Una chica en minifalda dentro de un ataúd
Marta García

¿Qué sucede en el universo cuando en la habitación de una pequeña casa, el pequeño gesto de una madre vistiendo con una minifalda a su hija muerta desata una revuelta popular que aún va a la escuela? ¿Dejan, acaso, las estrellas de fugarse? ¿La luna se olvida de moverse y cae encima del barrio? ¿La vía láctea se hace un ñoqui y se come a sí misma sin invitarnos?
Irene tenía quince años cuando entró a una fiesta en el club del barrio vestida con una minifalda relampagueante. Su padre la molió a golpes y a escondidas. Como lo volvió a hacer en su cumpleaños dieciséis, terminó en una camilla sin gomapluma y quedó neuropetrificada por un año. Una tarde de junio el respirador artificial dejó que se las arreglara sola. Así lo hizo y se fue.
Tenía muchas amigas porque Irene era la única que bailaba "Venus", de Shocking Blue como un big bang policromático y se lo enseñaba a las demás en aquellas siestas de preparación para las americanas de la noche. Cuando la vieron dentro del ataúd con una de sus típicas minifaldas sicodélicas sintieron la misma explosión. Y desaparecieron del velatorio como refucilos organizados.
Las más chicas nos quedamos momentáneamente sin dirigencia para nuestra pena porque las madres y todo el mundo adulto estaba devastado no asumiendo responsabilidades y direccionando juicio y castigo al asesino, el mismo que lloraba a Irene reprochándole haberlo obligado a ser un padre así. La madre de Irene, en silencio con su pena que avanzaba como una mancha de petróleo en el mar, era una Hipólita velando a su amazona caída con su armadura puesta, desagraviándola frente a los ojos del patriarca.
Con mis amigas, la Negra y María, decidimos que mientras tratábamos de explicarnos el abandono repentino de las compañeras de Irene, teníamos que organizarnos por nuestra cuenta y riesgo infantil. Ayudadas por el hermano de la Negra lleno de músculos y aún enamorado de Irene y su baile explosivo, acarreamos por diez cuadras hasta el cementerio un equipo de música diseñado para Hércules y con pilas del tamaño de ladrillos bloque.
Apenas vimos aparecer el cortejo, pusimos el cassette a todo volumen de "Venus". Y en ese preciso instante entró sin golpear una marea adolescente de flores, rombos y arco iris sicodélicos bailando como el big bag de Irene, en una revuelta popular de minifaldas encandilantes. Eran pancartas de carne y alma uniéndose al grito silente de la madre que al ponerle una minifalda a su hija exterminada por habérsela puesto, inició la primera rebelión de la que participamos. Al irse a cambiar sus jeans por minifaldas, las amigas de Irene lo entendieron todo. Sin esperar directivas ni líderes ni autorizaciones maternas ni indicaciones de las maestras. Con dirigencia natural. Niñez y adolescencia tomando sus propias decisiones. Hasta las chancletas estuvieron de nuestro lado ese día.
Hay cosas que suceden sin esperar que las entendamos. Dicen que lo sucedido en el cementerio no puede ser verdad. Nosotras, que estuvimos ahí, a veces tampoco lo podemos creer.
¿Qué sucede en el universo cuando pasan estas cosas? Sucede otro universo.
La chica en minifalda dentro del ataúd fue una menos cuando aún no lo sabíamos.
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