Comuna, guerra y revolución

10.04.2026

(ecos de tres palabras)

Segunda parte


Matías Rodeiro


Guerra de Vendée. Enfrentamiento entre vendeanos y caballería republicana. Autor Paul-Emile-Léon Perboyre (arrecaballo.es)
Guerra de Vendée. Enfrentamiento entre vendeanos y caballería republicana. Autor Paul-Emile-Léon Perboyre (arrecaballo.es)

VIII. Indoamérica

…Ante semejante tragedia, nos incomodaba cierto acento festivo puesto en la rememoración del acontecimiento de la Comuna de París. Tanto como cierta estetización idealizada de su recuerdo.

Por mera sospecha provinciana, ahora se nos ocurre hacer un corte más o menos sincrónico para ver qué pasaba por acá. Y de paso revisar otras genealogías posibles de las nociones de comuna, guerra y revolución.

La primera imagen material que se nos aparece es la de Cerró Cora (1870) y los bombardeos de los cañones mitro-brasileros que sepultaban a buena parte de la tradición comunal paraguaya: de las malocas guaraníes (¿las Misiones?) a la de los comuneros de Asunción (que también prepararon su revolución de independencia) y las "Estancias de la República".

Un poco después y un poco más allá, pero en el mismo continente, refulge la brutal imagen de la destrucción de la comuna de Canudos (1897) en los sertones brasileños a manos del ejército de su naciente República. Que para justificar su empresa criminal invocaba el reflejo de la Vendée, aquellos levantamientos de los campesinos franceses de 1793 reprimidos por la Revolución de 1789. Simétricamente, los republicanos franceses reprobadores de la Comuna parisina de 1871 también la identificarían con el movimiento de 1793.

Como registrara Sebastián Torres ("Las temporalidades de la política. Marx y el enigma de la Comuna de París"), a través del trabajo sobre la Comuna de Koechlin, el 12 de abril de 1871, Jules Favre, el ministro de relaciones exteriores de la Tercera República pronuncia un discurso en la Asamblea Nacional reunida en Versalles, en el que dirige una crítica al corazón de Comuna: "'reprocha a los comunalistas el estar apegados a un ideal del medioevo. A diferencia de sus antecesores de 1793, ellos serían federalistas de la peor especie, cuya meta consistiría en destruir la unidad de Francia, en dividir a la patria en un sinnúmero de pequeños estados y en erigir un feudalismo desde abajo. Su ideal sería la Francia del siglo XI, pues cuanto más dividido se encuentre el país, mayor será el número de comunas. En un siglo en el cual todas las naciones tienden hacia la unidad, este partido de criminales osa proponer a Francia la desastrosa forma política del federalismo. Con ello no haría sino retrotraer al país hasta sus comienzos, olvidando sus propios antecedentes progresistas. Por consiguiente, no sería en realidad un movimiento revolucionario, sino extremadamente reaccionario: una verdadera Vandea [por Vendée] socialista'".

Concluye Torres que esa asociación "de la república socialista comunera [de 1871] con el movimiento popular contrarrevolucionario de 1793 que desata la Guerra de Vendée"; tenía por núcleo a la idea del "progreso moderno" encarnado por el Estado y el capitalismo. Y el rechazo a formas supuestamente pretéritas de organización feudal-comunal y gremial y de autonomías locales, "contrarias al universalismo de la revolución de 1789".

Por aquí nomás, entre 1870 y 1871, otra imagen se encarna en el despliegue de una nueva batalla de la guerra civil en Argentina. Otro levantamiento del partido federal acaudillado por López Jordán (capítulos de la "revolución jordanista" que terminarían con la figura de Urquiza). Que sería reprimido y derrotado en la Batalla de Ñaembé por el ejército de la República Argentina al mando de veteranos de la Guerra contra el Paraguay (Emilio Mitre, Gelly y Obes, Conesa, etc.), bajo las órdenes del presidente Sarmiento, quien desde el centralismo porteño decretó "enemigo de guerra" a la provincia de Entre Ríos y reos en rebelión a los federales.

IX. Burdeos, Entre Ríos, la Docta

Tras la derrota de la Comuna parisina, Carlos Marx busca afinar y ampliar la organización internacional obrera y en 1872 envía a Buenos Aires como delegado a Raymond Wilmart para consolidar la Primera Asociación Internacional de Trabajadores en Argentina.

Wilmart había participado de la experiencia de la Comuna pero, desde Burdeos. En Buenos Aires se encuentra con otros comuneros en diáspora, "restos del naufragio de la Comuna": Massenet o Marancourt (quien había sido jefe militar de la Comuna), Job y Bergeron (ligados al blanquismo); los que, según sus informes a Marx, prevalecían en las discusiones sobre los rumbos de la Asociación con posturas ligadas al mutualismo y el bakuninismo. Sobre esas posiciones que debatían los destinos del movimiento obrero, Wilmart tenía un recado particular. Los "federalistas" debían ser conjurados de la organización, tal y como se había decidido en el Congreso Internacional de la Haya de 1872 en el que además se había votado por la expulsión de Bakunin.

