora en este preciso momento, que Irene aporta, "es que alguien está condenando una purga de obras molestas para el poder: un saqueo destructivo, escribe, sucede ahora mismo en un territorio inestable. "Alguien condena una obra por inmoral o blasfema y la lanza a una hoguera. Hay una larga historia de horror y fascinación que relaciona el fuego y los libros. Y cita a Galeno cuando afirma que los incendios, junto con los terremotos, son las causas más frecuentes de su destrucción. Y ciertamente hay llamas accidentales, pero hay llamas intencionadas. "Quemar libros es un empeño absurdo que se repite con terquedad a lo largo de los siglos. La cortada es asentar los cimientos de un nuevo orden sobre las cenizas del anterior o regenerar un mundo que los escritores han contaminado".

Y es asunto, me veo obligado a copiar textualmente un largo párrafo de Irene y su marcha hacia el corazón del libro: "…la barbarie nazi ejecutaba su operación Bücherverbrennung (quema de libros) en las plazas públicas de decenas de ciudades alemanas. Miles de libros eran trasladados en camiones y apilados para su destrucción. Se formaban cadenas humanas para llevarlos de mano en mano hasta la hoguera. Los investigadores calculan que durante el bibliocausto nazi ardieron las obras de más de 5500 autores a quienes los nuevos líderes consideraban degenerados, un prólogo de los hornos crematorios que llegarían después, como había profetizado Heinrich Heine en 1821 al escribir: Allí donde queman libros, acaban quemando personas".

Irene Vallejo escribe sobre los libros y las ideas en la Alemania nazi. El relato, con ligeras modificaciones podía estar inspirado en Argentina, nuestra patria, durante la feroz dictadura.

iii.

El 29 de abril de 1976, el Comando del III Cuerpo de Ejército, que ostenta el poder en Córdoba, convocó a un gran acto público para asistir a la quema de libros subversivos. Osvaldo Aguirre, escribe en su relato: la hoguera ardió ante la mirada de fotógrafos y camarógrafos, con la presencia de las autoridades militares y civiles, que aplaudían la gesta. Ludmila Da Silva Catela, largos años después Directora del Archivo Provincial de la Memoria de Córdoba, afirma que el hecho "fue una puesta en escena que, como toda violencia, se pretendía ejemplificadora y quería generar una profunda cultura del miedo y de la autocensura".

Recuerda Osvaldo Aguirre que el acto "patriótico" tuvo como escenario el Regimiento 14 de Infantería, camino a La Calera: "El teniente coronel Jorge Gorleri recibió a los periodistas y dijo que los libros, cuidadosamente apilados en el patio, surgieron de allanamientos". Según La Nación fueron quemados miles de ejemplares, desde títulos de literatura en general hasta ensayos y biografías de personajes históricos. El inquieto y reflexivo Principito, de Antoine de Saint – Exupery, ardió en la fogata.

No fue el único episodio de quema de libros en Córdoba, recuerda Aguirre, ya que también se incineraron en el patio de la Escuela Superior Manuel Belgrano. El mismo colegio en que sus autoridades pasaban los nombres de los jóvenes estudiantes, dirigentes del Centro de Estudiantes, que luego desaparecían.

Otra quema, con acto público fue el 2 de abril de 1976 y aconteció en la Universidad Nacional de Río Cuarto. Eran los tiempos del general Luciano Benjamín Menéndez y la aplicación de su programa de exterminio. El 13 de septiembre de 1976, según el relato de Aguirre que hemos seguido, en la biblioteca de la Facultad de Filosofía se retiraron para la quema posterior, libros de Hegel, Feuerbach, Marx, Engels, Lenin, Mao Guevara, Lukács, Garaudy, Marcuse, Freire, entre otros. Del secuestro de libros para alimentar las hogueras, no se salvaron ni las bibliotecas populares.

Como en la Alemania Nazi. Arden libros e Irene los recuerda. En el 221 a.C., otro ejemplo, el emperador chino Shi Huandi ordenó que se quemasen todos los libros de su reino, seguramente para no equivocarse. La historia debía comenzar con él. "Los esbirros del emperador fueron puerta a puerta, apoderándose de los libros y haciéndolos arder en una pira. Más de cuatrocientos letrados reacios fueron enterrados vivos".

Irene no olvida nada en su historia: Fahrenheit 451 -escribe- es la temperatura a la que arden los libros y el título que Ray Bradbury eligió para su libro. "La historia de una época sombría en un país en el que está prohibido leer. Los bomberos ya no se ocupan de apagar incendios, sino de quemar libros que algunos ciudadanos rebeldes esconden en sus casas".

iv.

Al final de su libro, Irene rinde un homenaje. Escribe: "De alguna forma misteriosa y espontánea, el amor por los libros forjó una cadena invisible de gente que, sin conocerse, ha salvado el tesoro de los libros." Este hecho seguramente no llegó a ella, pero habla precisamente de esa forma misteriosa y de ese amor por los libros. Entre diciembre de 1975 y marzo de 1976, durante la dictadura militar, civil y eclesiástica que hizo su erupción violenta y sangrienta en nuestro país, Liliana Vanella y Dardo Alsogaray, militantes de izquierda, ante la dramática realidad, antes de partir para el exilio deciden esconder su tesoro –los libros que constituían su "Biblioteca de Alejandría"- en un viejo pozo de cal en el patio de su casa, en Córdoba. Fue un duro desprendimiento, que recordaban a menudo en su estadía en el exilio. Su hijo vivió ese clima, allá en México. Él partió en agosto y en diciembre se le unieron Liliana y el hijo de ambos, Tomás. Ocho años después, recuperada la democracia, retornaron a su país y a su Córdoba siempre soñada. Y, con todos los sueños, comenzaron a cavar en el patio de su antigua casa en búsqueda de ese pozo de cal, donde había quedado su tesoro. Después de varios intentos fallidos, según el relato periodístico, Dardo encontró una bolsa. Dentro, para su tristeza, había un libro desecho por la humedad. Dieron definitivamente como perdida, aquella biblioteca soñada.

Pero la historia no termina allí. Treinta años después, aquel hijo que había hecho propia la historia de la biblioteca perdida de sus padres, junto a Gabriela Halac, a quienes se sumó Agustín Berti, lo convierten en un proyecto, que se llamó Plataforma Futuro. "Eran libros desenterrados, pero era como estar ante cuerpos", dice Gabriela. La historia quedó registrada en el libro La Biblioteca Roja.

v.

De esa cadena invisible, en mi estadía en la cárcel de Rawson como preso político, los compañeros, a través de los familiares que podían visitarnos, nos enviaban los libros prohibidos por la dictadura, después de un minucioso trabajo artesanal que reemplazaban sus tapas por otros libros de apariencia inocente. El lobo disfrazado de caperucita roja.

Irene Vallejo dice en la página 84: "Las tres destrucciones de la Biblioteca de Alejandría pueden parecer confortablemente antiguas, pero por desgracia la inquina contra los libros es una tradición firmemente arraigada en nuestra historia. La devastación nunca deja de ser tendencia. Como decía una viñeta de El Roto: las civilizaciones envejecen, las barbaries se renuevan".



(1)  Irene Vallejo nació en Zaragoza, en 1979. El libro fue publicado por Siruela Grupal, en su colección de ensayos. Su primera edición data de 2020 y llegó a mis manos como un regalo de mi cumpleaños 80, por...




Luis Rodeiro
Periodista y "escribón"



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