Una mariposa en la telaraña
Marta García

-Ahora quién me va a hacer las trenzas antes de ir al cole… quién… mi papá me las hace como salamines…
Cuando María lloraba, nuestra infancia se secaba. En un intento por hidratarla activé mi manantial secreto.
-Te presto a mi abuela… bah, la compartamos.
La abu hacia las mejores trenzas del barrio. No era solo técnica. De sus manos se escapaban encantamientos solo con rozar cabecitas de nietas o al batir claras a punto nieve. Su fama cruzó la plaza y llegó hasta la carnicería de don Aníbal, que la convocó para que le trenzara los chinchulines. Colgados de los ganchos, simétricos y brillantes, parecían una instalación de arte hiperrealista. No había mollejas que pudieran disputarles protagonismo. Hasta mi hermana mayor, guerrillera vegetariana, iba a mirarlos en silencio, escondida detrás de los coliflores, olvidándose por un rato de que no eran más que intestinos delgados de un animal muerto sin haber firmado un consentimiento informado.
Como garantía de calidad, don Aníbal escribía con tiza y en cuerpo catástrofe la oferta del día en una pizarra: "Solo por hoy, CHINCHULINES TRENZADOS POR LA ABUELA MARÍA". Si bien eran carísimos, nadie pedía descuento. Todo lo que la abu tocaba se transformaba en conjuros aunque vinieran del tubo digestivo de una vaca.
María conoció temprano las desgracias. A los siete años no pudo terminar una tarea para la escuela porque su mamá fue aplastada por un putísimo colectivo en la Avenida 24 de Septiembre y nunca llegó con los sobrecitos de papel glasé. Y a los diez, vio cómo el corazón de su abuela junto a media docena de huevos se estrellaban contra el piso del almacén. ¿Se puede estar más sola y vulnerable en este mundo de porquería? Sin mamá, sin papel glasé, sin abuela, sin huevos, sin trenzas.
Su papá era el ser más noble y bueno del planeta. También el más callado. Y aunque le ponía actitud, su mano de fabricante de embutidos convertía la melena de su hija, diosa barrial de un olimpo cuartetero, en un salamín. María estaba atrapada en una casa donde el único sonido era el de las lágrimas cayendo sobre la cartuchera o sobre las etiquetas de cartón de las mortadelas.
Cuando me vio llegar de la mano con mi amiga entristecida, no hizo falta explicarle nada. La abu rescataba mariposas de las telarañas y nietas de todos los peligros. Ella veía las desgracias antes que nadie. Y las trenzas de María contaron con una abuela.
Cada tarde sus manos andaluzas tocaban el timbre de ese hogar apagado, convirtiendo la galería en un tablao y las lágrimas en risas de castañuelas. Mientras, la melena de María se trenzaba con hechizos ante la mirada de un padre agradecido y mudo. La abu era una Lola Flores con todos los accesorios de barrio obrero cordobés.
Un día volvíamos del colegio con las trenzas desarmadas de recreos cuando vimos una mariposa atrapada en una telaraña. Quisimos ayudar. Empeoramos todo. No teníamos manos de abuela. Desgreñadas y llenas de pena por las alas que habíamos despedazado, corrimos a contarle.
-Abu, abu… no sabés lo que le hicimos sin querer a una marip…. abu…
Ya no estaba allí. La abu había quedado atrapada en algún lugar que no figuraba en el mapamundi del centro vecinal. El barrio se llenó de telarañas, no hubo más chinchulines en la carnicería y desaparecieron las trenzas y las mariposas.
No sabíamos cómo entrar en su nuevo mundo. Como un último recurso convencimos a la gente grande de que nos dejaran peinarla cada día. Le lavábamos la cabeza, le hacíamos baños de crema, le dejábamos crecer el pelo. Ella jamás salía sin su rodete y fuimos aprendiendo a hacérselo sobre la marcha. No la íbamos a dejar deambulando en otro mundo sin su compañero de vida.
Después del colegio, sin fallarle un solo día, íbamos a peinarla y a contarle noticias de último momento: que habíamos aprendido a liberar una mariposa sin fragmentarle las alas, que el barrio seguía despeinado pero resistía.
Fue en su jardín. Sucedió cuando logramos hacerle un rodete de la madre que nos parió. En ese preciso instante nos miró con ojos excarcelados y supo quiénes éramos. Después los cerró. Ya había visto lo suficiente. Y se fue volando, gordita y amorosa, con su rodete constante. Sin darnos cuenta la habíamos desenredado del mundo enredado del Alzheimer.
Dos niñas la despidieron de esta humanidad fragmentada, espalda contra espalda, con una certeza: algún día una de ellas sería capturada en pleno vuelo por una telaraña de otro mundo y allí estaría la otra para hacerle las trenzas y liberarla sin heridas. Como a una mariposa.
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