En su trasplante a las Pampas, Wilmart pareciera no traducir el recado y tomado en su literalidad, además de apostrofar a los bakuninistas, injertaba las tesis centralistas en la arena política local. Desencantado con la marcha de la Internacional y la recepción de la obra de Marx en Buenos Aires ("Hasta ahora no se me ha dicho nada de El Capital y yo creo que ninguno terminó la lectura, pues nadie se toma el trabajo de pensar en este país…"). No tendrá mejor idea que enrolarse en el ejército del presidente Sarmiento para reprimir en 1873, bajo las órdenes del coronel Lucio Mansilla, a otra montonera del caudillo federal entrerriano López Jordán. A la que veía como un fantoche feudal pre-capitalista, muy alejada de su anhelada civilización portadora de la racionalidad histórica que por medio de la lucha de clases entre burgueses y proletarios haría avanzar la historia hacia el comunismo.

A través de la correspondencia entre Wilmart y Marx (a la que se puede acceder en el detalladísimo trabajo de Horacio Tarcus, Marx en la Argentina...), leemos los informes del primero al segundo: "El cuadro de atraso que traza el país es desolador: Hay en la provincia de E. Ríos una revuelta federalista que resiste hasta el presente, pero que no puede traer ningún cambio, porque la constitución es federal y la única diferencia es que unos son partidarios de Buenos Aires y los otros de las provincias. Toda la política en este país es asunto de personalidades y apenas podrán creer en Europa que no solamente hay rivalidades entre los estados sino también entre las provincias".

Para rematar su cuadro de situación, Wilmart consustanciado con las tesis sarmientinas, sentenciaba: "Poco falta para que los europeos sean tratados como los bárbaros en Roma y es lo más natural darnos el sobrenombre 'gringos'… En el campo hay una desbandada desenfrenada. Sin la afluencia de extranjeros no habría ningún progreso posible, no se sabría otra cosa que montar a caballo".

El delegado de Marx perseguía a los federales y apoyaba la artera "guerra de policía" ejercida por el gobierno centralista de la burguesía portuaria. Luego, hacía 1874, en su paso por Córdoba contraería matrimonio con Carlota Correa Cáceres y también el inefable diploma de abogado, dos títulos que lo habilitarían para ejercer como hijo dilecto de la aristocracia cordobesa y de la élite argentina. Ante un homenaje a su figura realizado en el centenario de su natalicio, tras una misa celebrada en la Iglesia del Pilar, el diario La Nación comunicaba que, además, en su tumba del cementerio de La Recoleta, se descubría una placa (que no dejaba rastro alguno de su pasado comunero): "Noble jurisconsulto, académico, maestro de derecho romano, vindicador de la libertad humana (12/07/1950)".

X. Islas Malvinas

Trágico desencuentro entre el marxismo y los movimientos nacionales y populares argentinos, desde el que no obstante hacia los años '60 del siglo pasado; buscando su enmienda, surgiría el programa político-intelectual de Jorge Abelardo Ramos y de la llamada corriente de la izquierda-nacional.

Para Ramos solo había posibilidad de que el injerto marxista echara raíces y diera frutos si se lo plantaba en los surcos de los llanos montoneros y las luchas nacional-populares. "Marx si y solo sí a través de Facundo Quiroga y / o Simón Bolívar".

Para ser socialista en nuestra América, aseveraba uno de los maestros de Ernesto Laclau, "se debe partir de lo argentino y más aún de lo latinoamericano. Desde esa posición se debe procurar la hegemonía decisiva de la clase trabajadora y los trabajadores intelectuales en el proceso económico y social". Eso suponía la crítica al "izquierdismo banal y abstracto" producto de la "izquierda portuaria" que había conducido las direcciones centrales y los posicionamientos del comunismo y el socialismo en la Argentina; repitiendo la versión mitrista de la historia.

Algo más taxativo, luego aseguraba que "los creadores de la izquierda nacional, así como los nacionalistas, hemos vivido en una Argentina cosmopolita. Bebimos nuestra doctrina en los libros de Marx, Lenin, Trotsky, Stalin, Mao, etcétera, según la edad y las circunstancias. Los nacionalistas a su vez, seguían a un partido de la monarquía como Maurras, o reaccionarios como Rivarol o Burke, hasta que decidieron buscar fuentes en los caudillos del interior, Rosas y otros. Estas fuentes eran más genuinas para sus doctrinas cristiano-céntricas. Esto sucedió con Irazusta, Ernesto Palacio, Pepe Rosa y algunos más. Nosotros –enfatizaba Ramos- abandonamos la Comuna de París y las revoluciones europeas. Buscamos entonces nuestras raíces en la sociedad argentina".

La fusión Marx-Facundo abrió vetas más que interesantes en el camino de intelección hacia los intentos de la revolución. Y a partir de ella Ramos se convierte en autor de una obra notable (por nombrar sólo un libro: Historia de la Nación Latinoamericana, 1968), crítica de las linealidades, abierta a lo "desigual y combinado" y sensible a las paradojas. Pero, reparamos en la fecha en la que Ramos (en "Reportaje a Jorge Abelardo Ramos," realizado por Américo Torchelli. Publicado en la revista Status N° 60. octubre 1982) subrayaba que la clave era abandonar el modelo de la Comuna de París y las revoluciones europeas para buscar raíces de la revolución en la sociedad argentina. La fecha, decíamos, era octubre de 1982.

En abril de aquel año, la dictadura militar embarcaba a un ejército de soldados desnudos hacia las Islas Malvinas. Incursión a la que Ramos desde su periódico Patria Grande saludaba como "uno de los grandes momentos de la emancipación americana". En otro comentario del mismo año, para justificar su afirmación, Ramos insistiría con la fórmula que impugnaba los yerros de Wilmart: "¡Cómo para entender la guerra de Malvinas con un sistema cultural que reposa en el dilema sarmientino de civilización o barbarie, que según cabe imaginar sitúa la barbarie en América y la civilización en Europa! Se trata del mismo Sarmiento que había escrito al general Mitre: 'No ahorre sangre de gauchos. Es lo único que tienen de humano'. A su lado, ¿podrían entender la guerra con Inglaterra los izquierdistas portuarios, tan alejados del drama argentino como los terratenientes que vivían en Europa?".

