Tiempos de "no durmay"
Adrián Savino
¿Por qué no volvés a la guerra?
No seas un turista.
Leonard Cohen

Un crítico de cine de los 90, estableció una vez una máxima inolvidable: la única confirmación posible de que una película a uno le gustó, es cuando le quedaron ganas de volver a verla.
Como a Sirât (Óliver Laxe, 2025) yo no la volveré a ver ni en pedo, se trataría entonces de una perfecta excepción a la regla. Porque así y todo, aquí estoy para bancarla.
Y no me extrañaría para nada que a alguien (más de uno), después de verla a causa de estas palabras, le vinieran ganas de asesinarme.
Y sí. Y bueno.
La vi en condiciones similares a otras tantas: semidormido, y resuelto a cortar al final de una escena para mejor retomar mañana.
Pero resultó que esa escena era la escena. La más terrible jamás pensada, sin exagerar.
Entonces me despabilé, bruta, espantosamente, y ya no pude soltar la peli hasta los títulos del final.
Pocas horas más tarde, al despertar, lo primero que hice fue escribirle a un amigo: Che, la verdad no sé qué pensar de esto…
Él me contestó que junto a su compañera ya llevaban varios días enculadísimos con la película.
Pensé: bueno, capaz de a poco pueda ir asimilándola. Y saben que sí, así fue.
Con las horas y los días se me fue tornando consistente y revelador lo que esa pesadilla filmada pretendía decirme. Algo que coincide, a grandes rasgos, con lo que planteaba un poeta al anunciar que:
Hay una guerra entre los ricos y los pobres / Una guerra entre el hombre y la mujer / Hay una guerra entre los que dicen que hay una guerra / Y los que dicen que no la hay.
Algo por el estilo va queriendo plantear Sirât desde bien temprano, pero antes se toma su tiempo para adormecer nuestros sentidos con algo muy parecido al soma del Mundo Feliz de Aldous Huxley.
Y así es como a cierta altura (la de la escena a la que me refería), yo ya estaba listo y bien puestito como para recibir la primera de varias piñas fulminantes.
Pero luego, ya bastante repuesto del nocaut, me acordé de una mesa en la última feria cordobesa del libro.
Allí una poeta (cuyo nombre no recuerdo, pero sí el del libro que presentaba: Antifascista), decía más o menos algo así: "No concibo de otra manera la vida, que prodigándome".
Entonces, recordando a esa poeta, no pude resistir el impulso de agregar un verso imaginario a la seguidilla del poeta anterior:
Hay una guerra entre los que la queremos repartir / Y los que la quieren toda para ellos.
Guerra que ya sabemos (todo el mundo lo sabe) quiénes van ganando.
Sirât (cuya trama también transcurre durante una guerra), me había colocado en el centro de un dilema tan áspero como incómodo:
¿Con quiénes elijo estar: con los ravers europeos, o con los refugiados marroquíes?
Igual que en otras ya clásicas disyuntivas (dios o el diablo, este o el otro lado de la mecha), hay por lo menos una certeza: con los dos al mismo tiempo, es imposible.
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