Theroux, Chatwin y Naipaul
Viajes al corazón de las tinieblas
Javier Marín

A mediados de los años setenta, América Latina atravesaba un período de extrema inestabilidad política y económica, marcado por dictaduras militares, terrorismo de Estado y la acción de organizaciones armadas. En ese contexto, la Argentina se convirtió en un escenario particularmente peligroso, opaco y contradictorio, difícil de interpretar incluso para sus propios habitantes. Tres escritores viajeros y de habla inglesa —Paul Theroux, Bruce Chatwin y V. S. Naipaul— recorrieron el país en esos años y dejaron testimonios que combinan asombro, incomprensión, prejuicios y, en no pocas ocasiones, una notable capacidad de observación e intuición. Sus relatos ofrecen una lectura distinta, desafiante e incómoda sobre la Argentina de entonces, pero también revelan los límites, las distorsiones y simplificaciones de esas miradas frente a una realidad que se resiste a ser traducida al relato hegemónico de la "anglosfera".
Paul Theroux, que se hizo muy conocido por la novela La Costa de los Mosquitos (adaptada al cine con acierto por el director Peter Weir), un día de 1977 tomó la alocada decisión de partir de la estación de ferrocarriles de Boston, donde residía, y viajar en tren hasta el extremo sur del continente americano. La aventura de Theroux quedó reflejada en su libro El viejo expreso de la Patagonia. Allí narra, en una apasionante sucesión de países, estaciones ferroviarias, paisajes y climas, el lento y accidentado descenso hacia la remota Patagonia y el final, en una desolada Esquel, en las vísperas del comienzo del Mundial 78.
Después de varios meses de viaje, Theroux llega a la Argentina procedente de Bolivia. Desde La Quiaca viaja a Tucumán y de allí hasta Buenos Aires. En ese largo trayecto se sorprende de los enormes cambios culturales, étnicos y de costumbres que hay a lo largo del país. Afirma que Jujuy parece ser el límite del antiguo imperio inca, pero una vez adentrado en el noroeste argentino, nota la creciente presencia de descendientes de inmigrantes, que de una u otra forma se jactan de sus ancestros europeos. El cambio etnográfico le permite a Theroux pasar inadvertido, como un pasajero más, sin sentirse permanentemente observado. En el coche comedor lo atiende un mozo con el que tiene un diálogo bastante ilustrativo. Según Theroux, el mozo hablaba español con fuerte acento italiano, "como muchos argentinos". "Soy italiano -dijo-. Aunque lo dijo igual que los estadounidenses dicen que son polacos o armenios: es la pretensión, o la excusa, del inmigrante en un país indefinido".
Theroux toma nota del desdén que tiene el camarero hacia los países vecinos. Y este le explica la supuesta superioridad argentina a partir de dos aspectos: su identidad racial "blanca" y la abundancia de carne vacuna barata y de calidad. Reflexiona el escritor: "La mayoría de los argentinos comía carne dos veces al día, e incluso el empleado más modesto encargaba para almorzar un buen churrasco con papas fritas. Parecía un argumento engañoso de la prosperidad de un país donde la tasa de inflación anual se situaba entre el trescientos y el cuatrocientos por ciento anual. El peso cada día valía menos, y todo menos la carne subía de precio". Theroux se cuida muy bien de criticar el país frente a nuestros compatriotas; en Perú y en Bolivia le habían advertido que los argentinos pueden ser amistosos, pero no admiten críticas y su complejo de superioridad es indisputable. Y quizás lo es todavía.
En Tucumán se topa con un viajero alemán, Wolfgang, que vive de los vaivenes del tipo de cambio, una suerte de arbolito ambulante, que sigue con atención los movimientos del dólar y festeja la constante suba de precios y devaluaciones. Deambula un par de días por la ciudad de Tucumán, a la que encuentra sombría, amenazante, como una ciudad europea anticuada y misteriosa, donde incluso la misma secretaría de Turismo lo invita a irse cuanto antes.
Al pasar por Rosario, Theroux se sorprende de su relativa modernidad y vivacidad industrial; recuerda que allí nació el Che Guevara en 1928 y deja la siguiente reflexión: "No hay forma más rápida de destruir un hombre o ridiculizar sus ideas que ponerlo de moda. Que el Che lograra influir en los diseñadores de ropa forma parte de su tragedia". Un comentario no muy habitual por entonces, y que se volvería un lugar común en las décadas posteriores.

