Tonos y Toneles

10.05.2026

50 años de un templo que se niega a ser olvido


Pablo Aguiar Cáu

La mítica peña cordobesa celebró sus cinco décadas con un espectáculo cargado de nostalgia en el Teatro Municipal Comedia. Pero, ¿por qué nos acordamos tanto de Tonos? ¿Por qué se llena un teatro, medio siglo después, para rememorar un sitio que físicamente ya no existe?

Tito Acevedo, flanqueado por Mario Díaz y Chiquito Catramboni (ph: Juanjo Coronell)
Tito Acevedo, flanqueado por Mario Díaz y Chiquito Catramboni (ph: Juanjo Coronell)

Crónica de una "misa" popular

La noche del festejo funcionó como una liturgia. En la puerta, un hombre blandía su celular con el flyer del evento: "Yo tengo que entrar, soy el que sale en la foto". Una mujer, visiblemente emocionada, confesaba haber viajado 400 kilómetros solo para estar ahí. Otros, enojados porque las entradas volaron, casi empañan la fiesta antes de comenzar.

Sobre el escenario del renovado Comedia, la historia cobró vida. Pasaron los pioneros y los herederos: desde el Dúo Argentino (Negro Álvarez y Lalo Sosa), los primeros en cartelera allá por la calle Santa Fe, hasta un Marcelo Santos que cumplió el sueño de tocar en el "universo Tonos". Entre bambalinas, las anécdotas —esas que merecerían un libro aparte— fluían tanto como la música.

El refugio en los tiempos oscuros

Para entender el fenómeno hay que rebobinar a abril del 76. El país ardía: un peso ley 18.188 "baqueteado" tras el Rodrigazo y una Junta Militar decidida a arrasarlo todo. En medio de esa oscuridad, un grupo de locos comandados por Tito Acevedo inauguró un boliche en el corazón del Barrio Clínicas, zona estudiantil y rebelde.

Aunque Tito hoy aclara que nunca planearon estratégicamente un "espacio de resistencia", la realidad es que el público y los artistas lo convirtieron en eso. Fue el refugio de los que resistieron. Córdoba, ciudad de tradición peñera —herederos de los Riofrío, el Chito Zeballos o El Cascote—, encontró en Tonos su trinchera cultural.

Un desfile de gigantes

La noche del Comedia fue un fluir de emociones. Facundo Pérez Montiel y Tato Mateo rompieron el hielo; Mario Díaz recordó sus épocas de estudiante con "Nueva zamba para mi tierra". Hubo momentos de quiebre, como cuando el Negro Álvarez, entre lágrimas, pidió perdón por la emoción al recordar a su hijo Sebastián.

El desfile fue incesante: Chiquito Catramboni aportó anécdotas con Los Trovadores; Roberto Cantos, del Dúo Coplanacu, sumó su presencia (mientras Julio Paz prometía estar para el "Mundial"); y se cruzaron las voces de Silvia Lallana con Marcelo Santos. El recuerdo de Posdata llegó a través de Horacio Sosa y Sergio Korn, mientras que Liliana Rodríguez, con su exquisita versión de la "Zamba del Laurel", dio pie al cierre con la fuerza de Quetral (con el Zurdo Roqué y Tere Ferrero) y un emotivo homenaje al Chiri Montero con "Retumba el árbol". Hasta hubo espacio para el reclamo político: Tito Acevedo, fiel a su estilo, recibió el reconocimiento protocolar del Concejo Deliberante en manos del viceintendente Javier Pretto, quien tuvo que "aguantar" estoicamente las chicanas de Acevedo. Finalmente, a pedido del público, "Lunita de Alberdi" se convirtió en un canto general.

La vigencia de un fantasma

A decir verdad, Tonos y Toneles no llegó a la mayoría de edad: cerró en 1993, tras 17 años de vida intensa. Sin embargo, hoy se habla de él como un espacio vivo. ¿Dónde estuvo en los noventa ese público que lo sostuvo en los setenta? Es una pregunta que aún flota en el aire.

Personalmente, conocí Tonos con la democracia. Para mí era un templo. Pasé de ser público asiduo a subirme al escenario con la percusión para acompañar a Oliver Pereyra, Pato Gómez o Inés O'Connor. Vi los últimos estertores de un lugar que sucumbía al neoliberalismo, pero que ya había dejado su marca.

Por ese escenario pasaron todos: el Cuchi Leguizamón, Litto Nebbia, Facundo Cabral, Víctor Heredia y muchos más. Tonadas, cuecas y zambas resignificaron una ciudad acostumbrada a la rebeldía del Cordobazo.

El final de la fiesta no fue en el teatro. Siguió en lo que hoy es un restaurante de comida peruana —el viejo local de la peña—, donde entre vino, empanadas y guitarras, se cantó hasta la madrugada. Porque aunque parezca lejano, en Córdoba, el eco de Tonos y Toneles todavía retumba.


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Ph: Juanjo Coronell - Todos los derechos reservados

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Pablo Aguiar Cáu

Escritor, gestor cultural en pausa, publicó De lapachos florecidos en el año 2000, el libro de cuentos Merengues en el 2006 y desde el 2013 viene publicando una saga del Inspector Sablich que ya lleva 8 volúmenes.

Participó activamente en el Cordoba Mata y fue invitado a un par de encuentros de literatura policial a los que no asistió por falta de presupuesto.



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