Un envoltorio, muchas maneras de elegir

19.10.2026

Noelia Pajón


Los sabores que nos acompañan desde la infancia también cuentan historias. Algunas empiezan en un kiosco de barrio; otras, en una chocolatería al otro lado del mundo. Todas nos invitan a pensar en algo que solemos dar por sentado: la posibilidad de elegir.

Hay recuerdos que empiezan con unas monedas en la mano y una visita al kiosco después de la escuela. Uno se acercaba al mostrador, miraba los paquetes de colores y hacía cuentas para decidir qué podía comprar. A veces alcanzaba para un alfajor; otras, había que conformarse con unos caramelos. Lo importante era elegir.

Quizás todavía recordemos esa sensación: salir a la calle con la golosina en el bolsillo, abrir el envoltorio antes de llegar a casa y probar el primer bocado. El chocolate mezclado con dulce de leche, el sabor ácido de un caramelo frutal o la textura blanda de un Sugus podían convertir una tarde cualquiera en un pequeño acontecimiento.

Con los años, algunas golosinas cambiaron sus envases, aparecieron nuevos sabores y otras dejaron de ocupar el mismo lugar en los kioscos. Sin embargo, ciertos nombres siguen despertando recuerdos. Una "Tita" puede llevarnos a una merienda de la infancia; un alfajor, a un viaje en familia; una caja de chocolates, a una celebración. A veces, ni siquiera hace falta probarlos: basta con reconocer el paquete para que vuelva una parte de nuestra historia.

Los envoltorios también forman parte de esa memoria. Aprendemos a reconocerlos por sus colores, sus dibujos, sus letras y sus formas. Sabemos dónde buscar nuestro producto favorito y podemos distinguirlo de otros en apenas unos segundos. Es un gesto tan habitual que casi nunca pensamos en todo lo que necesitamos percibir para hacerlo.

Pero no todas las personas reciben esa información de la misma manera.

Imaginemos a Martina, una chica ciega que entra a un kiosco con ganas de comer chocolate. Frente al mostrador hay decenas de opciones. Su papá le pregunta cuál quiere y ella intenta averiguar qué productos tiene delante. No necesita que alguien elija por ella ni que le explique qué debería gustarle. Quiere conocer las opciones y decidir por sí misma.

Para quienes vemos los colores y leemos los nombres impresos, esa elección puede parecer inmediata. Para Martina, en cambio, un envoltorio que solo se distingue por su aspecto visual no alcanza para identificar el producto. Una referencia táctil o alguna otra forma accesible de reconocerlo podría darle información que de otro modo tendría que pedir.

La escena no ocurre solamente en los kioscos argentinos. En distintas partes del mundo, empresas y diseñadores comenzaron a explorar maneras de hacer que las golosinas sean más accesibles, sin renunciar a los colores, las formas y la identidad que las vuelven reconocibles.

En Corea del Sur, por ejemplo, LOTTE Wellfood desarrolló en 2023 un envase especial para "Pepero Almond", unas barritas de galletita recubiertas de chocolate. La iniciativa se presentó en el marco del "Día del Bastón Blanco", una fecha relacionada con la autonomía y los derechos de las personas con discapacidad visual. El paquete incorporaba braille para facilitar la identificación del producto y una indicación táctil para ayudar a encontrar la abertura. Se produjeron 4.000 unidades destinadas a una actividad con una asociación de personas con discapacidad visual de Seúl. La propuesta también recibió un reconocimiento de diseño internacional.

Se muestra parte del envase color rojo unas manos leyendo la inscripción en braille: “Comparte tu corazón con Pepero”
Se muestra parte del envase color rojo unas manos leyendo la inscripción en braille: “Comparte tu corazón con Pepero”

No era necesario cambiar la golosina ni convertir su envase en un folleto. La iniciativa buscaba sumar otra manera de acceder a la información. Para alguien que lee braille, esos puntos en relieve pueden ser una pista útil; para los demás, el producto sigue conservando su identidad.

En Canadá, Purdys Chocolatier encontró otra manera de abordar el problema. En 2021 presentó la "Braille Box", una caja de chocolates diseñada con la participación de personas ciegas y con baja visión. Incluía referencias táctiles para orientarse dentro de la caja, una guía en braille para identificar las variedades y un código QR que permitía consultar la información mediante un lector de pantalla. Así, elegir un chocolate no dependía exclusivamente de verlo ni de pedirle a otra persona que indicara cuál era cada uno. La caja había nacido como una edición limitada para las fiestas. Sin embargo, tuvo una respuesta que superó las expectativas: según el estudio de caso de la campaña, se agotó tres veces y terminó convirtiéndose en un producto permanente.

