Travellings
Venecia, la ciudad deseada
Nelson Specchia

En un número anterior de Tierra Media, al presentar un bosquejo histórico y cultural de la Serenísima República fundada sobre la laguna véneta, confesaba mi manifiesto amor de siempre por esas callecitas entre aguas que simulan ser eternas, al tiempo que argumentaba que la masividad de sus visitantes está empujándola a la inhabitabilidad (ver: Venecia, la ciudad imposible, Tierra Media 35, mayo de 2026); también, al final de aquella nota, prometía una continuación donde presentaría algunas de las perlas que todavía es posible hallar entre el fango de los canales y las avalanchas humanas que escupen diariamente los aviones, las autopistas y los cruceros. Y esas perlas (arquitectónicas, sinfónicas, cinematográficas, museísticas y eclesiales) siguen brillando, quizás, porque la metamorfosis de la Serenísima, desde la delicadeza -etérea y vaporosa- de la ciudad flotante, hacia este decorado de tramoya para el mega turismo, puede que esté inscripta en su mismísimo ser urbano y social. Como dice mi admirada maestra en la literatura de viajes, Jan Morris: "no tardé en descubrir que Venecia, llena de turistas, era bella de otra manera, una eficiente máquina comercial, lo que, si se piensa bien, no está tan alejado de lo que siempre fue…"
Porque el "Stato del Mar" que durante seis siglos consolidó un imperio marítimo cuyo poder soberano se extendía por todo el Mediterráneo oriental, sus costas, sus islas y sus fortalezas, controló medio mundo a través de sus mercaderes: fueron los comerciantes venecianos los que planearon esa expansión, construyeron las naves, surcaron los mares y establecieron las factorías y los enclaves de intercambio de mercancías con los que mantuvieron el control durante medio milenio. Y es aquel espíritu mercantil el mismo con el que hoy reciben, en el reciclado mercado del turismo globalizado, a las centenas de miles de visitantes que la siguen eligiendo. Que la eligen porque, a pesar de su imposibilidad objetiva, Venecia sigue siendo la ciudad deseada: "Vedere Veneto e poi morire", como, entre tantos y tantos, dejaron su deseo por escrito Petrarca, William Shakespeare, Dante Alighieri, Michel de Montaigne, Jean-Jacques Rousseau, Johann Wolfgang Goethe, Montesquieu, lord Byron, George Sand, Charles Dickens, Théophile Gauthier, Robert Browning, Edmont de Goncourt, John Ruskin, Mark Twain, Anton Chejov, Lucio V. Mansilla, Henry James, Marcel Proust, Gabriele d´Anunzio, Herman Hesse, Ernest Hemingway, Thomas Mann, John Norwich, Hippolyte Taine, Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges (un laberinto lo recuerda, en los jardines del antiguo monasterio benedictino de la isla San Giorgio), Tiziano Scarpa, Félix de Azúa, Joseph Brodsky (el ruso que quiso quedarse aquí para siempre, y está enterrado en el cementerio de la isla de San Michele), Somerset Maugham, Richard Wagner, Donna León, William Wordsworth, Paul Morand, Hugo Pratt (y el Corto Maltés, claro), Tony Tanner, Ezra Pound (otro con tumba veneciana en San Michele), Guillermo Cabrera Infante… y podríamos seguir durante varias páginas con los escritores que le han dedicado páginas de veneración a la antigua ciudad de los canales. En esa entrevista que he citado más arriba, Jan Morris (que había nacido como James Humphry Morris, cambió de sexo en 1972, escribió algunos de los libros de viajes más bellos que se han publicado, y murió en 2020 a los 94 años) le dice al periodista Jacinto Antón: "Venecia es una obra de arte. Mi actitud va cambiando hacia ella. Me gusta su melancolía, lo que tiene de imperio perdido. Es incluso epítome de eso, no creo que sea sólo una ciudad. Cuando reemplazaron los caballos de San Marcos por copias me pareció que la magia se iba, pero ahora creo que es bella de otra manera: Venecia está plena de imágenes para cristalizar".
Hablemos de algunas de esas imágenes.