Al llegar a Buenos Aires, Theroux se encuentra con Borges. Es para él, el momento sublime de su viaje. Lo visita una noche en su casa, a oscuras (JLB ya está totalmente ciego y Theroux, por cortesía, evita tocar la cuestión), y charlan de literatura hasta la extenuación. Para Theroux, Borges es "un genio excéntrico, quizá más que un profeta, oculto en las profundidades de un país infernal". Borges le pide a Theroux que le lea algunos poemas clásicos en inglés y al final se despiden con el compromiso de que a la noche siguiente Theroux le leerá en voz alta algunos capítulos de La Narración de Arthur Gordon Pym, única y alucinada novela de Edgar Allan Poe, a la que Borges consideraba admirable. Al otro día las luces del departamento están prendidas. Theroux lee a Poe. Y luego apunta los comentarios de Borges a medida que él lee; esta parte de su crónica resulta conmovedora para cualquier amante de la literatura, y en ese momento desearíamos que el viaje de Theroux termine allí. Pero él quiere seguir rumbo al sur. Borges le advierte que en la Patagonia no hay nada, que es un desierto helado, que no vaya, y que nadie la conoce con ese nombre: "se dice Chubut o Santa Cruz".
Ya cerca de Esquel, abrumado por la monotonía del paisaje, Theroux confiesa: "La paradoja de la Patagonia era la siguiente: para estar ahí, ayudaba ser un miniaturista, o estar interesado en los enormes espacios vacíos. No había zona de estudio intermedia. O la inmensidad del espacio desierto o el espectáculo de una minúscula flor".
Más allá de algunas reflexiones puntuales, a lo largo del libro la mirada de Theroux está dominada por la curiosidad; sus observaciones no son tajantes ni tampoco es afecto a generalizaciones pretenciosas o cínicas. El autor es comprensivo y sensible y no pierde el buen humor. Theroux (cuyo abuelo inicialmente iba a radicarse en nuestro país) quiere a la Argentina.
En la Patagonia
Bruce Chatwin, escritor y nómade inglés, tenía una idea fija: conocer la Patagonia. Su abuela tenía un pedazo de piel de lo que llamaba "un brontosaurio" y no era otra cosa que un perezoso gigante originario de Sudamérica. Se convirtió en una obsesión para Chatwin. En su libro "En la Patagonia", publicado en 1977, narra su viaje en tren al fin del mundo y la visita a la mítica cueva del milodón, donde se encontraron los restos de este animal prehistórico. En su camino hasta ese lugar, Chatwin recorre la Patagonia argentina y chilena y se topa o, mejor, va en busca de personajes, historias y leyendas increíbles, sorprendentes, estrafalarias a punto tal que hasta el día de hoy muchos ponen en duda la veracidad de sus relatos. Lo cierto es que durante seis meses, en 1974, Chatwin investiga los paisajes desolados, la vida silvestre y la historia de los exploradores europeos, los colonos, anarquistas, bandidos que vivieron en la región y el destino trágico de los pueblos originarios.
La forma en que Chatwin describe a Buenos Aires eriza un poco los pelos. Lejos de las previsibles afinidades parisinas, encuentra grandes similitudes con una ciudad rusa: "los autos de la policía secreta erizados de antenas; las mujeres de anchas caderas que lamían helados en parques polvorientos; las mismas estatuas prepotentes, la arquitectura de pastelería, las mismas avenidas no del todo rectas, que daban la ilusión de espacio infinito y no llevaban a ninguna parte. La Rusia zarista, más que la soviética. El jardín de los cerezos es una situación argentina(1). La Rusia de los kulaks codiciosos, los funcionarios corruptos, los comestibles importados y los terratenientes mirando de soslayo a Europa".
No se ahorra tampoco el sarcasmo al describir a las clases acomodadas de Buenos Aires: "Los ricos cerraban sus apartamentos hasta el fin del verano. Desplegaban fundas sobre los muebles dorados para preservarlos del polvo, y en los vestíbulos se apilaban maletas de cuero. Los ricos se refocilarían durante todo el verano en sus haciendas o «estancias». Los muy ricos irían a Punta del Este, en Uruguay, donde corrían menos peligro de ser secuestrados. Algunos ricos, o por lo menos los que aceptaban las reglas del juego, decían que el verano era la estación de veda para los secuestros. Los guerrilleros también alquilaban villas para sus vacaciones, o se iban a Suiza, a esquiar".