Entonces: abandonar la Comuna, abrazar la Guerra y esperar la Revolución. La traducción de Ramos para interpretar aquella guerra, antes que una traducción virtuosa, era más bien "abstracta y banal" (cuando no delirante). Los mandos del ejército en funciones, entrenados para la lucha contrarrevolucionaria en la Escuela de la Américas y vencedores de las fuerzas revolucionarias que habían optado por la lucha armada. Además, eran desmanteladores del movimiento obrero organizado, administradores de un plan de entrega y miseria planificada; y ejecutores sistemáticos de un genocidio que expandía el terror sobre todos los cuerpos y las almas del pueblo argentino. En la fórmula de Ramos, ese Ejército, por el sólo hecho de pisar las Malvinas; se convertiría en el "sujeto de la historia". La guerra dizque antiimperialista, en una carambola de solidaridad latinoamericana, trasmutaría en revolución continental.

Ramos no estuvo solo, sus ex camaradas y rivales de querellas trotskistas, trazaron en la pizarra una ecuación semejante. Política Obrera y el Partido Socialista de los Trabajadores, caracterizaron a la guerra como un enfrentamiento entre un país imperialista y un país oprimido y, por lo tanto, como anticolonial y antiimperialista. En el desarrollo de la guerra, la movilización de la clase obrera derrocaría a la dictadura y de allí en más todo quedaría allanado para la revolución.

Reaparecía en esos cálculos algo de la matriz leninista post-Comuna (de transformar la guerra en revolución) pero, no como análisis concreto, si no como fórmula, consigna o deseo abstracto. Cierto que en Ramos también operaba una interpretación del Marx revisionista del proceso de consolidación de algunos estados-nacionales de la periferia europea. Por ejemplo, el de la Alemania de Bismarck que habría cumplido sus "tareas nacionales" a través de los "rudos militares prusianos". Aquellos vencedores en la guerra franco-prusiana de 1870-71.

XI. Southampton

Rosas, prócer antiimperialista por su conducción de la resistencia ante los intentos de invasión anglo-francesa y tótem centralista del partido federal argentino; derrotado y exiliado en Gran Bretaña, según su correspondencia exhumada por sus biógrafos Ibarguren e Irazusta, definió a los contornos de la Comuna de París y sobre todo a la Internacional de Trabajadores como promotoras de "una sociedad de guerra, y de odios, que tiene por basa el ateísmo y el comunismo; por objeto la destrucción del capital y el aniquilamiento de los que poseen por medio de la fuerza bruta del gran número que aplastará todo cuanto intente resistirle".

Para Rosas ese era el programa comunista "que con cínica osadía han propuesto los jefes a sus adeptos, lo han enseñado públicamente en sus Congresos e insertado en sus periódicos. Sus reglas de conducta son la negación de todos los principios sobre que descansa la civilización". Ante semejante panorama, Rosas previamente a los días de la Comuna ya proponía como antídoto la restauración y el fortalecimiento de las monarquías católicas y de sus ejércitos a través de la conformación de "una Liga de las naciones cristianas, del tipo de la Santa Alianza y presidida por el Papa".

Contrario a los desgarros que provocan las guerras civiles y la anarquía; motivos que sustentaban tanto su estrategia de centralización (o suma) del poder como la dilación en la sanción de una Constitución. Rosas, con esas opiniones, quizás inauguraba la tradición del anti-comunismo en la Argentina. Aunque, al mismo tiempo, como alguna vez apuntara José P. Feinmann, también inauguraba la tradición del "equilibrio de clases"; advirtiendo sobre las posibles consecuencias que acarrean los riesgosos desequilibrios a los que tiende el Capital. "La plebe sigue su camino insolente. Pero es que los gravámenes continúan terribles. Los labradores y arrendatarios sin capital siguen trabajando sólo para pagar la renta y las contribuciones. Viven así pidiendo para pagar, pagando para pedir".

Soldados del Chacho Peñaloza tomados prisioneros por Irrazabal (Archivo General de la Nación)
Soldados del Chacho Peñaloza tomados prisioneros por Irrazabal (Archivo General de la Nación)

XI. Los Llanos riojanos

El comunista Wilmart perseguía a los federalistas. Y los comuneros argentinos se oponían a los centralismos, también al de Rosas. Volvamos pues al yerro de Wilmart y a la clave de Ramos: montoneras y revolución.

Desde documentos de época recabados entre 1862 y 1867, nos referimos a censos, petitorios, registros de contribución y fojas judiciales de la provincia de La Rioja (que nutren una investigación esclarecedora de A. de la Fuente, Los hijos de Facundo) leemos: "Carrizo, José: Labrador, Comunero, Rebeliones: 1862, 63, 67. Castro José: Labrador, Comunero, Rebeliones: 1862, 63, 67. Olmedo Cesario: Labrador, Comunero, Rebeliones 1867. Cabrera, Esteban: Labrador, Indio". Se trata de la descripción sociológica de los líderes de las montoneras federales que acaudillaba el Chacho Peñaloza. Entre los gauchos que fueron movilizados y ocuparon las filas inferiores en las montoneras, la investigación que citamos arroja que se trataban de: labradores, trabajadores en haciendas (peones o jornaleros), mineros y zapateros. "Ninguno de esos montoneros era propietario".