Una gran ciudad se define, en Occidente, por sus arterias principales. Los antiguos romanos -que crearon las bases de todo- trazaban dos calles centrales: el cardo maximus y el decumanos maximus, en base a los cuales organizaban la cuadrícula urbana; (de hecho, la Vía del Corso, de la Roma contemporánea, que conecta la Piazza del Popolo con el antiguo Foro y el monumento a Vittorio Emanuelle, sigue el trazado del primitivo cardo de la Roma fundacional). Y con ese mismo espíritu las ciudades fueron trazando su columna vertebral, en el Este -como la Avenida Nevski de San Petersburgo- o en el Oeste -como los Campos Elíseos parisinos o el Paseo de la Castellana madrileño. Incluso el modelo cruzó las aguas, y cuando en el Nuevo Mundo hubo de estructurar los centros urbanos, se apeló casi sin excepción al cardo maximus romano, y así vemos a Nueva York armada sobre la recta de la Quinta Avenida, o a la 9 de Julio porteña trazada a fuerza de derribos y topadoras. La dificultad estribaba, en el caso que describimos, en trazar un cardo en medio del agua pantanosa de una laguna. La respuesta veneciana fue el Gran Canal, y esa ancha avenida acuática logró centralizar un armado lógico en las tan poco lógicas islas aseguradas con troncos de árboles enterrados en el barro, y ser, desde siempre, la principal "imagen a cristalizar" de la ciudad.

Se suele decir que el complejo de las 117 islas venecianas tiene, mirándolas desde el aire, la forma de un pescado (así se titula un famoso libro de Tiziano Scarpa), aunque a mí nunca me ha parecido tal cosa; quizás no tenga conocimientos piscícolas tan extensos. De sus seis barrios ("sestieri"; establecidos en el año 1171 y que siguen vigentes en la planimetría urbana), tres quedan al Oeste, en la orilla izquierda del Gran Canal (San Polo, Santa Croce, y Dorsoduro), y los otros tres a la derecha, al Este del gran cardo maximus de agua (Cannaregio, San Marco, y Castello). Si ustedes logran ver la supuesta forma del pez, el Gran Canal estaría en el lugar de la boca y las branquias (¿?); los prados del Castello en el lugar de la cola; y el Cannaregio -donde se ubica, por cierto, la judería del primer gueto cerrado de la historia- donde estarían los ojos del pez. No deja de ser una ironía simbólica: ojos cerrados.
Esa avenida central de Venecia es la apretada síntesis de su vida, su historia, su geografía y su arte: toda la idiosincrasia veneciana está en esa S invertida que la empuja, en su sinuosidad, al mar abierto, al destino oceánico que la ciudad adoptó para sí. Desde la embocadura Norte del Gran Canal, hasta la desembocadura Sur, en la mismísima Plaza de San Marcos, el Palacio Ducal, la Basílica y la Aduana (sitios tutelares, todos ellos, de la ciudad), los cuatro breves kilómetros del "Canalazzo" -como lo denominan los locales- sólo tiene tres puentes que unen sus dos mitades: el Ponte degli Scalzi en la entrada Norte; el Ponte di Rialto en la "volta" (cuando la curva de la primera mitad gira hacia la izquierda); y el Ponte dell´Accademia, cuando vuelve a girar hacia la derecha y hacia el mar abierto, que encontrará allá, tras la barrera del Lido.
En esos cuatro kilómetros se agolpan, sin dejar el breve resquicio de unos centímetros libres, los más fastuosos palacios, cada uno cargado de historias, anécdotas, mitos y datos, verdaderos y falsos por igual, que hacen las delicias de los guías turísticos. Que haya tan sólo tres puentes, además, hace que las recorridas por el Gran Canal requieran de los transportes marítimos, desde el popular "vaporetto" (lo más parecido a un ómnibus urbano, con paradas medianamente fijas), lujosos taxis de maderas relucientes (carísimos), lanchones de carga, lanchas y botes privados, y la característica góndola -de riguroso negro, como las capas "tabarro", por ley impuesta en 1562, para evitar los excesos de lujo-, ya hoy reservadas sólo para uso turístico. Y de usar alguna, hay que precaverse de creer las historias de los gondoleros, especialistas en crear falsos mitos urbanos. Apelando una vez más a Jan Morris, ella lo presenta así: "Mirando más allá de la Piazza San Marco, se observa un leve declive entre los edificios, como se aprecia a veces en las llanuras del Oeste norteamericano, como primera indicación lejana de un cañón. Es una brecha que cruza la ciudad describiendo limpiamente tres curvas majestuosas y partiéndola oportunamente por la mitad. El Gran Canal sigue el curso de un río al que los antiguos llamaban Rivo Alto (de ahí, Rialto). Cuarenta y seis canales secundarios desembocan en él, doscientos palacios lo flaquean, cuarenta y ocho callejuelas bajan hasta sus orillas, diez iglesias se asientan en sus riveras… es al mismo tiempo el Sena y la autopista de peaje de New Jersey venencianos, el espejo de su belleza y la autovía por la que circulan las gabarras de carga, con rugir de motores y resonar de bocinas, hacia los mercados y hoteles. El canal normal de Venecia tiene un aspecto claramente artificial, pero muchas personas tienen que reprimir el impulso de llamar río al Gran Canal una y otra vez…".
