Sobre Carudium, de Carina Sedevich

10.08.2026

Un idioma capaz de velarse a sí mismo

Agustín Busnadiego


La poesía abre la boca y la lengua vela por negrura

Un carozo. Morder un carozo. Abrir la boca para tragar, para estirar, para sostener el espacio necesario, la abrasiva e imperante sensación de que algo, todavía, no ha sido dicho: el silencio del carozo. La constancia de ese tiempo entre el tiempo: carozo. Una película que borda los límites, que vuelve liminar lo yermo: coraza. La lengua llega del otro lado de la boca: alcanza todo aquello que no tocan las manos. Carudium mastica, indigesta, muerde y traga. Se despliegan los ingredientes: árbol, viento, resina, semilla y brea. Sustancia negra, viscosa, pegajosa. En una noche de boca cerrada, ese negro inalcanzable de lo que no ha sido aún comido. La poesía abre la boca y la lengua vela por esa negrura.

Abrir a un fulgor el instante que irrumpe irrepetible. Estar predispuesto a bañarse en "lava del ahora". Sedevich habla con las palabras del centro corrido. Lo que crece adentro sólo una autopsia lo podría juzgar desviado. Hay que hurgar, pelar, destripar. Nos desafía: "serán ustedes los que digan con la boca de la hoja". Cabalga a un ritmo por momentos infatigable, con la boca abierta, como si existiera un solo nombre, como si el error fuera por la vigilia. Una lengua abierta que implora que crezcan los árboles y que los caballos corran, que sean ellos y no el yo del poema, no el yo que se abre a sí mismo. Una lengua que ve la torcedura del analema (que es, en sí misma, una torcedura del mundo ante el ojo obsesivo, pues lo que se mueve también marca una trayectoria fija, que imita al infinito cotidiano). Oponer a esa repetición sin infierno el único día que tenemos (que es, al revés del analema, una fijación que tiene siempre movimiento, que se mueve en la náusea de lo irrepetible). Abrir la boca para que entre todo, para que entren todos.

                      Había palabras. Hace mucho nadie las espera. Ahora llevo la mano al/ descarozador. Llevo la mente al des/carozador. Había palabras numinosas: están mojadas, resbalan y se atoran y/ se vuelven blandas, residuos que podrían dar alguna cosa. El desnudado descarozador gira garganta abajo. ¿Ves? Y le temías al silencio. Nunca pensaste/ de verdad/ en el carozo.

Carudium nos lee: "Nunca pensaste/ de verdad/ en el carozo". Descorazar. Des-carozar. Abrir las manos que abren el carozo. Ser una "bruta ternura", porque los poemas no gritan. Porque el centro no tiene oídos, porque el silencio, a veces, comunica suficiente. Es más incisivo y, en su actividad sin retorno, también es más preciso. Gracias a él aparecen otras formas de cuerpo: estar es "Darse/ de cara con lo otro y ser lo otro". Caer como pájaro. El tiempo de la brea: el tiempo del poema, que espera para escucharse hoy y ha sido escrito ayer. Ya no es ceniza, es casi brea.

Temer a las superficies cotidianas, a los gestos repetidos; a todo aquello repleto de la sangre propia. Carudium nos interpela y dice, en una voz quieta e incisiva: existe "la gracia del silencio". Una gracia que toca todo lo que rodea, abriga, pero también acusa. Un "enorme silencio mamífero". La contrapartida de ese silencio es también una cierta gracia de bautismo: "Hay nombres como ofrendas".

                    Enorme silencio mamífero, eras también el/ amor. Sus despaciosas/ piedades y culpas.

Este libro se lee y se escucha. Suena la brea, rea e inocente. "El sentido de la brea es, a lo mejor, la cura". Brea como pharmakon. Se escucha y se crea en su lectura. Este libro no teme la insistencia.

"El cuerpo se duele de palabras". Las palabras no pueden llegar, esperar, ni tocar el lugar a donde sólo llega el agua. Llegar a la espera: a eso aspiran los poemas y es eso lo que logran.

Ser de la fruta el hueso, su centro. Ser aquello que muere en lo que vive.

Carudium vive en un idioma que recuerda, un idioma "donde lo que va a ser ya ha sido". Un idioma capaz de velarse a sí mismo. 

Un mecanismo brutal que hace indistinguible el daño de lo dañado

No hay cuchillos afilados en el hogar. Las cosas gastadas se abren paso, como una brújula que marca el tiempo. El corte de verso actúa como un poema en sí mismo, así como el carozo es la fruta y el árbol que la gesta. La parte, el trozo, y las cosas son, a su vez, todo aquello que permite imaginarlas.

Sedevich dice que "hay un horror que se gasta y no se acaba". El tiempo de lo que madura y no es comido: el horror. Pregunta por la incertidumbre abierta y total de ser madre. ¿Este pavor es el que siente una madre cuando nace su hija? "Te devuelvo, como si fuera un ánfora, que fuiste llenando y se volcó".

El tiempo de ser hijo, de ser carozo, el tiempo de ser madre o ser el hijo que hace de madre; el carozo que crece y sostiene el árbol que lo creó. Nutriente, brea, de aquello que fue proveedor. Nacer es desarmar el hueso, ir hasta el centro y trastocarlo.