En la entrada del cuadro correspondiente a los integrantes del partido unitario leemos: "Barros Casale: Dueño de mina. Dávila Domingo: Hacendado y Juez departamental. González, J.: Hacendado y Comandante. Gordillo, Santiago: Recaudador de impuestos". Es decir, había una división étnica y de clase entre los seguidores de las causas unitarias y federales. Estos últimos, el Chacho Peñaloza incluido, además solían identificarse como "comuneros".

El status de comunero provenía de prácticas, usos y costumbres que designaban a indígenas dueños de tierras comunitarias. Pero sobre todo a formas jurídico-políticas heredadas desde España, particularmente desarrolladas en Los Llanos riojanos entre los criadores de ganado. El título de comuneros era un título de "acción y derecho a los terrenos comunes y al agua". Y en la práctica suponía la administración común de pasturas, agua e instalaciones. Aunque, el título era individual, del mismo modo que lo era la propiedad del ganado y la contribución impositiva de cada comunero (Lucrecia Martel acaba de estrenar un documental basado en el asesinato, acometido un 12 de octubre de 2009, del comunero Chocobar, integrante de la comunidad Los Chuschugasta en Salta).

De La Fuente sostiene que "esta forma de tenencia de la tierra y de administración de los recursos implicaba una red invisible y casi infinita de relaciones entre comuneros en Los Llanos cuya influencia en las prácticas sociales es difícil de calcular". Pero, entre esas influencias, claro está, habría que computar a una de las condiciones de posibilidad de las montoneras que también –o, sobre todo- eran una forma de hacer la guerra y la revolución. Y además condición para que "la idea federal" fuera para gran parte del pueblo argentino "el credo y el programa de lucha franca durante largos años".

Si bien el uso y la genealogía de esta acepción de la voz comuneros, pareciera diferente a la que se acuñó en París para la misma época. Y que desde el estudio recién referido además sería algo específico del federalismo argentino. Lo cierto es que esa voz: "comuneros", pareciera venir desde muy lejos. Según nos anoticiamos por el libro El federalismo argentino (1899) de Francisco Ramos Mejía. La voz provenía desde lo que será España, incluso desde antes de los Reyes Católicos. Producto de pautas de "vida comunal" (la tradición foral, los concejos, los cabildos, la autonomía de los "pueblos", etc.) que se perseverarían por siglos y se trasplantarían al suelo americano.

Por esa línea quizás la voz "comunero" se desenvolviera en la Argentina desde la proclama "¡viva el común!", potente en el medioevo hispánico. También desde la "Rebelión de los Comuneros", ocurrida en el reino de Castilla entre 1520 y 1521.

Breve excurso hispano: El comentario anterior nos lleva a preguntarnos por recorridos que, por ejemplo, vinculen a la Comuna de Paris de 1871 con la Primera República española (1873-1874). Quizás a través del pulimiento de la idea de "federación" que, entre otros, tallarán Bakunin y los hermanos Reclus. Figuras que impulsaron la expansión del internacionalismo en España desde la Alianza Internacional de la Democracia Socialista (sociedad secreta dentro de la AIT). Particularmente luego de 1868, cuando tras la revuelta conocida como "La Gloriosa" se puso fin al reinado de Isabel II; abriendo las puertas al sufragio con la Constitución de 1869.

Fuera del corte sincrónico que realizamos para ver qué pasaba por acá y otra vez desde Europa se nos aparecen: Guernica y Picasso. Fin de la Segunda República española, revolución comunal (embrollada entre anarquistas, socialistas y marxistas), aplastada por un bíblico diluvio de bombas lanzadas desde aviones-crucifijos. Revolución transfigurada en guerra civil en el engarce con la Segunda Guerra Mundial.

Esa tradición comunalista también ingresó al ideario anarquista, a punto tal, que las comunas medievales (federaciones, gremios, hermandades, juramentos de ayuda mutua), deslumbraron al federalista Kropotkine, quien llegó a considerarlas como la forma de organización política forjadora de una de las etapas más plenas de la humanidad.

Desde estos desvíos filológicos y desde la madre España nos preguntamos si el "vive la commune" parisino arrastraba ecos de esas significaciones hispánicas que, además, claro está, se engarzaban con el más silvestre concepto de municipio. Pregunta para atrás, para la historia de los conceptos. ¿De dónde provenía la voz comuna que pronunciaban los comuneros de parís en 1871? Para adelante muy posiblemente en y a través de ese acontecimiento, comuna mutará en o se fusionará con: comunismo.

Kropotkine fue además un referente intelectual de los contornos anarquistas de La Comuna de Paris de 1871 y autor de un trabajo de balance sobre la misma, fechado en 1881. "…La Comuna de 1871 no podía ser más que un primer esbozo. Nacida al final de una guerra, rodeada por dos ejércitos dispuestos a darse la mano para aplastar al pueblo, no osó lanzarse completamente a la vía de la revolución económica, no se declaró francamente socialista, no procedió ni a la expropiación de los capitales ni a la organización del trabajo, ni siquiera al censo general de todos los recursos de la ciudad. Tampoco rompió con la tradición del Estado, del gobierno representativo, y no intentó realizar en la Comuna esa organización de lo simple a lo complejo que inauguró proclamando la independencia y la libre federación de las Comunas. Pero… sabremos también que la próxima revolución, en Francia y ciertamente también en España, será comunalista, retomará la obra de la Comuna de París allí donde la han detenido los asesinatos de los versalleses (La Comuna – La Comuna de París, 1881).