El Gran Canal es la ruta, además, que suele ser habitualmente la primera imagen que se tiene de la ciudad, si el visitante ha llegado por tierra -por ejemplo, por tren desde Padua, Verona, Milán o Bologna- y ha descendido en la estación de Santa Lucía. La terminal ferroviaria, último punto "terrestre", alcanzó a llegar al sestiere de Cannaregio gracias al puente y las vías tendidas sobre la laguna que se construyeron en 1846, unos pocos años antes de que terminara la dominación austríaca y Venecia se incorporase formalmente a Italia. Al salir de Santa Lucía se ha terminado la tierra y comienza el dominio del agua: el visitante es lanzado directamente hacia el Gran Canal, y ha de recorrerlo íntegramente, nada más haber llegado, para alcanzar la Piazza di San Marco en el otro extremo.
Sería imposible, además de ocioso, intentar una descripción exhaustiva de esas dos bandas de vidrieras palaciegas: cada fachada es una historia. Pero, tras el deslumbre inicial, o si se ha frecuentado la ciudad hasta que esos caserones cinematográficos han dejado de sorprender, uno va seleccionando paulatinamente algunos, por preferencias diversas -no siempre obvias: ni los más grandes ni los más bellos ni los más viejos- que, a la postre, terminan por conformar un pasaje personalizado por el Canalazzo: más que saber a dónde ir, saber a dónde volver.
Sin dudar de que habrá innumerables otras, ofrezco aquí la mía. Entre el Ponte degli Scalzi y el del Rialto, el palacio más famoso (y quizás el más notorio de toda la ciudad) es el Ca´' d'Oro, sobre la rivera derecha. Construido hacia 1421, hoy alberga a la Galería Franchetti, y su fachada blanca (ya no tan dorada como en sus inicios, lo que le valió el nombre con que pasó a la historia) es una de las muestras más acabadas del estilo arquitectónico veneciano, con esas aberturas de arco medio ojival que remiten al Oriente mágico de los reinos del Preste Juan. Para mi recorrido particular, sin embargo, hay otra construcción de esta zona que me parece más interesante, y que la prefiero al palacio más famoso: el Ca´´' Pesaro: un edificio barroco, sólido, con aberturas de arco de medio punto, nada de soflamas orientalistas, y sus tres niveles rematados por unas buenas tejas anaranjadas. (En Venecia no hay construcciones de más de tres niveles, porque ese es el máximo peso que soportan los puntales de madera hundidos en el fango de la laguna sobre los que se asientan). Además, el Pesaro se ubica en la margen izquierda, entre los sestieri de Santa Croce y San Polo, y es comúnmente admitido que la rivera izquierda es la más popular, mientras que la derecha, la de San Marcos, es territorio patricio. El Pesaro también acoge muestras plásticas, como tantos palacios venecianos; en este caso, es la sede de la Galería Internacional de Arte Moderno: Klimt, Chagal, Kandinsky, Klee, Matisse, Henry Moore… casi toda la plástica de los siglos XIX y XX está aquí (y lo que no está aquí, lo tiene la colección de Peggy Guggenheim, en el Palazzo Venier dei Leoni, en la otra curva del Gran Canal).