Y para sumar una nueva ofensa al "tradicional machismo nacionalista" argentino, Chatwin desliza que los gauchos eran travestis: "Durante un almuerzo nos sentamos bajo el retrato de uno de los gauchos del general Rosas pintado por Raymond Monvoisin, discípulo de Delacroix. Estaba envuelto en un poncho de color rojo sangre, como una odalisca masculina, felina y pasivamente erótica. Nadie mejor que un francés —pensé— para ver lo que se oculta tras la superchería del gaucho".
También se hace eco de la clásica (y sobregirada) acusación anglosajona sobre las simpatías nazis de los argentinos y comenta entre espantado y divertido los grafitis ("Si Evita viviera sería Montonera", "¡Mueran los piratas ingleses!", "El mejor intelectual es el intelectual muerto") que encuentra en las paredes camino a su visita al Museo de Historia Natural de La Plata, al que considera impactante y abrumador.
En su ruta hacia el sur pasa por Bahía Blanca, Puerto Madryn, Gaiman, Trevelín, Comodoro Rivadavia e innumerables poblados más pequeños. Se sorprende y divierte alternando con los galeses y sus descendientes, y acumula un sinfín de anécdotas y encuentros con personajes insólitos, que parecen salidos de la imaginación de un novelista: poetas, exnazis, indios pendencieros, bóers exiliados y otros marginados o emigrados hacia ese no lugar.

Hacia el final de su viaje por la Argentina, antes de pasar a Chile, Chatwin dice que la Patagonia es el lugar ideal para escapar de las guerras y la destrucción, y cita a un anciano emigrante alemán que encuentra por el camino: "Nadie querría arrojar una bomba atómica sobre la Patagonia", afirma el viejo. Y no, nadie se tomaría la molestia. Es una de nuestras modestas vanidades.
Chatwin es un escritor brillante; aunque su intensa imaginación tiende a convertir a la Argentina en lo que a él le gustaría que fuera: un lugar exótico, casi mítico, en el que sus propias obsesiones (el desarraigo y el nomadismo, los fetiches culturales, la violencia política, la ambigüedad sexual) encuentran respuestas a medida de sus ideas y fantasías.
Mi querido enemigo
De los tres autores, el que le dedicó más tiempo y energía a la Argentina es el escritor Vidiadhar Surajprasad Naipaul. De origen indio, nacido en Trinidad y Tobago pero ciudadano y residente británico, ganó el Premio Nobel en 2001.
Naipaul visitó la Argentina cinco veces y vivió en distintos lugares durante varios meses. Sus juicios son, en general, categóricos. Las crónicas y artículos publicados en el New York Review of Books describen a la Argentina como un país semisalvaje, sometido al eterno saqueo de sus propios habitantes y dominado por dos tribus que se exterminan una a otra cíclicamente: peronistas y antiperonistas. El interés de Naipaul se centra, sobre todo, en la violencia política del país, su origen y sus derivas.
Las crónicas son muy vívidas y repletas de detalles y observaciones muy agudas, escritas con una gracia y una malicia extraordinarias. Muchas de ellas sirven para ilustrar sus tajantes definiciones. En ese sentido, una de sus crónicas más escalofriantes relata un incidente que estuvo cerca de terminar de forma trágica para él. En marzo de 1977, durante la "guerra sucia", V. S. Naipaul es detenido en Salta por la policía, que lo saca de un ómnibus de larga distancia, bajo la sospecha de ser un guerrillero.
El ómnibus es detenido cerca del límite entre Salta y Jujuy, cuando un control policial de rutina sube a pedir documentos a los pasajeros. Naipaul viaja sin su pasaporte (se lo ha dejado olvidado en el hotel), y se lo llevan para su identificación. Lo interrogan con brusquedad, consultando por radio y teléfono, y sin hacer caso a sus explicaciones.
