Una vida no basta

10.10.2026

Dirty Ortiz


La noticia de la muerte de Eugenio Zanetti me alcanza el mismo día en que sale publicada en el diario Alfil mi nota sobre la muestra panorámica que abarca su carrera y que seguirá expuesta hasta el mes de enero en el Museo Tamburini.

Foto: Prensa Banco de Córdoba
Foto: Prensa Banco de Córdoba

He salido del trabajo y, como casi todos los lunes, me he ido a tomar un café a lo del Parce, donde suelen abundar la hospitalidad, las cosas ricas y la buena música, detalles que me invitan a regresar siempre a ese reducto del pasaje Comercio. En medio de una conversación, me comparten por WhatsApp el link de una nota que ha publicado Guillermina Delupi en el diario Perfil del domingo. Allí leo que se inaugura una muestra de Eugenio Zanetti en el Museo Tamburini del Banco de Córdoba, cuyas instalaciones se abrirán hoy a las 20.

Me llama la atención ese horario y hago bien en presuponer que se debe a que más temprano habrá un acto formal, con la presencia de autoridades y del propio Zanetti, el único cordobés que ganó un Oscar, luego de una carrera en la plástica que derivó en su desempeño como director de arte en la película "Restauración". Por ese trabajo, la Academia de Hollywood lo premió hace treinta años con la codiciada estatuilla que solo unos pocos privilegiados pueden ostentar en sus vitrinas.

Le mando un mensaje a Guillermina y ella me confirma que se está desarrollando el vernissage previo a una ceremonia que será presidida por el célebre expositor, quien en ese momento responde a las preguntas de la prensa en un VIP montado en el primer piso del edificio. Decido entonces dirigirme a pie con rumbo a la que alguna vez fue la sede de la institución bancaria de la provincia, convertida ahora en una joya patrimonial que testimonia la obra del arquitecto italiano al que evoca con su nombre: Francesco Tamburini.


No tan elegante sport

Cuando llego, observo que todos están vestidos de gala, en tanto que yo porto la indumentaria de no demasiado elegante sport que uso para ir a la redacción del diario. Hago de tripas corazón e ingreso en esos ambientes lujosos que bien podrían emular la pompa hollywoodense, si no fuera porque estamos tan cerca de la Plaza San Martín y porque los umbrales del centro están atestados de los sin techo que enfrentan la intemperie el gélido fin del invierno, con sus colchones raídos y sus mantas salpicadas de manchones.

Adentro del museo, los mozos y las mozas desfilan con bandejas en las que burbujean copas de champán y se lucen bocadillos que son manoteados sin piedad por la concurrencia, cuyas finas maneras no frenan la lucha por la deglución del último sanguchito. Mientras María Eugenia Pasquali, quien oficia de maestra de ceremonias, se prepara para pronunciar unas glosas en honor al agasajado, se me da por recorrer los pasillos donde se disponen los elementos de la exhibición, según la curaduría de Lucía del Milagro Arias y Luz Novillo Corvalán.

Las pantallas que reproducen las escenas de las películas en las que ha intervenido Zanetti, los bocetos de sus trabajos, los diplomas y sobres que acreditan su nominación al Oscar, las pinturas de tamaño monumental, la utilería cinematográfica y el vestuario de ópera, se presentan ante el visitante como ejemplos de la versatilidad del ilustre ciudadano. Una vez que ha saciado su apetito, la selecta concurrencia empieza a tomar ubicación, antes de que hagan su ingreso las autoridades y de que el propio Eugenio Zanetti transite el camino hacia el proscenio, del brazo de su pareja y con la ayuda de un bastón.


El rigor de los discursos

Tras los discursos de rigor, el artista habla al micrófono y se percibe su emoción por el homenaje que con tanto despliegue le ofrecen en esta misma ciudad donde se inició su trayectoria, durante aquellos años sesenta que hoy parecen tan lejanos en el tiempo y en la distancia. Cuando propone que el público lo interrogue, levanta la mano Rebeca Bortoletto y le formula una pregunta que él responde con soltura y un dejo de ironía. Después de la sesión de entrevistas a la que lo sometieron los periodistas por la tarde, se lo ve desenvuelto y preciso en los conceptos que quiere transmitir.

Aunque quizás lo sabía de antemano, se sorprende al igual que todos cuando las voces del Coro Polifónico de la Provincia irrumpen desde distintos lugares del salón, con algunos de sus integrantes trepados a los palcos superiores. Fragmentos de óperas de Verdi resuenan en ese ambiente que alguna vez fue escenario de transacciones financieras y que ahora contiene actividades culturales como la que está transcurriendo en este momento. Es una de las excepciones dentro de ese proceso que insiste en degradar el patrimonio arquitectónico para erigir centros comerciales o desarrollos inmobiliarios.

Un aplauso cerrado corona esta velada que, si bien no es comparable con la suntuosidad de las que tienen lugar en Los Angeles, parece haber conmovido al ilustre protagonista de manera intensa. Y entre los saludos del final me encuentro con Gustavo, un amigo al que yo no asociaba con las artes plásticas ni con el cine, pero que por razones familiares es habitué de la residencia de San Javier, donde Zanetti ha sabido hallar un refugio.


Brindis con los íntimos

A la hora de partir, busco a Gustavo y su esposa para despedirme, pero no los veo por ningún lado. Me estrecho en abrazos con varios de los conocidos que deambulan aún por este recinto, sabiendo que estamos asistiendo a un evento que, pese a la dosis de frivolidad típica de estas situaciones, apunta a quedar en el recuerdo como una noche que no fue una noche más. De regreso en mi casa, le mando un texto a Gustavo para aclararle que lo quise saludar y que tal vez ya se había ido. Pero él me explica que no, que había subido a la sala privada donde hubo un brindis con los íntimos. Y me envía una foto en la que él mismo está sosteniendo el Oscar.

Dicen que Eugenio Zanetti falleció cuatro días más tarde, en la ciudad de Buenos Aires, donde estaba preparando una puesta operística para el Teatro Colón. Dicen que tenía 79 años y que se había dedicado con obsesión a montar una nueva versión de "Los cuentos de Hoffmann", de Offenbach, espectáculo que ya había estrenado en 2019 y que es repuesto en el coliseo mayor porteño en este mes de octubre. Dicen que sólo pudo sacarlo de su concentración esa retrospectiva en el Tamburini, que representaba la culminación de un recorrido del que Córdoba era punto de partida y de llegada.

La confirmación de su muerte me alcanza el mismo día en que sale publicada en el diario Alfil mi nota sobre "Eugenio Zanetti. El hombre que habita muchos mundos", esa panorámica que abarca su carrera y que seguirá expuesta hasta el mes de enero. Y pienso que, a pesar de los que afirman que este tipo de tributos se hacen cuando el artista todavía está vivo, hay personas cuya obra trasciende la fragilidad de la existencia humana. Pero para comprobar eso, como decía la canción de Adicta, una vida no basta.




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