Además del Ca' d'Oro y del Ca' Pesaro en este primer tramo, hasta la "volta", son remarcables el Ca' Foscari, con su frente gótico y su color amarillo deslavazado; el Fondaco dei Turchi (del siglo XIII, donde los turcos acumulaban las mercancías, las sedas y las especies que los barcos venecianos traían hasta la ciudad desde los mares de Oriente); el Palazzo dei Megio, que, aunque sólo estaba destinado a ser almacén para depositar mijo, también es un palacio, y de su frontis se robó Napoleón los leones de San Marcos que se llevó a París; el Palazzo Vendramin-Calergi, donde residió y compuso (y murió) Wagner; el edificio gótico que alberga a la Pescheria, donde se pueden conseguir los mariscos más frescos del Adriático a primeras horas de la mañana; y junto a la Pescheria, los puestos de frutas y verduras, con los canastos de lechugas, radichetas, alcauciles y espárragos. Además del Palazzo Calbo Crotta, y el Palazzo Querini, y Santa Marcuola, y el Palazzo Barbarigo, y el Ca' Da Mosto, y…
El segundo tramo del Gran Canal (el más estrecho de todo su curso) está signado por el principal puente, el del Rialto, centro estratégico de la ciudad, de su comercio y de su vida cívica desde la época de Carlomagno. Se cuenta en Venecia que, hacia el año 805, el dux Oberlerio degli Antinori, presionado desde el exterior y temeroso de las armas carolingias, pone las islas venecianas bajo la tutela del gran jefe, cabeza del Sacro Imperio Romano. Carlomagno acepta el presente, y envía a la laguna a su hijo Pepino (que, al parecer, no era tan petiso como su abuelo, al que por su corta talla se había hecho acreedor del mote de "El Breve" con que pasó a la historia); a Pepino el papa de Roma, también presionado por los ejércitos carolingios, lo había coronado como Rey de Italia. Pepino, con el respaldo de Carlomagno y con la "Corona Férrea" que el papa Adriano le había colocado sobre la cabeza, avanza hacia Venecia. Pero los venecianos muestran una vez más su carácter y se organizan para defender las islas: bajo el liderazgo de Agnello Participazio se oponen nada menos y nada más que al potente ejército carolingio, que viene de vencer en toda Europa. Y se oponen con una estrategia que hoy denominaríamos "de guerrillas" (a la noche cambian las boyas de la laguna, con lo cual los barcos de Pepino se desorientan, no puedan navegar, encallan, y hasta naufragan), y trasladan a las principales familias a las islas del interior, al "Rivo Alto", un lugar más protegido que las costas de las islas del Sur. Esa zona, el "Ri'Alto" será desde entonces el núcleo geográfico constitutivo del poder de la federación insular. Pepino dio vueltas, hundiéndose y volviéndose a levantar, les planteó un sitio de medio año y parecía estar a punto de ganarle a la tenacidad veneciana cuando aparecieron unos nuevos defensores: los mosquitos. Pepino enfermó (posiblemente de paludismo), y también sus tropas. Cuando los venecianos vieron que los francos estaban alicaídos, atacaron. Y vencieron. El ejército carolingio se retiró, Venecia mantuvo su autonomía, y el carácter de los venecianos se consolidó en la unidad y en la aguerrida diferenciación que lograría mantener durante un milenio, hasta que otro franco, Napoleón, los doblegara.
Además del bello puente del Rialto, desde la volta hasta la desembocadura en San Marcos otra centena de bellísimos palacios pueblan ambas márgenes del Gran Canal; de mi ruta particular, desde hace años que prefiero la sutil y fina fachada del Ca' Rezzonico, con sus tres órdenes de finas columnitas y las tres puertas hundidas, como tres ojos negros, tras la escalinata a ras del agua (Henry James amaba esta fachada; y ese otro gran "veneciólogo", John Ruskin, la detestaba; yo soy del "James´ Team"). Este palazzo, además, es ideal para hacerse una idea muy concreta y plástica del transcurso de la historia de la ciudad de los canales, porque en su interior se despliegan las colecciones del Museo del Settecento Veneciano: entrecerrando un poco los ojos y suspendiendo momentáneamente la racionalidad práctica, se puede vivir unos momentos en el siglo XVIII cruzando las galerías pintadas al fresco por Giambattista Tiépolo.
