La redención de los rotos: cuando el fracaso escribe versos
Charly Sederino

Hay una belleza melancólica y ridícula en los hombres que se obstinan en ser lo que el mundo les insiste que ya no hace falta. En Un poeta (2025), la película del colombiano Simón Mesa Soto no hay héroes de mármol ni batallas épicas. "Es lo que hay", como decimos muchos en Argentina. Lo que hay es Óscar Restrepo: un tipo de cincuenta y largos que insiste en llamarse a sí mismo poeta mientras vive con su madre, arrastra la dignidad por los bares oscuros de Medellín y carga sobre los hombros el peso de todas las cosas que prometió ser y no fue.
¿Cuántas veces nos convencimos de que el talento era una condena hermosa, solo para descubrir que al mercado le importa un carajo nuestro sufrimiento lírico?
El fracaso es, en secreto, el taller literario más honesto. Cuando todo funciona, la vida se vive y no se cuestiona; pero cuando algo se rompe, nos quedan los pedazos desparramados en el suelo, obligándonos a mirarlos, a tocarlos y, eventualmente, a encontrarles una rima o mueca.
Óscar, interpretado con una incomodidad brillante por Ubeimar Ríos, es el arquetipo del fracasado noble. Un tipo obsesionado con los fantasmas de la gran literatura que, empujado por la necesidad de pagar las cuentas (o de simular que todavía sirve para algo), termina dando clases en un colegio de barrio. Y ahí, en el lugar menos pensado, entre bancos pintados y adolescentes aburridos y digitales, aparece Yurlady (Rebeca Andrade). Una chica humilde que no sabe de métricas, estereotipos, algoritmos ni de cánones, pero que tiene adentro esa chispa intacta, incandescente y salvaje que a Óscar se le apagó hace décadas.
Y ahí la historia se vuelve una trampa deliciosa. Porque cuando el viejo poeta decide apadrinar a la joven promesa, la pregunta inevitable nos salta a la yugular: ¿lo hace por generosidad genuina o como un intento desesperado y egoísta de redimir su propia mediocridad a través de los ojos y retórica de otra persona?
La dirección de Mesa Soto filmada en 16 mm no busca la lágrima fácil ni la denuncia social subrayada. Prefiere la risa incómoda. La prosa transita esa cornisa sutilísima donde el drama se vuelve comedia patética y la comedia, de golpe, te deja un nudo en la garganta. Es el retrato de la vulnerabilidad en carne viva. Es la piel expuesta de alguien que se sabe al borde del abismo y que, en vez de retroceder, decide ponerse a pronunciar.
En la construcción del relato hay una ternura feroz por los que pierden. Porque seamos honestos: estamos rodeados de ficciones sobre el éxito instantáneo, sobre pibes de veinte años que la rompen y empresarios que facturan millones antes del desayuno, IA o redes mediante. Pero, ¿quién le escribe a los que se tropiezan a mitad de camino? ¿Quién filma a los que se quedan abrazados a un sueño rancio en una mesa de café o barcito mientras la vida sigue de largo afuera?
En el cruce entre Óscar y Yurlady no hay una lección magistral sobre el arte; hay un choque térmico entre el desencanto de la adultez y la potencia pura de la juventud. Ella no necesita que la salven del barrio; es Óscar el que necesita que la poesía vuelva a ser algo vivo, algo urgente, algo que no huela a biblioteca polvorienta con fragancia a humedad.
Al final del día, el verdadero talento no es publicar libros ni ganar concursos espamentosos o virales. El verdadero talento, el más difícil, el más humano, es ser capaz de mirar el propio naufragio a la cara y, con los restos de la madera flotando alrededor, tener el coraje de redactar una última línea honesta.
Terminé de ver Un poeta y me quedé tildado en loop, en las veces que nos aferramos a una etiqueta para no tener que mirar lo que realmente somos. En cómo convertimos nuestras frustraciones en trincheras estéticas. Este tango literario no te promete un final feliz con violines ni te vende la ilusión estúpida de que todo se arregla con una sonrisa. Te ofrece algo mejor: la luz diminuta y cálida que aparece cuando tocamos fondo, dejamos de actuar y nos permitimos, por fin, ser vulnerables.
Si alguna vez sentiste que llegaste tarde a tu propia vida, si alguna vez defendiste con uñas y dientes una causa que los demás consideraban inútil, tenés que ir a ver esta película. Quizás el poema más hermoso no sea el que se escribe para que lo aplaudan en un auditorio, sino ese que murmurás en silencio cuando te das cuenta de que, a pesar del desastre, todavía estás vivo.
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