Travellings

10.05.2026

Venecia, la ciudad imposible


Nelson Specchia


Venecia fue siempre una ciudad imposible y el sueño insoslayable de todo viajero. Imposible desde sus primeros momentos e imposible hoy, cuando esa negación encantada -que cautivó en el pasado a tantas mentes y talentos- está virando hacia una reconversión global y multitudinaria, hacia una imposibilidad, real, concreta y masificada. Porque la esencia de su existir (o la condición de su permanencia) es la sutileza, lo frágil, lo liviano, lo perecedero, como es natural en una idea de belleza fugaz apoyada en troncos de madera hundidos en el agua y el moho. Y la sutileza de esa liviandad que es su condición tropieza con el peso de los miles, los cientos de miles de cuerpos que a diario -con frío o calor, con lluvia o con seca, con mares en calma o con olas furiosas inundando sus canales y sus placitas en el "acqua alta"- la atosigan desde la primera hora de la mañana hasta entrada la madrugada siguiente, empujando sus pilotes de troncos podridos más y más profundamente en el limo de la laguna; descascarando los puentecitos; agotando sus débiles napas de agua bebible subterránea; atosigando sus cañerías cloacales; llenando cada rincón, cada esquina, cada patio, cada iglesia barroca, cada jardín minúsculo. Los millones de zapatillas turísticas pisan, aplanan, resuenan, cimbran los islotes y hunden, bajo su peso supernumerario, la frágil Venecia en el lodo.

El alarido poético de que Venecia se hunde tiene, por desgracia, su correlato científico: el cálculo de superficie revela un descenso de casi dos metros desde la antigüedad, y en los últimos tiempos, combinada la presión demográfica del turismo de masas con el aumento de los niveles del mar producto del cambio climático, registran una aceleración del ritmo histórico, con un hundimiento de 23 centímetros en el último siglo.

Pero, además del hundimiento en las aguas, aquella imposibilidad que hoy desemboca en su crisis de sobrevivencia se arrastra desde lejos: se podría suponer que desde los días fundacionales. Los islotes bajos de la laguna véneta, de limo aportado por los ríos que llegan a ella y sedimentos sólidos (un proceso denominado "subsidencia natural"), sin agua limpia de consumo sino en napas subterráneas muy profundas y con anegamientos seguros en cada marea alta, conformaban uno de los terrenos más improbables para convocar a ellos asentamientos poblacionales. ¿Qué llevó, entonces, a aquellos primitivos vénetos a intentar forzarle la mano a la naturaleza, a la geografía y a la razón, y a comenzar a construir sus aldeas allí, en ese ubicuo no lugar entre el mar y el cielo, en unos islotes que aparecían a la vista apenas durante algunos momentos del día, para ocultarse en otros, a capricho del agua?

Los antropólogos y los historiadores de la cultura suponen que las búsquedas de aquellos protovénetos no deben haber sido muy diferentes a las de sus contemporáneos: seguridad y alimento. Y de una forma original la laguna se los proveía. Los barrosos islotes suponían una distancia de las costas y de las demás tribus (especialmente de las hordas bárbaras que bajaban a ocupar los espacios que la declinante Roma dejaba en su huida de los centros de la historia: los godos primero, luego los hunos, seguidos de los ávaros y los hérulos, y finalmente los lombardos, que terminaron quedándose con todo el norte de la península): todos ellos quedaban frenados por el agua, o, cuando menos, requerían para llegar hasta aquellos primeros vénetos subirse a algunos botes, siempre inestables y con capacidades limitadas, con lo que un ataque masivo, sorpresivo y numeroso quedaba conjurado. Estuvieron inteligentes, y prevalecieron (la Lombardía no alcanzó a dominar el Véneto). Por lo demás, el encuentro de las aguas que bajaban de los riachos desde las alturas alpinas y que alimentaban la laguna, con el brazo de mar que se colaba por la gran abertura, al final de la barrera del Lido, alimentaba unos bancos de peces caudalosos y de relativamente fácil captura. Aislamiento y pesca: seguridad y alimento. Aquellas familias, que habían bajado desde las alturas septentrionales, decidieron quedarse en ese original paraíso de barro y pizarra. Goethe -uno de los fascinados por la ciudad imposible- habló de aquellos primitivos venecianos como del "hombre nuevo" europeo, que había logrado crear belleza, y a la larga orden político y justicia, sobreponiéndose a la barbarie y a la persecución.

Para lograr asentarse en un entorno tan frágil y cambiante, cortaron árboles de los bosques de las costas de tierra firme, los trajeron hasta los islotes, los clavaron en las marismas, y sobre ellos armaron las primeras chozas con los materiales más livianos que encontraron (zarzas, mimbres, paja y el mismo limo del fondo). Sin saberlo estaban fundando un sistema constructivo inédito y, contra todo pronóstico, perecedero: toda Venecia se asentó, desde entonces, en más y más troncos de madera, que el agua salada fue solidificando, y desde esos pilotes endurecidos resplandeció en su etérea fragilidad, como la ciudad más encantadora durante siglos: aislada, flotando en la niebla, peinada por brisas de sal, acunada por incógnitas notas de violín, oculta tras las máscaras del carnaval; meca de amantes, de aventureros, de solitarios y de navegantes.