Posteriormente lo trasladan a un ruinoso puesto policial, donde un policía "indígena" pasa un largo tiempo peleando con el precario servicio telefónico para contactar a la policía de Salta capital, bajo la vigilancia de otro agente, con ojos sonrientes pero amenazantes. Naipaul saca entonces su pipa africana de Tanganica y se pone a fumar ante la mirada curiosa de su guardián; en cierto momento pide ir al baño y este le señala el monte con la advertencia: "Si tratás de huir, te pego un tiro".
Finalmente, una llamada confirma que no figura en listas de subversivos o guerrilleros; el oficial de mayor rango lo libera explicándole de forma casi amistosa: "Fue tu pipa la que te salvó. ¿Sabés por qué? Ese tubo raro que tenés me hizo pensar que realmente eras un extranjero". Naipaul, aún conmocionado, pide y consigue que el policía le dé un "salvoconducto" mecanografiado que certifica que el portador no es de interés policial.
En 1991, Naipaul entrevista en Buenos Aires a un ex montonero arrepentido, quien le dice que el enfrentamiento entre guerrilleros y militares fue básicamente una disputa en el seno de la clase media alta, en la que no participaron ni los obreros ni los campesinos.
El ex montonero, al que identifica solo como Ricardo, le comenta: "Nuestra educación católica nos forjó como militantes. Fue allí donde comenzó la idea de servicio y disciplina. Lo que resultó fue a veces perverso".
Ricardo cierra la entrevista con un dictamen sombrío y feroz: "Usted vaya al conurbano ahora y se pondrá en contacto con gente que no sabría de qué manera reintegrarlos a la sociedad. Apenas podrían ser considerados humanos. Crecen como hongos en todos los suburbios".
La propia conclusión de Naipaul sobre el país no es menos cruel y pesimista que la de su entrevistado: "No pude asistir a ningún debate verdadero, sólo había pasión y jerga política, una jerga mayormente importada de Europa. La jerga transforma la realidad en abstracción y, donde ella se impone, la gente se queda sin causas y entonces sólo quedan enemigos. Todavía hoy las pasiones prevalecen en la Argentina, aniquilando toda razón y estropeando la vida de las personas, sin que ninguna solución aparezca a la vista".

La mirada de Naipaul es políticamente más analítica, profunda y severa que la de los otros dos viajeros. Naipaul realmente pretende entender y explicar a la Argentina y se propone hacerlo con cierto rigor conceptual, aunque con conocimientos históricos limitados o sesgados por su formación anglosajona. Por lo tanto, muchos de sus análisis terminan siendo dicotómicos, subjetivos y por momentos el ánimo del escritor parece poseído por un rencor inexplicable que lo lleva a adentrarse en las tierras del puro resentimiento y la deshonestidad intelectual.
Theroux, quizás en broma, ensaya una explicación para tanta animadversión del escritor trinitense: "recordé que las críticas más virulentas que había leído sobre Argentina eran las de V. S. Naipaul. Nadie había descubierto la razón obvia de la aversión de Naipaul por Argentina, aunque quizá no fuera por entonces de dominio público que Naipaul era vegetariano".
En realidad, sus juicios y visiones se pueden apreciar mejor en el contexto más amplio del resto de su obra y sus declaraciones públicas y privadas. Naipaul fue, hasta su muerte, además de un notable escritor, un gran provocador, un personaje que se regodeaba en "crear tensión, insultar a sus amigos, familiares o a comunidades enteras, lo que dejaba de excelente ánimo", según afirma el biógrafo autorizado de Naipaul, el británico Patrick French. Y agrega una pista reveladora: acaso la sombría inspiración de Naipaul haya sido Margaret Gooding, su amante argentina de familia inglesa, con quien mantuvo una larga, tortuosa y casi sádica relación.
Los viajes de Theroux, Chatwin y Naipaul por la Argentina no sólo describen un país en crisis, sino también las formas en que el país puede ser leído —y mal leído— desde afuera. Entre la curiosidad, la fascinación y el rechazo, estas crónicas revelan tanto sobre la Argentina como sobre quienes intentan interpretarla. Tal vez allí resida su valor más perdurable: no en la fidelidad de sus diagnósticos, sino en la tensión entre lo que logran ver y aquello que, inevitablemente, se les escapa y se nos escapa.
(1) En El jardín de los cerezos (obra de teatro de Chéjov), una familia terrateniente caída en desgracia se debate entre malvender sus tierras a un comerciante que quiera talar ese jardín o esperar resignadamente el remate de sus bienes.
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