El poema no quiere la perfección, prefiere el fondo borroso, fuera de foco, que ante la nitidez se revela y marca un camino para que se abra (el poema, la boca, el mundo, la palabra). "Un trabajo perfecto es impostado". Hay algo en lo roto, en la heladera que no funciona. "Goza de un misterio que resulta eficaz, como todas las cosas que duran demasiado". Un mecanismo redondo y brutal que hace indistinguible el daño de lo dañado. Por eso lo imperfecto es más real, misteriosamente más real. "Lo único infinito que conozco, lo que no acaba jamás/ es lo que falla".

                     Hay quien dice que el amor es infinito, que el alma no muere. Lo único infinito que conozco, lo que no acaba jamás/ es lo que falla. Detecto sombras nuevas, detecto/ un nuevo parpadeo. Escucho un click. Siempre escucho un click.

La música es una máquina de detectar fallos. De denunciar aquello que no funciona: el destiempo, el ritmo ingobernable. Lo que sobra en aquello que incluso parecía mudo, la música lo desnuda.

El viento es entonces una música que falla.

La culpa no es de nadie y, sin embargo, o justamente por ello, se devuelve la falla. Uno se acerca con el mismo pavor con el que la madre primeriza mira una cuna. Cierta insistencia gris, sin cuchillos, porque en esta casa no hay, pero con el silbido que recuerda esa trampa de cuchillo afilado.

Una oscuridad, efecto mudo, silenciado, o silenciador, que igual llega en sonido, en forma de música sin músicos. No discurso, sino el carozo. No lo que abraza y sostiene, sino el pavor. Devolver con las manos llenas de basura rota, imperfecta, lo único infinito en el humano: su error. Carudium nos devuelve en voz baja a nuestro sitio, con la firme sospecha de ser misteriosamente imperfectos.


Sobre la autora

Carina Sedevich (foto: Carolina Ramirez)
Carina Sedevich (foto: Carolina Ramirez)

Carina Sedevich nació en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina, en 1972. Su obra poética ha sido publicada en diversos países de Europa, Asia, Norteamérica y Latinoamérica, así como traducida al inglés, al chino, al portugués, al italiano, al polaco y al catalán. Entre otras distinciones, recibió el Premio de Poesía José Pedroni 2022 (Ministerio de Cultura de Santa Fe, Argentina) por su libro Un pez en un cauce que mengua. Entre sus obras destacan Rosados cuerpos de pinos (Chile, 2021), Un cardo ruso (Argentina|Brasil, 2016), Klimt (Argentina|España, 2015), Incombustible (Argentina|España, 2013). Se graduó en Ciencias de la Comunicación y se especializó en Semiótica. Traduce poesía y escribe también narrativa breve. Dirige Revista Ardea, publicación de arte, ciencia y cultura de la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba, Argentina.


Libros publicados
Carudium (Cartografías, Córdoba | La Yunta, Buenos Aires, 2026)
Radio infinito y gris del amarillo (Vuelo de Quimera, La Plata, 2025)
El dios de los vacíos (Alción, Córdoba, 2024)
Junto al agua que el sol constela, blando (Palabrava, Santa Fe, 2024)
Un pez en un cauce que mengua (Ministerio de Cultura de Santa Fe, 2023)
Krishnamurti (El Vendedor de Tierra, Buenos Aires, 2022)
Rosados cuerpos de pinos (Aparte, Arica, Chile, 2021)
Cuando la muerte sorprendió a Fassbinder (Tanta Ceniza, Neuquén, 2020)
Grandes metales oscilantes crujen (De l´aire, Santa Fe, 2019)
Lejanas bengalas estallan (Del Dock, Buenos Aires, 2018)
Lavar a la madre (Buena Vista, Córdoba, 2017)
Cuadernos de Lolog (Postales Japonesas, Córdoba, 2017)
Los budas y otros poemas (Eduvim, Córdoba, 2017)
Un cardo ruso (Alción, Córdoba, 2016 | Moinhos, Belo Horizonte, Brasil, 2019)
Flor cineraria (De Todos Los Mares, Córdoba, 2016)
Gibraltar (Dínamo, Córdoba, 2015)
Klimt (Club Hem, Buenos Aires | Suburbia, Gijón, España, 2015)
Escribió Dickinson (Alción, Córdoba, 2014)
Incombustible (Alción, Córdoba, 2013 | Karakartón, Mallorca, España, 2013)
Como segando un cariño oscuro (Llanto de Mudo, Córdoba, 2012)
Cosas dentro de otra cosa (Lítote, Santa Fe, 2000)
Nosotros No (Lítote, Santa Fe, 2000)
La violencia de los nombres (Lítote, Santa Fe, 1998)




Agustín Busnadiego

Nació en Río Negro en 1992. Estudió Filosofía en Córdoba e integra, actualmente, dos grupos de investigación, dedicados a la teoría crítica alemana y a la imagen.

Publicó los libros de poemas Una piedra arrojada en lo irreversible (2021) y La memoria es un objeto que sostiene (2025), ambos por Triángulo Editorial, Córdoba. Es autor del libro de ensayos Rescatar las imágenes. Iconoclasia para un mundo hipervisual (Lote 11, Córdoba, 2026).



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