La Serenísima

La malaria y la necesidad de comunicarse los impulsó a ir trazando los canales y los puentecitos que fueron uniendo ese laberinto acuático, y la imposibilidad de una actividad agrícola o ganadera los fue volcando a lo que sería una de las características distintivas de su cultura: el comercio. Aquellos isleños rabiosamente celosos de su independencia y de su aislamiento se dieron a construir una forma también original de Estado, que respondiera a su talante; se imaginaron una reunión horizontal de ciudadanos que se controlaran a sí mismos y al poder, algo así como una tiranía sin tiranos, que llamaron República Serenísima, manejada por una despótica aristocracia comercial (el Consejo de los Diez, primero; luego, más concentrada, el Consejo de los Tres, figuras terribles pero anónimas), y se dieron un gobierno al mismo tiempo fuerte y débil: los Dux.

El Dux era un cargo electivo y una enorme responsabilidad cívica, no era hereditario, pero duraba toda la vida y estaba controlado de cerca por aquella aristocracia comercial. En la historia milenaria de Venecia, desde los tiempos fundacionales hasta que Napoleón la clausura, se contaron 120 Dux, pero, a pesar de la alta dignidad de ser cabeza del Estado, no era una elección muy deseada: según las crónicas, de los primeros 25 Dux, 3 fueron asesinados; uno ejecutado por traición a la patria; otros 3 fueron expulsados de sus respectivos ducados y terminaron en la cárcel; 4 fueron depuestos por incumplimiento de sus funciones; uno salió corriendo al exilio; y otros 4 renunciaron. Era una dignidad, pero peligrosa.

En todo caso, fue funcional a la idea del comercio como centro de la vida política y consolidó, durante un milenio, un régimen férreo y eficiente que le dio seguridad (su ansiado aislamiento) y riqueza hasta entrado el siglo XIX, cuando todo comenzó a caerse a pedazos y surgió una nueva imposibilidad. Llegaron a levantar el que sería el mayor Estado comercial del mundo -todo el mar Adriático era conocido como el Golfo de Venecia- y el dinero de sus barcos la hizo poderosa. La República Serenísima fue la puerta de Oriente; la que llevó los vidrios de Murano hasta Persia (y trajo desde allá sus alfombras y sus sedas), hasta la Arabia y hasta la India (y volvían las naves cargadas de pimienta, brocados y terciopelos); la que le alquilaba sus naves al papa de Roma para defender la Cristiandad; la que aseguraba Occidente contra el Turco; la que resguardaba Constantinopla del Sultán; y la que, en una prueba insólita de coraje y aventura, llegó hasta el fin del mundo, al trono del Gran Kan, a quien saludó el veneciano Marco Polo, si es que de verdad existió. (En Kórcula, hoy una isla de Croacia aunque durante siglos territorio veneciano como todas las costas de ese mar, estuve en la casa natal de Marco Polo, subí las escaleras que él subió y bajé las que él bajó; miré las aguas por las ventanas que él veía el mar de sus sueños… si no fue un hombre real de carne y hueso, mereció serlo. En todo caso, debe ser el fantasma mejor documentado de la historia).

A todo cénit le sigue su nadir: cayó Constantinopla bajo las espadas de Mehmet II porque unos bizantinos se olvidaron una puertita abierta en la muralla; Vasco da Gama llevó Portugal hasta la India bordeando África; el genovés Colón llevó España hasta América; los genoveses primero, y los ingleses después, le disputaron el dominio del mar; el Golfo de Venecia se transformó en el Mar Adriático; perdieron las colonias en los Balcanes, en Grecia, en Turquía; la laguna ya no le aseguraba el aislamiento; el mundo cambiaba más rápido que sus instituciones… Perdido el rumbo, Venecia se entregó al placer, pero el hedonismo profundizó su decadencia. Voltaire -otro veneciómano- había dicho que la República Serenísima había conservado su independencia durante 11 siglos, pero para el siglo XVIII ya sólo era una máscara de carnaval: Napoleón Bonaparte, en su rearmado del mundo europeo, la invadió, depuso al último Dux (habían sido 120 Dux desde el año 697 hasta ese fatídico 1797), y entregó la ciudad a los austríacos, bajo cuyo dominio permanecería hasta que Italia se unificó y Venecia entró en el nuevo país como una provincia más.