En su recuento, Kropotkine además advertía al futuro de la revolución sobre una "laguna lamentable" en la praxis de la Comuna, "que nada, o casi nada, se ha hecho por el campo. Toda gira en torno a las ciudades. El campo parece no existir para los trabajadores de la ciudad. Incluso los oradores que hablan del carácter de la próxima revolución evitan mencionar el campo y el suelo".

En 1873 Wilmart desencantado de la realidad argentina, se quejaba ante su jefe político Carlos Marx, "…En el campo hay una desbandada desenfrenada. Sin afluencia de extranjeros no habrá ningún proceso posible, no se sabría otra cosa que montar a caballo…". En 1868, trabajadores de a caballo, obreros de los Astilleros en la ruralidad correntina, cesaron actividades cuando se negaron a construir barcos que iban a ser utilizados en la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay. En el marco de las montoneras federales que se oponían a esa guerra y al centralismo porteño; acometían la primera proto-huelga argentina.

De los montoneros a los anarquistas (Carlos Pérez editor), contra la historia liberal y los revisionistas (de las derechas y las izquierdas), fue la hipótesis de traducción de David Viñas trazada en 1971. "De ahí que los montoneros, si por un lado –en lo inmediato- fueron derrotados, por el otro, en una perspectiva de larga duración- resulten precursores-. Las montoneras no son programa como parece suponer los revisionistas, pero si precedente, incluso hay enseñanzas que se pueden extraer de su lucha. Están ancladas en su tiempo, pero al mismo tiempo pueden saltearlo".

El libro, dedicado a "la memoria de Simón Radowitzky", comenzaba trazando un "mapa mundial del imperialismo entre 1860 y 1870, Y atravesaba y unía las estaciones: El Chacho y la montonera; Felipe Varela y la rebelión de las provincias; López Jordán y el ejército represivo; De esclavos a huelguistas; Los anarquistas: acción directa contra estado de sitio; Radowitzky y Falcón. Y se concebía como el primer volumen de una colección: "Rebeliones populares argentinas". El segundo volumen: De la Semana Trágica al Cordobazo, nunca salió a la luz porque los originales fueron desaparecidos junto con su editor Carlos Pérez.

En 1941 a setenta años de la Comuna de París el médico y militante anarquista Juan Lazarte (quién en su paso por Córdoba, en los días de La Reforma de 1918 fue dirigente del ala "anarco-bolchevique" de la Federación Universitaria y director de La Gaceta Universitaria), en la revista Hombre de América publicaba una serie de artículos en la que abonaba la hipótesis comunera y montonera de la revolución argentina.

Esgrimía las tesis de la "tradición comunalista argentina" como la base necesaria para reconstituir la nación a través de un federalismo auténtico, y además las sostenía en citas como las que le proporcionaban Los Comuneros (1940) de Germán Arciniegas, o las tesis sobre los orígenes del federalismo argentino de Francisco Ramos Mejía (El federalismo argentino: fragmentos de la historia de la evolución argentina, 1889). "… ¿qué fue la guerra de Independencia sino federalismo? Y del federalismo puro, porque negaba el imperio monárquico, el Estado, y el parasitismo de conquista, así como, cualquier otro". Años más tarde, en su ensayo titulado La solución federalista (en la crisis histórica argentina), editada por la editorial Reconstruir y prologada por Carlos de La Reta, en 1957, Lazarte escribía, "¿Por qué elige Sarmiento a Facundo? Por ser él la Argentina, las provincias, lo telúrico y determinante. ¿Por qué no elige a Buenos Aires en lugar de las llanuras riojanas y los arenales de San Luis y San Juan? Porque allí, con su intuición genial había señalado nuestro verdadero ser colectivo…". Las tesis federalistas y comunalistas de Lazarte además estaban atizadas por la experiencia de la Segunda República española (1931-1939).

XII. Por la pampa gringa y los yerbatales

"De los montoneros a los anarquistas", decíamos fue la hipótesis de traducción de David Viñas en 1971. Por esos años, a un exacto siglo de la Comuna de París, Viñas además participará de la redacción de la revista Comuna. Publicación que pertenecía al Partido Comunista Revolucionario (PCR), en cuya página oficial se le atribuye el nombre de la revista a una iniciativa del propio Viñas, "en homenaje a la Comuna de París de 1871, la primera experiencia histórica de dictadura del proletariado". Acaso el homenaje fuera entre París y China, y las comunas invocadas también aludieran a las comunas rurales imaginadas por Mao como núcleo de la revolución popular china. Inspiración principal del PCR y que algunos años antes también concitaron la atención del filósofo Carlos Astrada. Quien previamente había pasado su marxismo por el anarquismo, el nacionalismo y por el mito gaucho. Este último, también había rozado la imaginación de anarquistas como Ghirarldo y algunos otros anarquistas que tradujeron las derivas de la lucha de clases a la gauchesca, sobre todo, en ámbitos rurales.

Hacia 1971 Plácido Grela el gran historiador del Grito de Alcorta publicaba algunos artículos sobre la historia de la clase obrera y sobre el centenario de la Comuna de París. Entre esos textos, hay uno en el que al evocar un acto del 1° de mayo de 1890 en la ciudad de Rosario, encontraba juntos entre los oradores a Virginia Bolten y a Arturo Dupont.