Se muestra una caja de bombones violeta totalmente accesible con pestañas de orientación en braille, una leyenda de bombones en braille y un código QR que enlaza con un lector de pantalla con una leyenda de audio.
Se muestra una caja de bombones violeta totalmente accesible con pestañas de orientación en braille, una leyenda de bombones en braille y un código QR que enlaza con un lector de pantalla con una leyenda de audio.

Detrás de esa decisión hay algo que va más allá del envase. Elegir un chocolate también puede ser parte de un regalo, una celebración o un momento compartido. Abrir una caja, descubrir las variedades y decidir cuál probar es una experiencia sencilla que muchas personas disfrutan sin detenerse a pensar en ella. Hacerla accesible permite que más gente participe de ese pequeño ritual con mayor autonomía.

Las necesidades, por supuesto, no terminan en la discapacidad visual. Hay personas que encuentran difícil abrir un paquete porque necesitan más fuerza o coordinación en las manos. Para ellas, una pestaña fácil de localizar o un envoltorio que requiera menos esfuerzo podría marcar una diferencia. Otras necesitan información clara para comprender qué están comprando, conocer sus ingredientes o identificar características importantes del alimento. También hay quienes, por sus necesidades sensoriales o por dificultades para masticar o tragar, deben prestar especial atención a las texturas y consistencias.

No todas las personas necesitan lo mismo, ni una única solución puede resolver todas las situaciones. Pero eso no impide pensar cómo mejorar la experiencia: hacer más legible un nombre, ofrecer otra forma de distinguir sabores o facilitar la apertura puede ayudar sin borrar aquello que hace reconocible a una golosina.

Lo importante es que esas alternativas se piensen y se prueben con las personas que van a utilizarlas. El braille, por ejemplo, puede ser útil para quienes lo leen, pero no es una solución universal para todas las personas ciegas. Un código QR tampoco resuelve el problema por sí solo si conduce a una página inaccesible o si la información esencial solo se encuentra allí. La accesibilidad necesita algo más que una buena intención: requiere prestar atención a las distintas maneras en que las personas conocen, eligen y disfrutan un producto.

Y, aun así, no hace falta transformar cada golosina en un proyecto extraordinario. A veces, el cambio empieza con una pregunta que nadie se había hecho: ¿qué necesita una persona para encontrar su sabor favorito sin depender de alguien más?

Volvamos por un instante a Martina. Imaginemos que puede reconocer las opciones mediante una referencia que le resulte útil, elegir su chocolate y guardarlo para después. El sabor no cambió. Tampoco desaparecieron los dibujos del paquete ni los colores que atraen a otros compradores. Lo que cambió fue la posibilidad de decidir.

Quizás esa sea una de las cosas más interesantes de mirar las golosinas desde la accesibilidad: descubrir que algo aparentemente pequeño puede influir en una experiencia cotidiana. No hablamos solamente de envases. Hablamos de autonomía, de preferencias y del derecho a disfrutar de las cosas que nos gustan sin que una dificultad evitable decida por nosotros.

Las golosinas, además, cuentan historias que cruzan fronteras. En cada país hay productos asociados a una época, una costumbre o una celebración. Los sabores y las marcas cambian, pero la relación afectiva con la comida dulce aparece en muchos lugares: el chocolate que alguien regala, el caramelo que se comparte o ese producto que se busca cuando se extraña la infancia.

En Argentina, esa memoria tiene una parada casi obligatoria: el kiosco de barrio. Está en las monedas que llevábamos a la escuela, en el alfajor que comprábamos antes de subir al colectivo, en los caramelos que repartíamos entre amigos y en la golosina que alguien traía de regalo después de un viaje. También está en el kiosquero que ya conocía nuestro pedido y en las discusiones por quién se quedaba con el último chocolate.

Quizás todavía recordemos qué elegíamos y cuánto costaba. Tal vez haya pasado tanto tiempo que el envoltorio sea distinto, pero el sabor sigue siendo el mismo. Esas pequeñas escenas forman parte de nuestra cultura tanto como otras tradiciones que solemos reconocer con más facilidad.

Y si una golosina puede despertar tantos recuerdos, vale la pena pensar cómo lograr que más personas puedan elegirla y disfrutarla a su manera. No para quitarle su historia, sino para que esa historia pueda compartirse.

Porque la cultura argentina también viene en envoltorios, aunque las historias de las golosinas no terminen en nuestras fronteras. Y acá, como en tantos lugares del mundo, todavía nos gusta entrar al kiosco, mirar qué hay detrás del mostrador y salir con un alfajor en la mano.

O, si las monedas alcanzan, para dos: uno para el camino y otro para compartir.




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