Además de mi palazzo del settecento preferido en este tramo se puede ver el Ca´ Farsetti; el Teatro Goldoni; el Pisani-Moretta; el Barbarigo della Terrazza; el complejo de tres grandes construcciones (el Vecchio, el Nero, y el Nuovo, de los siglos XIV, XV, y XVI) que conforman los Palazzi Mocenigo, una familia de muchos integrantes… Por cierto, en el Nuovo vivió lord Byron, y allí escribió el "Don Juan" (si se les cree a las indicaciones de los gondoleros). Luego viene el Palazzo Balbi, donde funciona la municipalidad y de donde salen las competiciones anuales de góndolas, las regatas; el Ca' Foscari, el Giustinian (dice el mismo gondolero que aquí Wagner compuso su "Tristán e Isolda"), el Grassi, el Capello-Malipiero, el Degli Scrigni, el Contarini del Zaffo, el Dario, y el Venier de Leoni, donde Peggy Guggenheim -a la que llamaban "la última duxtessa"- desplegó su colección de arte, y ya se llega luego a Santa María della Salute.

Pero Peggy y La Salute requerirán otra nota. Mientras tanto, cerraremos esta con una canzonetta de gondolero, que narra una historia acaecida en estos barrios que acabamos de pasar: supongamos que, en la segunda mitad del siglo XVI, Felipe II de España, "el Prudente", manda como su embajador a la Serenísima República de Venecia al duque de Ortiguera; con él, seguramente, viajaría su esposa, Teresa. Eso quizás pasó, y hoy cantan los gondoleros:
La embajadora de Felipe
Teresa, la embajadora,
llega en barco a la Venecia,
cambia el mar de agua salada
por el canal de agua negra.
Negro también el vestido,
el mantón y las puntillas,
las tres plumas del sombrero,
los guantes y las mantillas.
Le han dicho: la sociedad
veneciana es disoluta,
que huele a moho y a humedad,
que es de todas la más puta.
Teresa, la embajadora,
ha escuchado las historias
que las máscaras ocultan
y borran de las memorias.
El carnaval, en Venecia,
es apenas una excusa
para frotar la caricia,
para holgar en la pereza,
para endulzar la garganta
para perder el sentido,
para burlar al marido
y jugar la última carta.
Teresa viene de España,
donde otro gallo le canta:
la familia está en la casa,
el marido es el que manda.
En la corte de Felipe
todos rezan y nadie habla
y a la mujer mala: tabla.
Teresa, la embajadora,
no hubiese dejado España,
ni a la corte, las cuñadas,
ni a las misas de mañana.
Pero el rey es el que manda,
y Ortiguera, su marido,
al rey debe su ducado.
A Venecia, entonces, anda.
Pero viene a la embajada
precavida y con cautela:
será de Madrid la seña
entre tanta mujerzuela.
No se quitará los lutos,
viajará sin gondoleros,
nada de ir a los conciertos,
mascaradas o ruleros.
¡Ya verán los venecianos
el carácter de una dama
educada en los arcanos
de la Iglesia y la Corona!
Evitando los canales
más el bullicio del Rialto,
quiso llegar a San Pietro
y arribó al portal del gueto.
El agua y los laberintos
de callejas sin sentido
extraviaron ciertos nombres
que jamás había oído.
De pronto, una calle angosta
sin esquinas ni salidas,
plazuela de piedra negra,
ancianos de kipá negra.
Una sinagoga baja,
y leyendo, en esa entrada,
la tez más dulce y más maja
que ella mirase en la vida.
¿Fue Teresa o fue Venecia?
¿Fueron los vahos del agua
encerrada en la laguna,
o la prieta y dura enagua?
¿Fue el hastío de su mundo,
del mandato de la Iglesia,
del capricho de un rey loco,
de una alcoba de avaricia?
En el gheto cambió todo
lo que era justo hasta entonces,
el cuerpo despertó al modo
del vibrato de los bronces.
Teresa, la embajadora,
amó –loco sacrilegio-
al judío Samuel Shylock,
bello don del Cannaregio.
Unos años más tarde, en Londres,
un inglés contó la historia,
y fue infiel con la memoria
de la española cortés:
obvió su nombre y su gloria,
que fue personal, pequeña
y enorme: el hacerse dueña
de su vida y de su historia.
Sigue su sombra en el gheto
aunque Shakespeare no la nombre,
es un espíritu bueno
que pasea en Cannaregio.
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