Sobre la primera Bialet Massé, al describirla diría de ella: era "la Louise Michel Argentina". El segundo, además de compartir estrado y credo ácrata con Bolten, había sido propiamente un comunero de París de 1871, y se dice que en medio del agite llegó a hacer de correo entre su padre Eugène Dupont y Louise Michel.

Dupont no combatió montoneras, en la diáspora de la Comuna, tras un paso por Villa María, recayó en Rosario y luego hizo pie en Casilda donde en el medio rural de la pampa gringa hizo todo el cursus honorum de la lucha de clases: organizando sindicatos de panaderos, carreros, cocheros, obreros rurales; participando de los debates de la FORA, y hasta en la fundación de la sección local del Partido Comunista.

También formó a cuadros como a Marcos Kanner (Sarambí), organizador de los mensú de los yerbatales de Misiones y Paraguay, entre cuyas hazañas se cuenta su participación en 1931 de la toma (por unas horas) de la ciudad paraguaya de Encarnación, en lo que se evoca como "la primera comuna libertaria de América". Hecho inspirado tanto en las ideas de Rafael Barret como en la Comuna de París de 1871.

Otra de las figuras influenciadas por el comunero Dupont fue el obrero foguista, líder gremial ferroviario y dirigente comunista: Florindo Moretti. Quien en julio de 1923 fue elegido representante del Partido Comunista de Casilda y de Tucumán ante el V Congreso del Partido realizado en Buenos Aires, en el que planteó la discusión sobre la cuestión agraria (en Arturo Marcos Lozza, Tiempo de huelgas: los apasionados relatos del campesino y ferroviario Florindo Moretti sobre aquellas épocas de fundaciones, luchas y serenatas, 1985).

Moretti recordaba a Arturo Dupont: "Nos abrió este comunero francés la perspectiva de la revolución. Lo mirábamos con admiración y respeto… Con él empecé a saber la Comuna, el heroísmo del proletariado parisino y cómo eran fusilados en hilera en los muros de Père Lachaise​ con la derrota…".

Ilustración: fuente elhistoriador.com.ar
Ilustración: fuente elhistoriador.com.ar

XIII. Comuna, guerra y revolución

En la apertura de las sesiones del Congreso Legislativo, en mayo de 1874, el presidente Domingo Faustino Sarmiento, se lamentaba por el costo millonario de la guerra contra el Paraguay. Aunque consideraba a ese gasto no sólo como "legítimo" si no como "digno", en tanto, provenía de "obligaciones que nos impuso la necesidad de defender nuestros derechos". A renglón seguido, proseguía su balance: "Lo que nada puede justificar, lo que debemos denunciar como un oprobio, es el pago de las guerras civiles…"; millones "invertidos en sofocar las rebeliones de Jordán" y otros. Se indignaba el presidente porque esa suma, decía, era "fruto del sudor del pueblo" y se disipaba por las acciones de aquellos "caudillos anarquistas".

Poco después, en el discurso, le tocaba el turno del escarnio a la prensa opositora (entre la que se pudiera suponer a la ejercida por José Hernández). Y la vara de medida y de castigo no era otra que la de los "energúmenos de la Comuna de París". "Entre las libertades que aspiran a conquistar los energúmenos de la Comuna de París, era una la prensa irresponsable, y aunque no permitieron a sus contrarios esa libertad una hora siquiera, ignoraban que en la República Argentina se halla establecida de hecho, proclamando revoluciones sin recato alguno, inventando las calumnias más atroces contra los altos funcionarios públicos... patrocinando la resistencia a las autoridades constituidas".

Los "energúmenos de la Comuna" para Sarmiento harían de la libertad de prensa un derecho al guillotinamiento. Unos años antes y por los mismos motivos por lo que Sarmiento condenaba a los communards de 1871, Alberdi amonestaba a Sarmiento y lo calificaba como inapto para habitar las letras de la nueva etapa de la Constitución (federal) del 1853. Porque su escritura periodística y su estilo de escritura fomentaban la discordia y la guerra, era, expresaba Alberdi del sanjuanino: un "gaucho malo de la prensa"; es decir, un montonero o communard (aunque unitario o liberal).

Desde hace tiempo desencantado con los franceses, de sus ideas y sobre todo de sus revoluciones permanentes (de su "manía revolucionaria"); enamorado de los Estados Unidos, donde "no hay revoluciones"; Sarmiento en otra alocución, ya como senador por San Juan, el 6 de julio de 1875, se manifestaba: "yo no acepto el extremo de la revolución".

El alegato, en gran medida era un esbozo de teoría sobre las revoluciones a través de un ejercicio de política comparada, sobre todo entre los Estados Unidos (que traen en la 'sangre' y en los 'huesos' las ideas de orden y libertad unidos") y Francia. Aunque el trasfondo respondía a las secuelas de otro episodio de la guerra civil o la lucha de facciones en Argentina. La llamada "revolución de 1874", un levantamiento armado del Partido Nacionalista, acaudillado por Mitre, Arredondo, Rivas, Francisco Borges (abuelo de Jorge Luis), con el apoyo de las tropas del cacique Catriel. Se sublevaban contra el gobierno nacional (entonces a cargo de Avellaneda), desconociendo los resultados de las elecciones a diputados nacionales por supuesto fraude.

Si bien el motín lo protagonizaba su (hasta hace instantes) socio de causa, el civilizado Mitre; Sarmiento, ofuscado, en este caso ponía en el mismo plano a los mitristas, los jordanistas y a los caciques Pincen y Calfucurá. "El espectáculo de los alzamientos viene repitiéndose hace medio siglo, con los mismos caracteres e idénticas formas, y sin otras variaciones que nombres y pretextos diversos… Pincen… Jordán u otros que intentan hacer pampa rasa de la Constitución y las leyes, pues esos solos son los que perturban la paz o tranquilidad".

