Un poema, un sueño
Adrián Savino

1
Estoy en la cama con la netbook, revisando algunos escritos.
Llego a un poema titulado "el amigo", que dice así:
con mi viejo aún tibiecito
ahí nomás, a escasos metros
me hablaba con voz cascada
ahora hay que ponerse
los pantalones, decía
y más tarde, en el velorio
me miraba a la distancia
con ojos fijos y amargos
hoy me cuentan que se siente
como un árbol que está erguido
pero en realidad se pudre
de abajo, por la raíz
capaz que me toque verlo
de lejos alguna tarde
a la salida del cole
de mis hijos, y dudar:
¿qué hago, lo saludo o no?
Cada vez que lo revisito, es con la sospecha de que pueda resultarme "demasiado personal". Y en esta ocasión, al igual que en las anteriores, llego a la conclusión de que no, no me parece que lo sea. Lo cual seguramente no impedirá que otro día vuelva a asaltarme la duda.
Termino de releerlo una vez más, apago todo, y me acuesto a dormir.
2
Sueño que estoy cortando el pasto en lo del personaje del poema: una vieja casona en la zona del Clínicas.
Es una tarde soleada de otoño, apenas ventosa, y trabajo solo. El patio es bastante amplio, de esos que llegan al corazón de la manzana.
Cuando ya estoy a punto de terminar la etapa de corte (después tocará barrer y embolsar), veo llegar a la esposa del personaje.
Me sorprende encontrarla, no la hacía viva. Pero la veo tan radiante y serena (muy al contrario de como la recordaba de todos nuestros encuentros desde que era niño), que se me torna inconcebible la idea de que (como de hecho sucede fuera del sueño) ella esté muerta.
¿Qué parece?, me pregunta, mientras intenta abarcar con la vista toda la superficie recién cortada.
Todo bien, le digo, pero mirá.
Le señalo un sector que dejé sin cortar por no estar seguro de si son plantas de jardín, o meros yuyos.
Es porque de abajo, esos cinco o seis tallos parecen toscos, salvajes. Pero están todos coronados por unas espigas que, por lo menos a la luz de ese sol y mecidas por esa brisa, lucen tan frágiles como hermosas.
¿Qué hago, las corto o no?, le pregunto.
Ella se queda contemplándolas por unos difusos segundos, y vuelve la vista hacia mí.
Levanta un poco las cejas y me sonríe, con la cabeza un poco ladeada y la expresión de duda más luminosa que jamás haya visto.
Le sonrío yo también, y en eso, me despierto.
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