Tununa Mercado, escenas de escritura

10.04.2026

Especial para Tierra Media


Marcelo Casarin


Tununa Mercado (ph: Página/12)
Tununa Mercado (ph: Página/12)

Hace unos años, al leer Yo nunca te prometí la eternidad (2005) dije que los libros que lo antecedían, de alguna manera, lo prefiguraban; y que Tununa Mercado, era precursora de sí misma y que luego de leer ese libro volveríamos a sus textos anteriores para leerlos con nuevos ojos.

Esa afirmación tenía sentido, al menos un sentido: Yo nunca te prometí la eternidad era para el lector que fui entonces una especie de summa narrativa que expandía, que ponía en acto, buena parte de las maniobras narrativas que los libros primeros insinuaban o desarrollaban fragmentariamente.

No estoy de acuerdo con esto, disiento conmigo mismo. Podría pensarse exactamente al revés: cada uno de los libros de Mercado inventa un nuevo horizonte narrable y no tiene conexión alguna con los anteriores, excepto, claro, la impronta escritural de la mano que la guía, la voz o el estilo, evanescentes entidades de las que es imposible hablar si uno pretende estar en sus cabales.

He tratado de pensar en el itinerario escritural de Tununa y no he podido desentenderme de las sensaciones imaginarias que sus textos me despiertan: ocupada en escribir o finalizar la redacción de Celebrar a la mujer como a una pascua (1967), seguramente se levanta de su escritorio, mira a su alrededor y descubre un sinnúmero de acontecimientos mundanos que llaman su atención y no vuelve hasta varios años después con otra urgencia entre manos: Canon de alcoba (1988). Leo:

                         Palabra donde todo es posible, la excrecencia, la mutilación, el haz y la desintegración, el edificio y la ruina, el crecimiento y la regresión, la abundancia y la sequía. Palabra que decae, enferma hasta la extinción y, de pronto, renace, como el amor udrí se reproduce, repta, avanza, se tensa en su urdimbre para recibir todas las luchas y acoger todas las tramas. (Canon…, pp. 159-160).

Qué son estos textos que retuercen la lengua y que van de la narración a otras tramas indefinibles que lían el lenguaje con las cosas de una manera inextricable… No sabemos. Decimos que es la autora de textos singulares por molicie o impericia crítica.

Luego viene otro largo silencio, o aparente silencio de libros. Pero hay un texto que se está escribiendo o unos textos, no sabemos. Nos enteramos que funciona a desafíos, lo dice, como si la caldera de su locomotora requiriera que le echen carbón u otro combustible, alguna sustancia externa que sirva de motivo, de estímulo, de pócima energizante, de movilizador reto.

Son los textos de La letra de lo mínimo (1994) y de Narrar después (2003): pequeñas joyas engarzadas en dos piezas-libro de orfebrería única, de plateresca conformación: piezas maestras, poéticas, políticas; palabra tomada para celebrar: hombres y mujeres, artistas, mártires, amigos; palabra tomada para conmemorar: para dar cuenta de los que se fueron, de los que se están yendo, de los que están porque han sabido resistir. Palabra resistente la de estos textos: textos de la resistencia que son más poemas que panfletos, más poemas que otra cosa, aunque tomen la apariencia de relatos, de ensayos. Leo:

                        Yo pulso las teclas y digo yo sobre la línea, pero casi instantáneamente ese yo es otra, no la que se inclina meramente sobre el teclado y ejecuta con sus dedos la acción sino la que escribe, y también otra u otro depositado en una persona escrituraria ─yo, tú, ella, él─ y todavía otro más en la materia escrita y separada o salvada de esos desdoblamientos, apariciones y desapariciones. (La letra de lo mínimo, p. 25)

Autobiografía, intimidad, escritura del yo, extimidad, son algunos motes que hemos sabido aplicarle a la chúcara escritura de Mercado: cuando parece amansada a nuestra voluntad lectora, corcovea y nos hace perder los estribos. El yo de Mercado es un yo plural que se expande en nosotros. La madriguera (1996) y en Estado de memoria (1990) son casi una serie, podrían serlo, pero es una serie interrumpida que no se deja seriar.

Le pregunté a Tununa sobre la escena de escritura en la que le gustaría verse y respondió: "La escena soñada sería una mesa cuadrada en el jardín de un bar, bajo un árbol frondoso, lejos de los reflejos del sol, una buena silla y una computadora de pantalla generosa. Hay espacio para una taza de café, agua, unos chocolates, varios, para sumergirlos en la taza. Entrecierro los ojos y comienzo a escribir, concentrada como nunca antes. Nada perturba, nadie llama, sólo estoy allí para escribir. Un sueño."

Leamos:

                      "Finalmente una confesión que quiere ser honesta: después de medio siglo de frecuentación de la casa, el escenario, los jardines del frente, y los patios traseros de la literatura, me doy cuenta de que allí no rige para mí un contrato de propiedad o de pertenencia. Escribo acompasadamente, casi siempre, hasta ahora, con materiales que han surgido de historias heredadas por gente que considera que yo tengo que contarlas. Recojo esos legados y los escribo a la par, como si los completara. A veces son mis propios legados. Es decir, atesoro objetos, presencias, relatos inconclusos, los escucho, los sufro, los sueño y escojo el que me produce ese imponderable deseo de responder a su llamado: Escríbeme." ["Cuando era chica yo copiaba", en Estudios n° 16, 2005. ]

Disciplina y contracción al trabajo son exigencias del mercado editorial, tanto como la sujeción a los géneros, a los formatos establecidos: en lo que va de Celebrar a la mujer como una pascua hasta Yo nunca te prometí la eternidad vemos una escritora desentendida de la plusvalía editorial. Da la sensación de que no le importa lo que ha escrito, le importa lo que está escribiendo o está por escribir.




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