Y ante la posibilidad de darles amnistía a Arredondo y Rivas (cosa que sucedería el 26 de julio de 1875); Sarmiento se lamentaba que entonces serían "nuestras leyes…, nuestras ideas y nuestras costumbres" las que "fomentan alzamientos, habrá rebeliones de Jordán, motines de Rivas y asonadas de Arredondo".

Paradójicamente, como la enfermedad, la cura vendría del ejemplo francés. "Restablezcamos el sentimiento del deber en el ejército y reposemos tranquilos del temor de revoluciones. Esta enfermedad endémica de casi toda América del Sur ha perdido la fuerza de su virus desde que ha sido cauterizada en Francia, desde donde se propagó ahora a 80 años…". La "cauterización" era la represión de la Comuna parisina de 1871. "La Asamblea francesa no se ha ocupado hasta hoy en dar una ley de amnistía a los millares de deportados a Caledonia, donde cumplirán las penas a que han sido condenados".

El sofocamiento de la revolución de París, "trajo por resultado la destrucción de la Comuna, que venía desde el '93 [1793] deshonrando la libertad, trajo el gobierno septenal para ahogar la anarquía y la República al fin moderada". Louis Adolph Thiers el que primero armó a quienes se convertirían en comuneros y luego los masacró despiadadamente con el ejército francés y la complicidad del ejército prusiano (ahora "amigo"). Elegido presidente de la Tercera República, al pregonar: "Paz, orden y libertad" se convertía en nuevo modelo de Sarmiento. "Soy liberal limitado como el ilustre Thiers, proclamó la república 'moderada', es decir, limitada, la única que podría salvar a Francia de los furores de los republicanos rojos, inmoderados…".

Pero la evocación de la sombra terrible de Sarmiento, en realidad, nos remite a otra de sus inquietudes, acaso a su pregunta más importante, la que estructura su Facundo: ¿Por qué la revolución (de 1810) se transfiguró en guerra civil? Pregunta inversa a la que se convirtió en el programa de Lenin tras su lectura de la derrota de la Comuna de Paris: transfigurar la guerra civil en revolución.

Integrantes de la guerrilla del Che (misiones.cubaminrex.cu)
Integrantes de la guerrilla del Che (misiones.cubaminrex.cu)

XIV. Bolivia

"Si regresamos en la crónica intelectual al vasto pensar latinoamericano, es en el Facundo de Sarmiento de mediados del siglo XIX donde se tiene la primera escritura política de orden fundacional sobre la Argentina en que la experiencia de la revolución para el autor devino 'enigma', 'revolución desfigurada', revolución que caníbalmente se habría comido a sí misma juntamente con una 'sociedad desaparecida'. Es decir, desaparición de la revolución genuina que había nacido en 1810 como hecho esencialmente cultural, político-militar civilizatorio…". Nicolás Casullo, autor de esa cita, pensador de la izquierda peronista y en su momento militante de Montoneros; antes de su exilio, como varios cuadros, criticó severamente la deriva militarista de la organización y rompió con ésta. Desde el exilio tomó como uno de sus motivos vitales de reflexión la cuestión de la revolución.

Años más tarde, en un ensayo que forma parte de su libro Las cuestiones se preguntaba por la derrota o fracaso de la revolución e invitaba a pensar en nuevos horizontes, pero no abandonando la revolución sin más, si no con "la revolución como pasado". No se trataba de una reflexión sólo coyuntural ni de un balance de la historia reciente. "La emblemática revolución socialista o comunista pensada como pasado es un dato crucial en el proceso de caducidad de los imaginarios que presidieron la modernidad. Dato crucial hoy, cuando muchos avizoran el epílogo del sueño ilustrado moderno que tuvo durante tres siglos el proyecto de hacer-rehacer la historia para la emancipación social del hombre".

En otro capítulo del libro (Historia y memoria) que ya hemos citado, la reflexión sobre la revolución adquiere otro matiz, enfatizado por Ricardo Forster: "el tema de la revolución fracasada", abierto por Sarmiento y retomado por J. W. Cooke. "En ese mismo texto citado, y como para reafirmar ese uso de los extremos como mecanismo iluminador, Casullo establece una relación, sin dudas extraña para el sentido común prevaleciente, entre Sarmiento y John W. Cooke allí donde ambos hombres intentaron dar cuenta de aquello que ahogó a la revolución. Mientras que el sanjuanino leyó la historia argentina como el resultado, en gran medida, del fracaso de la Revolución de Mayo pensada como portadora de los ideales civilizatorios, Cooke pretendió reordenar una lectura del proceso argentino desde 1955 en adelante sobre la base de la figura de la revolución vencida que desarticuló el movimiento de masas. La interpretación se sustentó –escribió Cooke– en que 'dicha revolución fue derrotada por la represión y la barbarie militar, pero contó con la desbandada, huida, y claudicación de los cuadros de gobierno, políticos burgueses y gremialistas del propio peronismo'. A esa comprensión cookeana del fracaso de la revolución, Casullo la pondrá en juego dialéctico con el pesimismo sarmientino, de ahí la conclusión que extraerá: 'Tanto en la visión examinadora de Sarmiento como en la de Cooke, separadas por más de un siglo de distancia, se destaca el soporte reflexivo de la figura de la revolución revocada'".