Elogio de lo ambiguo

Todo en Venecia está teñido de la ambigüedad y de la duda, como lo atestigua el personaje de Marco Polo. Esa manera de armar el relato, más cerca del mito y de la fábula que de la historia objetiva, tiene un cierto regusto oriental, como el mismísimo carácter del veneciano -a un tiempo generoso y serio, desapasionado y duro- tan contrastante con los italianos del resto de la península. Un talante que se expresa como nadie, me parece, en el tratamiento que le han dado a la figura tutelar de esa ciudad imposible: San Marcos.

ph: Nelson Specchia
ph: Nelson Specchia

Venecia es San Marcos y su mitológico León, con alas y con las zarpas apoyadas en el Evangelio, como se lo pinta en el bíblico Libro de las Revelaciones (aunque con menos ojos: apenas dos). Las figuras de los leones pueblan los canales, los frostispicios de los palacios, las góndolas, las banderas y pendones, el ingreso al gran Arsenal, cada hoja impresa, cada indicación cartográfica. San Marcos, dice la dudosa historia oficial, se perdió navegando en su bote entre las brumas marismeñas de la laguna véneta (¿qué haría, podríamos preguntarnos, Marcos navegando por aquí?, pero un veneciano se encogerá de hombros y responderá: "Estaría pescando"); la cuestión es que, perdido en la niebla, oyó la voz de un ángel que le decía (en latín, por cierto, no en su cirenaico natal ni en el griego en que escribía): "Pax Tibi, Marce, Evangelista Meus", y esa voz de Dios a través de su mensajero angélico y su destinatario escritor se convirtió en divisa de la ciudad de la laguna. El ángel podría haberle dicho al pobre Marcos cómo salir de la niebla, ya que estaba; pero suponemos que debe haber salido, porque durante casi un milenio su tumba estuvo en Alejandría, en la costa mediterránea de Egipto, bastante lejos de Venecia. Pero que su numen reposara tan lejos de la patria que lo veneraba enardecía a los venecianos, así fue como aquel gobierno terrible y original encomendó a unos patriotas sin miedo a que fueron navegando hasta Alejandría, profanaran la tumba del Evangelista y se robaran su cadáver. Lo hicieron, sigue diciendo la historia oficial, en el año del Señor de 829. Aquel santo cuerpo, tras ocho largos siglos de entierro, debía estar bastante marchito; aun así, para burlar a las autoridades musulmanas de Alejandría, los hábiles raptores cubrieron el cuerpo de San Marcos con bolsas de carne de cerdo en escabeche, animal prohibido por el Islam y, por ello, presumiblemente una buena cobertura para el robo patrio. Lo trajeron hasta la Serenísima y lo volvieron a enterrar (sin las bolsas de cerdo en escabeche, creería) bajo el altar mayor de la gran basílica oriental, una de las iglesias más bellas del mundo, que lleva su advocación, junto al Palacio de los Dux. Hubo un "detalle": al siglo siguiente del gran hurto, en el año 976, un incendio devoró la basílica y con ella ardió el sarcófago con las cenizas del Evangelista, que se convirtieron en cenizas, valga la redundancia. Pero la ciudad imposible no podía quedarse sin su León, claro, entonces lo resolvieron, sin muchas vueltas, a la veneciana: el gobierno de la Serenísima organizó una gran misa, con toda la ciudad presente; en el momento de la Consagración se oyó un gran temblor en una columna, un pedazo de mampostería que se cae y… ¡una mano que asoma! Luego otro pedazo de columna se desprende ¡y un brazo queda a la vista!, un trozo de cal y arena se desgrana ¡y el cuerpo enterito de San Marcos, fresco, recién muerto, aparece! Toda la ciudad, con el Dux a la cabeza, canta alabanzas, vuelve a poner el cuerpo en un nuevo catafalco, y lo entierra bajo el altar, adonde se lo puede adorar hasta el día de hoy.

Con todo, uno asume esos relatos de veracidad tan dudosa y se deja fascinar por ellos, como Thomas Mann (otro de la larga lista de los veneciómanos), que le hace decir a su personaje de Muerte en Venecia, el Dr. Aschenbach, mientras persigue a su amado Tadzio por la laguna: "y entonces volvió a ver el más prodigioso de los desembarcaderos, esa deslumbrante composición de arquitectura fantástica que la Serenísima República ofrecía a las respetuosas miradas de los navegantes; la liviana magnificencia del Palacio Ducal y el Puente de los Suspiros; las columnas de la orilla, rematadas por el León y el Santo; el fastuoso resalto lateral del Templo encantado, con el portal y el gran reloj en escorzo, y ante semejante visión pensó que llegar a Venecia por tierra, desde la estación, era como entrar en un palacio por la puerta de servicio, y que sólo como él lo estaba haciendo, en barco y desde alta mar, debía llegarse a la más inverosímil de las ciudades."

Inverosímil. Ese pasado de brumas e incertezas quizás también sea el que marca el futuro de esta ciudad imposible. En la próxima nota, mientras tanto (y antes de que se hunda) contaré algunos de los colores que tiñen su presente.




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