Sobre ese fondo, en ese espacio-tiempo en suspenso se habita la pregunta por nuestros pasados y nuestros porvenires. Para Cooke, la revolución del '45 produjo la caducidad del orden político que la precedía, pero fue derrocada y debió pasar a la resistencia, estadio que quién sabe si hemos abandonado. Sobre la figura de la revolución revocada, en la incomodidad de esa dialéctica suspendida, "maldita", Cooke pensó en las estrategias para la revolución argentina y americana.

Pero, volviendo a nuestros temas: Comuna, guerra y revolución. Cooke también dejó otro punteo inquietante. Al poco tiempo de que el Che Guevara encontrara la muerte en Bolivia (1967). Cooke esbozó unos apuntes para reflexionar sobre el significado de ese holocausto. Y más en general sobre la idea de la muerte (¿política? ¿revolucionaria?). Tema que por cierto también fuera abordado por el Che, por ejemplo, cuando a quienes protagonizarían la experiencia del Ejército Guerrillero del Pueblo en el monte salteño (1962-63), les habría dicho: "Bueno, aquí están: ustedes aceptaron unirse a esto y ahora tenemos que preparar todo, pero a partir de ahora consideren que están muertos. Aquí la única certeza es la muerte; tal vez algunos sobrevivan, pero consideren que a partir de ahora viven de prestado".

Cooke, decíamos, había dejado unos "Apuntes sobre el Che". Los mismos quedaron inconclusos en estado de borrador y fueron rescatados, anotados y publicados por su compañera Alicia Eguren, a un siglo de la Comuna, en 1971, en entregas de la revista Nuevo Hombre. En uno de los apartados de esos apuntes, en los que Cooke elaboraba una teoría del partisano y una meditación sobre el sentido de la muerte del Che en Bolivia; reaparecía la Comuna de París.

Lo hacía desde un costado, quizás, inesperado: el de su poética. "Rimbaud, depuso de cantar a la revolución futura y de participar en la Comuna, renuncia a la poesía y busca aniquilamiento de su condición humana en el abandono de todo principio moral. Verlaine, también communard cambia los tonos esperanzados de su poesía…". El apartado comenzaba con el siguiente título: "El poeta maldito". En la nota aclaratoria de Alicia Eguren se lee: "El tema pertenece a uno de los últimos puntos (creo que al último) del plan inicial del trabajo… Ávido lector de la literatura francesa de la Comuna. Tropieza con un tema más o menos desconocido…".

Continúa la nota de Eguren (que se solapa con la pluma de Cooke), el tema es que aquellos poetas "habían sido combatientes derrotados en la batalla de la Comuna". Apuntaba Cooke, "Los casos más ilustres forman parte de una tendencia general que afectó a todos los grandes artistas del siglo XIX cuando vieron que las grandes transformaciones por las que venían luchando y que habían parecido inminentes se transformaban en imposibles, la burguesía había aplastado a las fuerzas populares con las que se habían aliado para combatir al orden monárquico y consolidó su dominación. El fracaso de las insurrecciones del '48 y de la Comuna de París, produjo en los artistas, el desgarramiento de una sociedad que aventó las esperanzas revolucionarias; hizo caer en ellos estrepitosamente el mundo de los valores, en el que habían creído y los puso frente a la realidad de una sociedad de la que eran marginales".

Cooke trazaba una línea entre el Che y los poetas malditos. El Che era la Comuna, aquellos poetas su abandono. Y en ese desertar, con su poesía estetizarían la idea de la muerte y sembraban el nihilismo. "Estos cantaron a la muerte… Él no la cantó ni la llamó líricamente. Le salió al encuentro. Él buscó lógicamente y activamente la muerte que aquellos cantaron y conocieron líricamente… De acuerdo con los datos la actitud del Che es antitética con la de los grandes obsesionados por el Ángel de la Muerte…".

Desde la fusión Che-Comuna ya no habría lugar para la poesía (maldita). En 1971 Morrison, lector de Rimbaud, moría en París a un siglo de la Comuna, hoy descansa junto a los comuneros en Père Lachaise.

Los sobrevivientes apuntes de Cooke sobre el Che, la Comuna y la revolución, tienen una extraña configuración de subtítulos o frases truncas, que bien pudieran convertirse en un poema que ponga fin a este palabrerío:

(A desarrollar) El repudio a la vida, la fascinación por la muerte, fue una de las formas en que se expresó la reacción de todo el movimiento artístico frente a las consecuencias de la derrota.

Los poetas buscaron la fuga, pues ya no era posible alcanzar la victoria.

…El asma.

…Abandona funciones de gobierno para tentativas más difíciles aún.

Cálculo: proporción entre el valor del Che para la causa revolucionaria y los riesgos a que se expone en Bolivia.

…Valía la pena? Por qué lo hizo?

…Guerrilla. Cuba.

Asma

Su muerte: El final consecuente de una vida vivida en el grado extremo de la intensidad; corolario inevitable, despojado de todo signo funeral.

Ideas sin práctica. Práctica sin ideas. El Che es una síntesis creadora constante.

La Historia: Voluntad humana Tiempos de esplendor

Contingencias, no inútil riesgo deliberado

Tiempos opacos y de esplendor

Cada uno está comprometido con su generación, esta es nuestra verdad.

Pacto con el presente y con el porvenir.

El hombre nuevo y el Che. Esto será, en fin, lo fundamental.

Las palabras y las acciones.

Falta desarrollar: Amor, vida.

Amor, compasión.

No mentar el nombre de la revolución en vano.





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